LA NOCHE LLAMA TEMBLANDO

MES DE OCTUBRE

 

Era al Alba Gris de la década de los años 60.

 

Por aquel entonces yo tenía veinte años y acababa de llegar a esa villa, en octubre, para ocupar el puesto de Maestro Nacional en la Escuela Unitaria número dos. Recién salido de la Normal y sin opositar, enseguida obtuve un nombramiento con carácter de interinidad del pueblo que me pareció el mejor de entre los vacantes, y con buen ánimo, hacia allá me dirigí.

 

De inmediato, a causa de mis recursos irrisorios, tuve que alojarme en un viejo hostal, oscuro y pobre, donde unos huéspedes tan borrosos como aquel lugar, me causaron sensación desde el primer momento, de triste e indescriptible conjunto. Debería esforzarme para poder querer aquello. Nunca lo conseguí.

 

Después, con el paso del tiempo, me parecería gracioso recordar las extrañezas de quienes me conocieron en un principio, al existir entre nosotros costumbres y maneras distintas de obrar; sobre todo por mi falta de sociabilidad y aislamiento. Sin exagerarlo, sabía que mi comportamiento era tosco, aunque educado y algo taciturno, pero incapaz de vencer el desencanto de aquel comienzo de peregrinaje. Me sentía extrañamente hastiado y abúlico.

 

¡Qué rara emoción recordar la quietud y el silencio del hostal, en esos primeros días, cuando en los ratos libres, por las tardes, me encerraba en el cuarto del último piso! Largos minutos huecos de deseos y calles mudas de rumor. Desde mi ventanuco veía la grisura de los tejados míseros, los árboles secos, las tardes desteñidas de luz... Una nostalgia fácil me apresaba.

 

Pero por feliz coincidencia —siendo necesariamente importante explicarlo en este relato, no ya por una precisa coherencia con el mismo, sino más bien como introducción a mi psicología— una afortunada circunstancia vino a mi socorro.

 

Apenas habían transcurrido dos semanas desde que llegara cuando, una tarde, se presentó en el hostal un extranjero a quien pocos días antes había conocido en el tren —en un fin de semana cuando iba a Barcelona— y al que tras haberle propuesto cuando nos conocimos, que, de personarse al lugar de mi trabajo podríamos realizar un mutuo intercambio de idiomas, por lo visto se decidió y vino. La sorpresa fue feliz al encontrarle que me esperaba en el comedor del hostal tocando una bandolina Era un joven americano, de San Francisco de California.

 

Desde aquel instante ya no nos separaríamos hasta seis semanas después. Continuamente se nos podría ver juntos. Marvin, que así se llamaba aquel joven de 27 años, resultaba ser un hombre

realmente inédito, o lo nunca visto por mí; tenía un físico extraño y un carácter desconocido. Puedo describirlo como a un tipo alto, de facciones depauperadas, el cual presumía de una piel blanca y pecosa y un pelo rojizo abundante y siempre enmarañado que a decir verdad, le afeaba bastante, pero que a la vez le daba un aire de desaliño que a mí me parecía atractivo. En su rostro anguloso, una frondosa barba roja le hacía más siniestro. También era remarcable el detalle de sus gafas; unos lentes enormes, redondos y pesantes, que resbalaban constantemente sobre su chata nariz. Le expliqué lo que significaba ser «chato» y el sentido cariñoso que nosotros le dábamos a esa expresión nacional, y se rió. Tampoco le molestaba que le llamara así, a veces.

 

Me gustaba también su peculiar manera de vestir, poco característica entonces, al estilo vaquero americano que empezaba a popularizarse a través del cine. Tenía un aire muy «sexy» (palabra recién incorporada entonces en nuestro vocabulario, muy sonante) vestido con pantalón tejano, un jersey rojo y una canadiense negra con el cuello de piel muy grande que llevaba levantado pegado en la nuca. Creo que fueron sus ademanes lentos, pero secos y dominantes, lo que más me atraía de él porque me lo hacían imaginar duro y experimentado bajo una apariencia educada y distante que, en ocasiones, no me parecía muy auténtica. Yo le veía como una réplica exacta del «beatnik» californiano de las revistas de entonces, o una de las primicias del grupo «hippie». Seguro que era rebelde y erótico y tenía «golpes escondidos». No podía negarme a mí mismo, ni esconderlo ante los demás, el que me sintiera feliz por haberle conocido. Era totalmente distinto del resto de los hombres de aquel hostal.

 

En fin, tener la exclusiva de su amistad en aquel tiempo y lugar, parecía darme alas para volar sin pensar en la inminente caída que le seguiría.

 

Quisiera decir que para entendernos, yo utilizaba un reducidísimo vocabulario de inglés haciendo yo qué sé que mezcla mental para resultarle inteligible, pero que él entendía perfectamente, comunicándose conmigo en un castellano que estaba al mismo nivel que mi inglés de indígena. Pero hablábamos mucho, muchísimo, llegando a comprendernos en todo, incluso en lo que con sorna decíamos nosotros «conversaciones filosóficas y de arte». Inaudito. La verdad es que él a mí me parecía muy enterado, —y me lo parecería porque yo mismo me consideraba mucho más ignorante que él— pues me daba verdaderas lecciones de política americana, historia y geografía de su país, hablando de vez en cuando sobre temas que yo no entendía muy bien y que gracias a la barrera del idioma, podía camuflar bien mi ignorancia.

 

Dijo también que hablaba alemán y había trabajado en una importante industria de los Estados Unidos como matemático. También me dijo que conocía toda Europa, parte de Asia, Oceanía y toda la América del Norte. Con frecuencia me hablaba de los museos que había visto, de los artistas que más admiraba, de la música que prefería... En fin, a mí sus alardes de cultura me parecían bien, pero me extrañaba que no me hablara de su vida personal ni de sus sentimientos y pasiones. ¿Ocultaba algún intríngulis inconfesable?, tenía que preguntarme. Para mí habría sido mucho más emocionante descifrar cual era su vida sexual que con tanto «pudor» parecía encubrir, que todo este brillo intelectual tan pretencioso que nos apartaba del tema y que de tan poco me servía a mí. Sin embargo, siempre con máxima discreción, yo le escuchaba interesado, sintiendo envidia y hasta admiración por su amplia cultura. Además, Marvin tenía buena mano para el dibujo, —se pasaba el día haciendo bocetos de anatomía humana (sobre todo, torsos masculinos)— tocaba la bandolina y tenía escritas varias novelas de ciencia-ficción. ¡Todo un genio si lo comparaba conmigo y mi cerebro envasado al vacío, de entonces!

 

Y así, entre conversación y conversación, invariablemente pasamos juntos ese mes y medio consolidándose día a día nuestra amistad verbal. A mí me encantaba realizar en su compañía largos paseos por los exteriores del pueblo. El genial Marvin admiraba también el rico y bello paisaje de aquella comarca catalana de la provincia de Barcelona: su anchuroso horizonte; la extensa llanura cultivada en la base de pequeñas y elevadas colinas, exabruptos geográficos de aquella región (formas fálicas, de varios tamaños y texturas). Y también le parecían remarcables las típicas carreteras, algunas sin asfaltar, la arquitectura típica de las «masias» catalanas, arcaicas y arrugadas como antiguas damas de prosapia en decadencia; aquel río risueño y saltarín, corriendo alocado por entre álamos gigantes; el discreto encanto otoñal...

 

Toda esa belleza de una Cataluña cultivada a su estilo que Marvin descubría y comparaba con ciertos parajes americanos que también fueron trabajados a pulso con voluntad obstinada por hombres duros y viriles de todas partes, fue sentida o admirada con fruición por nosotros, siendo muchos nuestros comentarios, nuestros diálogos. De verdad que me había encariñado tanto de él, que, —y no me avergüenza confesarlo— me hacía sufrir la idea de que muy pronto se marcharía y ya nunca más volveríamos a vernos. ¡Qué desconsiderada me parecía la vida! Estaba seguro que su trivial compañía despertaría en mí una cierta nostalgia y un cierto rencor en el futuro.

 

Quisiera añadir además, —y sin pretensión de ser una copia de mi culturizado amigo— que entre nosotros existía una casi recíproca admiración. Si en mí era ésta hacia él por sus conocimientos y otras preferencias menos confesables, sabía que también yo le había producido un cierto efecto: el de mi pequeño talento para tocar el violín.

 

Efectivamente. Confieso que soy uno de esos seres extraños y tercos que sacrifican un amor no correspondido por la música, tocando un instrumento musical, incapaces de separarse de él, y que todavía en aquel tiempo yo seguía sintiendo.

 

Ya una vez terminados mis estudios en el Conservatorio, y muy absorto en el estudio de obras de concierto, tocar el violín después de mi trabajo se había convertido en casi un hábito y una lucha diaria. Marvin me oyó y me pedía a menudo que tocara para él. La petición no tenía nada de sospechosa. ¡Pero era halagadora! Me dijo que yo tenía una gran fuerza en los dedos y que le gustaba mi sonido brillante cuando tocaba a Bach mientras él se entretenía dibujando «torsos» en la quietud de su habitación y me escuchaba. Yo me esforzaba en poder creer que era cierto. ¡Pero qué tristes eran aquellas tardes en las que permaneciendo en aquel pobre dormitorio arrancaba sonido a mi violín! (Tenía la sensación de hallarme crucificado en el famoso cuadro: «La habitación de Vincent Van Gogh, en el pueblo de Arlés»). Fueron tardes de las que me han quedado el recuerdo de mi proximidad a su cuerpo tendido en mi cama (después de atreverse, ¡por fin!, a entrar en mi cuarto) y mi lucha en reprimir ciertos impulsos inspirados por su exótica sensualidad. Y cuando aprendíamos fonética, ¡qué mudo temblor me producía su boca al repetir en el silencio las palabras del vocabulario que yo le enseñaba! ¡Una boca roja y fuerte que yo habría deseado morder!

 

—Arte y pobreza —pude traducir al castellano una de esas tardes, por lo que él dijo después de finalizar mi «concierto»: —»¡Qué extraña y hermosa pareja forman juntos...! ¿Pero no es mágica la felicidad que proporcionan...?»

 

Desde luego, no me parecía absurdo su criterio. A decir verdad había empezado a darme cuenta «en mis carnes» que la pobreza y el arte tienen connotaciones bastante positivas para los artistas. Aunque mi esfuerzo de artista quizás resultara inútil, bastaba con leer las biografías de los elegidos para corroborarlo. A decir verdad, como fuera, también yo empezaba a inmunizarme de la pobreza y en cierto modo ésta me parecía sensibilizante, humanizante y hasta gratificante para la mente —¡si no era extrema, claro!,—como complemento de un artista con la ilusión de estar en vías de desarrollo. Pero de el porque Marvin lo decía, no sabía qué pensar. Tal vez fuera sólo la extravagancia de un americano vanidoso, su observación, o quizás fuera su nuevo descubrimiento y él no supiera todavía mucho de la pobreza. Para mí era ya una costumbre. Aunque, como digo, no era ésta tampoco mi gran preocupación.

 

Después, cuando en el recuerdo yo repasaba y analizaba nuestras conversaciones algo absurdas, me extrañaban expresiones de por el estilo en labios de él. A mi criterio, Marvin era intelecto puro; un mecanismo racional con ausencia total de sentimentalidad (creo que mi preciosa juventud me hacía razonar preciosos disparates haciendo grandes montajes en mi imaginación. ¿Cómo podía conocerlo tan bien?, tenía que preguntarme después... ) Y seguía pensando: ¿Acaso eran realmente así, los americanos?. En música, por ejemplo, a él le gustaba Bach porque satisfacía sus exigencias sonoras en combinaciones perfectamente matemáticas; pero ir más allá de esas «combinaciones» penetrando en la fibra sensible de la música, en el «corazón de la música», como yo decía, me parecía a mí que a él le estaba vedado (era una conclusión pueril, inexacta y estúpida, producto de mi resentimiento por su frialdad conmigo, lo sabía). Por tal razón me asombraban sus conceptos cuyo significado no estaba seguro de que pudiera sentir. ¡Era demasiado cientifista! ¿O quizás fuera yo quien ignoraba todavía entonces ciertos goces puramente cerebrales que están muy por encima de los sentimientos?...

 

Poco a poco y no con mucho acierto, debo confesar, fueron varios los intentos de estudiarle como hombre, sin llegar a entenderle, y como «vida» o persona social, de lo cual tampoco descubrí gran cosa, situándole entonces mi imaginación en hipotéticos pedestales que por su fragilidad, por supuesto, se derrumbaban enseguida. Su vida me parecía tan estrambótica como podía serlo la mía en el ámbito de la sociedad que me rodeaba, pues, creo que inventar a los demás, cuando no les conocemos en lo concerniente a su más simple biografía, es lo que todos hacemos. De la misma forma que aquellos que se dedicaban a observarme a mí, yo me formulaba con la misma sólida estupidez mil preguntas entre las cuales me intrigaba la suposición de si sería hijo de algún rico y despreocupado americano, el cual después de estudiar la vida se había dejado «empujar» prematuramente hacia uno de esos estados, —nada anormales—, de escepticismo por la sociedad y el mundo. Esto yo lo deducía por su opinión filosófica ferozmente nihilista, atea con rabia, agravada por una alergia total a todo sentimiento o idea religiosa y de que tan sólo se nutría de filosofía racional y literatura existencialista. Al parecer despreciaba a toda la sociedad y se reía de ella. Sin duda algo preocupante, que a mi, en particular, no me afectaba. También yo adoraba a Sartre y a Nietzche en ese tiempo y visto por ese lado Marvin me parecía fascinante y sincero. Tampoco me resultaba menos intrigante su eterno deambular viajando por todo el mundo, lo cual bajo la idea de considerarle pobre —yo que era tan pobre como una rata y no tenía dinero ni para comprar cuerdas de violín— se me hacía inadmisible. ¿Quién era pues, o cuál era la historia de aquel raro ejemplar de intelectual, temperamentalmente glacial, cuyos punzantes ojillos azules me observaban irónicos, escrutándome distante por encima de sus enormes gafas...?

Por fin, uno de esos días que debió sentirse confidencial, —fuera de norma—, me soltó la singular versión de su paso por este mundo sin entrañas.

Lo hizo a su manera, claro.

 

Resumiendo, arrancó diciendo que era hijo de un jugador profesional muy activo y empecinado, por lo cual en su familia se había conocido tanto el bienestar como la estrechez, siempre arrastrados por la conducta de una vida excéntrica y aventurera. Recordó que durante un largo período de años, su familia —que pasaba de una posición tolerable a otra peor casi a la manera de guión cómico de un western— llegó al paroxismo de la inestabilidad y la irritabilidad. Su madre, una mujer sensata, al parecer, (es lo que yo pensé con mi lógica ibérica), no pudo aguantar los altibajos y pidió a gritos desesperados el divorcio. Pero él me mostró a su madre a la inversa, diciendo que era una loca rematada, una «perturbada con delirios de grandeza» que pretendía vivir como una estrella de Hollywood y «eso» no se lo proporcionaba su marido, el cual era un mal jugador, un perdedor crónico. En fin, como fuera hubo separación. En esas, Marvin, que era hijo único, fue enviado a un colegio de Los Ángeles y más tarde a la universidad a donde se quedó durante mucho tiempo mientras su padre alternativamente se casaba un par de veces más, en lo que era imitado por su madre mientras él crecía solo en aquel colegio, casi olvidado por ellos y sin que le afectara gran cosa cuando dejara el colegio, la muerte de su madre. Chocante, pero al parecer algo muy corriente en la «american behavior» que yo no tenía ni idea habituado a los cánones de nuestra sociedad puritana, sin divorcios y todos esos conflictos. Luego, al cumplir los 18 años, Marvin se alistó en la marina —otra alternativa formal muy frecuente en los chicos inseguros, aventureros y desamparados de Estados Unidos— y por primera vez sintió la atracción por los largos viajes. (Su enigmático estatus quedó claramente resuelto). Fue cuando recorrió parte de Asia y Oceanía y cuando se aprovechó del largo transcurso de esos viajes para ampliar sus estudios de matemáticas iniciados en la universidad; circunstancia que le ayudó más tarde para prestar sus servicios en una grande industria americana.

 

Curiosamente, señaló que aquel trabajo de haberlo realizado solo, le habría gustado; pero la forzosa cooperación a que se vio obligado con otro individuo que no tragaba a su lado, le inadaptó. (Lo de, «el infierno son los demás», debió darle el espaldarazo). Cargó con la maleta de la inadaptación y se fue tranquilamente a tomar otros aires. Dejó Los Ángeles y se dirigió a «Eagle Mountain», una de las minas de acero más importantes de California en donde su padre ocupaba un empleo de maquinista en un pequeño tren que llevaba a los obreros a los pueblos alejados de las minas. Marvin se quedó allí a trabajar de obrero y con sus ahorros pudo conseguir al fin conocer Europa, el eterno deseo de una buena parte de americanos. Se cumplió su capricho, y ahí estaba, en nuestra España, en el último tramo que le quedaba por ver y regresar a América. A su regreso tendría que empezar de nuevo. «¿Cuántas veces se empieza de nuevo?», había añadido él, indiferente. Nada ni nadie le esperaba allá: ni ocupación, ni hogar, ni siquiera su padre, me confesó totalmente apático. Pero era fácil el «remake yourself» en su país, como él dijera sin un soplo de duda.

 

Lo que a mí ya no me chocó en absoluto, fue la contestación que me dio un día después de preguntarle que era lo que sentía por su padre. Fue muy lacónico, pero lúcidamente expresivo:

 

—¡Ah! ¡Es me simpáticou...!

 

¡De verdad que él a mí también me era muy «simpáticou»!

 

Puestos a analizar sobre la clase de «afectos» o formas de amarse de los americanos, ¿qué conclusión podía sacarse según esa disparatada biografía?... Claro que en mi caso particular, —seré más explícito luego— los «afectos» de que presumíamos aquí, en España, no me parecían tampoco el mejor espejo de las bellas imágenes.

 

Otra de las rarezas de Marvin para nosotros, —los españoles— es que se reía y reía de sus tres padres y tres madres, utilizando toda clase de insultos en una jerga callejera que yo no podía entender, pero que era fácil imaginar. Luego, muy en serio, una vez agotados todos los insultos y todas sus carcajadas, admitía el divorcio como máxima imprescindible a la libertad —la mejor postura de regeneración del vil soltero— no pudiendo creer en el amor más que como instinto, negando que pudiera existir en el hombre ningún sentimiento de los que se ha dado por llamarle superior. A Marvin, cualquier presunto sentimiento romántico le parecía crispante, ridículo y hasta repelente. (No lo admitía ni en bikini). ¡No existía! ¡Lo habíamos inventado! Tampoco podía creer en la familia, una situación artificial manipulada por un derecho que utilizaba una falsa ética para canalizar el desbordante instinto sexual presionado por las ataduras de unos intereses socio-económicos y/o sexuales; ambos vulnerables y fácilmente destructibles de la pareja. La pancarta del amor representada en la familia, le parecía una parodia creada por embusteros; un artilugio político-religioso, en el que detrás de la imagen especulativa no había nada perceptible, aparte de una atadura burocrática. ¿Pretendía destruir o transformar el concepto de la familia?. ¿O la abominaba simplemente por la desgraciada experiencia de sus padres?. También despreciaba a las mujeres a las que llamaba «posesivas y materialistas». Yo llegué a suponer que era el grito desesperado de una nueva juventud inconformista pionera entre la frustrada juventud americana que tendría una trascendencia universal. Lo que sí me pareció entrever, inequívocamente, es que esa frustración le había convertido a él en alguien tan ingenuamente sórdido que sólo podía creer en el mal, nuestro mal —según su propia expresión—, como principio creador y destructor eternamente variable. A lo que añadía que el poder, una extensión solapada de este mismo mal, era una fuerza que se ensañaba en masturbar todo lo débil para erosionar el poder operante de unos pocos que transformaban poco a poco el mundo en un embuste, adquiriendo más poder. Creo que relacionaba esta idea más allá de un hecho terrenal y parecía vincularla a un Poder Cósmico totalitario que automáticamente despreciaba o estaba en contra de todo lo débil y cuya misión era la de eliminarlo o dejarlo involutivo utilizando para ello a los hombres más fuertes e injustos.

 

Creo que mi amigo, «el chato americano», como ya le llamaban algunos del hostal, estaba ebrio de mucho intelectual mecanicista y combatía todo razonamiento cuyos fines eran probar la existencia de Dios, señalando de confusionistas todas esas teorías, «laberintos de concepto», según expresión original, cuyo cometido era el de desarticular a los poco inteligentes. Y con clara visión me hablaba de las teorías de Darwin, de los mensajes del arte moderno, de la historia, de la ciencia…… en fin, de repetidos sistemas filosóficos y científicos que todos sabemos, pero que al decirlo pretendía descubrirme a mí la sopa de ajo, quizás por el antojo de que nuestra sociedad permanecía aún anquilosada en conceptos medievales, que por si no lo sabía, también para mí habían caducado.

 

Al llegar aquí, Marvin me parecía un perfecto misógino como los que se exhibían en la revista machistas de años anteriores, y que tanto irritaban a las feministas.

 

De hecho, no me asustó su «crueldad mental» y creo que sólo me dejé seducir por su «genio malo», tan alucinante. Sus ideas nietzscheanas sobre la muerte de Dios y la divinización del hombre eliminando todo lo que tenemos de rebaño, también a mí me habían «alcanzado» a los 18 años, esa torpe edad en la que uno cree en todo lo que lee y luego hace propias esas ideas. Lo único que echaría en falta de él, y sabía que Marvin no lo ignoraba, sería sólo su presencia y su «ferocidad masculina» tan informal y erótica. Se diría que él supo inspirarme una pasión maldita de erotismo convulsivo, un vicio total, libre y sublimado, opuesto a toda norma de caricias programadas por un código restrictivo. Lo decepcionante fue que me hablara tan poco del amor cuando a mí en esa época el tema erótico me parecía más importante y saludable que la mejor exhibición filosófica, máxime, sintiéndome tan interesado en descubrirlo como una exploración nueva que me era desconocida.

 

Después, en ocasiones, cuando he recordado a ese personaje con poderes intelectuales sin ética posible, o como filósofo andarín con ideas sacadas del arsenal de viejos profetas maravillosos y decrépitos, (pero sí con mucho «cachondeo» en nuestra forma de enfocarlos) si que me he preguntado hasta que punto Marvin pudo influir en mi manera de pensar de entonces, en que yo me conocía tan poco, y él apareció inesperadamente en mi camino. En realidad, todo lo que él me dijo, yo lo tuve entre cejas durante mucho tiempo, pero había conseguido ya dejarlo aparte por inútil.

 

Tengo que añadir a todo esto que, a pesar de que los dos parecíamos andar por la misma calle, la de la libertad desnuda y despiadada, crucificados en ella, en el fondo, él y yo jamás habríamos podido andar al mismo nivel por mucho que nos acercara nuestra rebeldía pasiva y el raro efecto que él a mí me había producido. Nuestra marcha no era la misma. Él había alcanzado ya «la muerte en el alma». La mía sólo estaba agonizando y yo luchaba en no dejarla morir, o que la mataran los demás. Mientras que él caminaba por en medio de la calzada «a tontas y a locas» alardeando de haberlo pulverizado todo y dejándose caer en su vacío existencial, yo iba y seguiría andando en el futuro, por la acera, más oprimido de dudas y sentimentalismos, pero con una enorme mochila de debilidades e incluso «retrocesos» que me harían más seguro y resguardado interiormente. Creo que la prudencia en el casi indómito galopar de la mente, es importante y no hay nada de qué alardear y sentirse seguro, por lo que yo estaba ya aprendiendo a andar más despacio, con humildad, mucho menos cerrado a establecidos conocimientos pero sin dejar de esforzarme en querer saber más, en buscar más, en reciclar mejor las ideas de siempre sin quedar atrapado en ningún sistema que aprisionara mi mente. Quería sobre todo ser totalmente libre, y sólo prisionero de mi libertad, sin caer jamás en el dominio de una victimización  ideológica impuesta, como Marvin lo era de su «propio sistema adquirido» en la sociedad americana. Yo aprendía a inspirarme en que lo idóneo y lo erróneo está amalgamado en círculos luchando por una selectividad constantemente nueva, como en ciertas teorías físicas, las cuales alcanzan su forma y se transforman para volver a cambiar. Pero teniendo conciencia de ello. Y aunque en ese tiempo estaba muy ocupado en luchar por salir de mis antiguas ideas también «adquiridas», quería dejar claro y confiaba en que sin duda encontraría esta «selección» que me daría opción a nuevas fórmulas que no estancaran mi interior y pudiera seguir su ritmo.

 

En conclusión pienso que fue importante para mí este cruce con Marvin.

 

Cuando él se marchó, casi sin despedirnos y sin poder evitar la sensación de haber sido rechazado por su indiferencia, recuerdo que dando rienda suelta a un romanticismo bastante desplazado e inadecuado en el tiempo, pero que a mí me resultaba familiar, me refugié en unos versos de Shelley que le caían muy bien al lugar y a mi «estado».

Fueron estos:

 

«Lejos, lejos de hombres y ciudades.

Hacia los bosques salvajes y las dunas.

Hacia las silenciosas soledades

donde el alma no necesita reprimir su música

por miedo a no encontrar un eco en otra mente...”

 

Sin descartarle de las curiosidades humanas de mi baraja, le olvidé pronto.

MES DE NOVIEMBRE

 

No se bien el por qué, quizás por profilaxis innata o más imperfección, pero nadie llega a arraigar «del todo» en mi. ¿Será por qué soy duro?, me pregunto. Creo que no. Debe de ser una propiedad natural que me hace desconfiar, presentir los egoísmos propios y ajenos, manteniéndome en una posición de alerta e incapaz de albergar una seguridad en nadie. Eso me salva y así soy menos desgraciado.

 

Marvin, como una ráfaga de viento primaveral, mejor decir de crudo invierno había pasado esas seis semanas haciéndome compañía y tras ese adiós que rubricaba mi pequeña y oculta felicidad, me afiancé nuevamente a una certera soledad que se delimitaba en el futuro de aquellos próximos días. Soledad nada inhabitual, por otra parte, dado a parecer ésta casi una norma de lo que acostumbramos llamar Destino. Ello no obstante comprobé, aunque con escasa visión, que un nuevo aliciente, especie de diletante snobismo, iba, ya que no a ayudarme al olvido de mis ulteriores frustraciones sentimentales,-lo había hecho ya,-sí a proporcionarme un agradable efluvio de vanidad al comprobarme, sentirme en varios aspectos digno de interés o distinto de los demás y ante la curiosidad a ojos vista que mi presencia en el pueblo promovía. Eso, un reflejo muy mío, me fortaleció haciéndome tomar a guasa mis instintos soliviantado por un ángel de indiferencia que pródigo en máximas sabía engendrarme un «es igual» fantásticamente consolador.

 

Desde luego, mi aparición en aquella entidad que formaba el pueblo, necesariamente tenía que ser algo conflictiva en varios aspectos. Algo que no me extrañaba a mí, y no precisamente por considerarme un extravagante. ¡Ni mucho menos! Pienso que si en algo podía parecer distinto de los demás y por lo cual curioso, era precisamente por mi sencillez. Por lo menos en un principio creí poder atribuirlo a este parecer: con el atuendo de aquel viejo pantalón, un jersey azul, la raída gabardina y mis arrugados zapatos……… ¡Qué bien encarnaba al maestro rural pobre y tristón conocido por todos! Pese a esta mi pobreza, estaba persuadido de que era sólo aquella rara poesía de mi desprendida lo que provocaba aquel extraño reparar de los demás. Sabía muy poco del mal pensar de los otros y de la evidencia que yo escondía tan mal. Muy pronto supe toda la verdad no sin cierto dolorido estupor: detrás de mi humilde apariencia y tal vez poéticas maneras, existía también ese otro aspecto, aire, que debo poseer, y que me sitúa en una posición equívoca, dudosa. Y claro, todo el mundo lo observó. Lo deduje por las miradas de algunos indiscretos y poco educados, así como por algunas palabras sueltas dirigidas intencionadamente. Para el personaje serio que yo pretendía ser creo que me dolió, sí; pero como otras veces fui fuerte, levanté las espaldas, me tapé los oídos y continué en mi papel. ¿Y qué podía hacer si no?. Después de todo, estaba explotando y esta era paso a paso mi intención. Confié en que esa «novedad» envejecería pronto y me dejarían en paz o se olvidarían de mi. De ahí mi desarraigo, mi ineludible contradicción allá.

 

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El tedio de aquellos días no me sorprendió; le esperaba y no le temía porque estaba a él acostumbrado. Le servía con seis horas de escuela y tres o cuatro encerrado en mi habitación en donde leía o tocaba el violín, que igual que gustarme servía a la vez para calentarme, y con ello cancelaba esa deuda. A las ocho cenaba y a las nueve ya estaba acostado.

 

También hice algunas amistades en el hostal, pero fueron esa clase de compañerismos que surgen de una comunidad en parecidas circunstancias; en este caso, la mutua convivencia: poco interés suelen producir. Recuerdo que busqué con avidez a otro amigo y sólo encontré a dos buenos compañeros. Fueron el señor Leandro, practicante de profesión, natural de Málaga, y José, «el gitano», un vendedor ambulante.

Eran dos hombres mayores con quienes simpaticé al acto y hablaba con ellos siempre que había oportunidad.

 

Desde un principio, esa ligera amistad, si no llegó a proporcionarme una complacencia parecida a la experimentada con el americano, sí me aportó un sano humor que me hizo mucho bien. Mi afecto por ellos evolucionaría poco a poco.

 

Me acuerdo que tan pronto se marchó Marvin que, «el gitano» —todos le llamaban así por pertenecer a esa raza— vino a ocupar su puesto en mi mesa. Me había dicho con una risa miedosa en su ancho e imberbe rostro cincuentón despiadadamente moreno:

 

— No te molesta que me sienta aquí contigo, ¿verdad? —me preguntó.

— No, no, claro que no. Siéntese usted —le respondí.

 

Él me miró desconfiado como si no se fiara un pelo de lo que pudiera decirle un payo, pero dispuesto a quedarse. Y no se equivocaba en su juicio. A decir verdad, a mi no me molestaba tenerle allí conmigo para poder conversar; sólo que, por una sutileza de mi sensibilidad, una manía o un simple rasgo de mis sentidos, mi predisposición a la náusea es notable ante cualquier contradicción que me es alérgica. Y ciertamente, el gitano, me daba asco. Sí, lo confieso, era un asco reprimido, educado, que no manifestaba porque luchaba en esconderlo, pero era latente en mí. Le recordaba de verle por las mañanas cuando se levantaba de la cama sudoroso, arrugado, ventrudo y haciendo toda clase de ruidos guturales mientras se lavaba en el lavabo de la primera planta del hostal. Un olor a colonia barata se esparcía al instante por toda la planta. Yo le saludaba al pasar, escurriendo el bulto.

 

— ¡Ah! ¡Buenos días, buenos días! —él respondía a mi saludo, atareado en esclarecerse. Chorreante de jabón y agua sucia, le cruzaba de prisa antes de que él notara mi mareo.

El señor Leandro, el practicante con quien compartía la misma habitación, reparó en ello y le pareció que no era muy saludable participar la mesa con alguien que «hería la vista»

Yo exclamé:

 

— ¡Si sólo fuera la vista! ¡El estómago es lo que me revuelve!

 

Pero no quise ser cruel ni xenófago —¿no es lo mismo?— y preferí aguantarle con cierto decoro. Me habría dolido lastimarle con un desaire al verle tan amable y contento por recibir mi amistad.

Enseguida entré en detalle de su vida. Supe que era hijo de otra localidad, pero que, digamos, establecido allí desde hacía tiempo, trabajaba de vendedor ambulante visitando casas de campo y villas colindantes en donde ofrecía y vendía sus mercancías: cortes de traje, prendas femeninas... Una profesión muy corriente en Cataluña ejercida por la sociedad gitana, como es sabido.

 

Habían transcurrido más de diez años desde que llegara a aquel lugar y sin saber bien el por qué —claro que influiría la espaciosa y rica comarca— él y su mujer se habían quedado en aquel hostal. Salían de venta todos los días y vivían de ese comercio ambulante. Cuando su mujer murió, él continuó haciendo la misma clase de vida sin marcharse del hostal. A mí me apenaba pensar que envejecería solo en aquel lugar, y bajo esa idea, no podía despreciarle, le quería casi. Además, ¿a quién no le caía simpático un gitano, cuya raza es considerada «el salero» y el ingenio del país?. Su «cachondeo» era casi medicinal y era más que divertido. ¡Era un artista! José también tocaba un instrumento musical: la guitarra. Recuerdo que una vez llegamos a tocar juntos música de Granados para los huéspedes del hostal, aunque habitualmente el «show» lo hiciera siempre él con su flamenco. Él no podía evitar su fama y le enorgullecía el que le consideraran una autoridad en «cante jondo». En ocasiones, incluso traía a alguna de sus amigas del folklore y podíamos disfrutar de un espectáculo, todos reunidos junto a la enorme chimenea del mesón, donde la leña crepitaba, y sus chasquidos se fundían con el rasgueo de la guitarra bruja de José y los zapateados de la bailarina gitana. Me imaginaba encontrarme en un exótico lugar, como las Cuevas de Luis Candelas, o algo así. También esa música me rememoraba las composiciones de Sarasate y la sensualidad apasionada de un pueblo emotivo y ardiente.

 

Ciertamente, empecé a apreciar a José. Recuerdo que él y yo nos reíamos mucho y su comunicación conmigo era reconfortante. El «gitano» era un hombre inquieto, parlanchín, sagaz, apasionado en sus cosas y aunque su nobleza no dejaba de ser gitana en ocasiones, quiero decir falsa en algunos aspectos (su eterna y justificada fama de embusteros), nadie le consideraba desleal o hipócrita con sus amistades; al menos yo nunca le descubrí una traición hacia mí, y por ello le apreciaba. Sé que hablaba, comentaba, me lanzaba indirectas descaradamente para «ablandarme» y hacerme “soltar la lengua”. Pero eso, ¿no era simplemente normal y hasta gracioso?. No transmitía ningún desprecio o mala intención.

 

Lo que más me encolerizaba era cuando en ciertos momentos fuera de tiempo él se tomaba una terca insistencia en adularme delante de otros hombres que yo no conocía. Me ponía nervioso. Le hacía callar siempre herido, disgustado por lo que mi tacto psicológico me anticipaba con demasiada certeza.

 

— No te enfades, hombre.—decía— Lo que te he dicho es la pura verdad. Eres un chico muy educado, culto, muy fino...

La insinuación traspasaba todos los límites, sobre todo cuando lo hacía delante de uno de sus amigos gitanos que me miraba como si fuera una presa fácil y me sonreía con malicia viciosa ante la «evidencia» que le estaba dando su compadre.

Con vehemencia a veces le interrumpía antes de que pudiera seguir:

 

— ¡Vaya, vaya, hombre! ¡Hable menos y coma más...! ¿Quiere este huevo frito?. ¡Es que hoy no tengo ganas de nada!

— ¿De nada?... —volvía a insinuar él.

Yo le pasaba mi plato con insistencia. Entonces, él, con la boca llena, llenísima, me miraba satisfecho y le guiñaba el ojo a su compañero, sentado con nosotros, adquiriendo sus ojos saltones una singular expresión de contento. Se reía feliz.

— ¿Va a comérselo?... —yo le insistía.

Por fin accedía.

Otras veces se encabritaba en hablarme de la necesidad de la comida, reprendiéndome por mi desgana; de que las personas que «trabajan de cabeza» necesitan una buena alimentación, etc. Después terminaba por explicarme alguna de las experiencias más obscenas de su vida, pues pretendía ser muy ardiente deseando con pasión a las mujeres, y disfrutaba en vivificar con grosera y personal pornografía unas escenas que parecían el orgullo de su existencia.

— Lo creas o no, chico, soy un caló de los mejores. ¡Con una turbina entre pernas! ¡No hay chocho que se resista a esa corriente!...

Y al decirlo, se agarraba «la turbina». Le fascinaba la vulgaridad. Para mis adentros, me repugnaba... aunque, no sé, también me excitaba su crudeza. Sin embargo, creo que de tocarme, de sentir en mi piel el roce de su epidermis, habría devuelto la comida.

 A pesar de todo ya me había habituado a él y a las horas de comer siempre le esperaba.

También recuerdo que por las noches, se practicaba otra peculiaridad en el hostal. Y era ésta que la mayoría de sus huéspedes, obreros y campesinos en su totalidad, después de cenar una buena parte de ellos se iban al café del pueblo antes de acostarse. El gitano y el señor Leandro eran unos de ellos y a menudo me invitaban a que les acompañara.

Yo no estaba acostumbrado a salir de noche, cansado de mis tres horas de práctica al violín o medio ciego por una larga lectura, después de cenar el deseo de descanso se agudizaba más que la sana intención de ir a pasar una hora en el café. De manera que rehusaba siempre en acompañarles con el pesar de tener que oír todas las noches la misma murga de que era un viejecito:

 — Un viejecito acabado y sin marcha... ¡sin marcha atrás ni adelante!

¡Qué humillante!

El señor Leandro salía también mientras yo me acostaba, reanudaba una lectura empezada y sin apagar la luz del dormitorio me dormía poco después. Sabía que cuando llegara el practicante se pondría a leer y eso le evitaba el temor de que me despertara.

Pese a su insulsez, los días se esfumaban. Sólo el tedio, ese tedio permanente que esos días desprendían, arraigaban en mí sus gotitas anulando mi energía y ánimo de vivir al sentir ese vacío y soledad como centro de mi gran tristeza.

Todas las noches me dormía en un silencioso sollozo.

MES DE DICIEMBRE

 

Por las mañanas me despertaba con otra moral.

Después de lavarme y aspirar en mi frasco de agua de colonia «cara», y como despilfarro echarme unas gotitas en las sienes y coronilla, habríase dicho que el frío de aquellas mañanas de diciembre sabían helar mis hondas melancolías desvelando al propio tiempo desde su hiriente invisibilidad dormidas energías que sólo avanzando el día volverían a aletargarse paulatinamente. Aquel forzoso tiritar me hacía sentir ágil, limpio, nuevo...

Con la fuerza de esas tres ilusiones, y un café con leche caliente en la barriga, me iba menos soñoliento a dar clase.

Lástima que esa sensación agradable tuviera tan corta duración porque, «dar clase», me intimidaba.

Muy de pasada quisiera decir que siempre tuve la acertada opinión, la clásica, de que la digna profesión de maestro, de educador, precisa de aquella gran vocación y moral inclinada a la enseñanza por parte de quienes la ejercen. Es natural, discutido y resuelto. Sin vocación y moral, no hay maestro. Pues bien, en mi nunca hubo ni lo uno ni lo otro. Creo que soy la antítesis de lo que pueda ser un pedagogo y un moralista. Y aún peor: ¡me avergonzaba el no considerarme digno para enseñar porque me sentía totalmente desplazado haciendo un papel que no era el mío! Recuerdo que a fin de cuentas me costó un gran esfuerzo imponer mi autoridad en clase y lograr, utilizando un método pedagógico muy personal, el cumplimiento de mi misión de enseñarles. Algo que con tiempo llegué a conseguir óptimamente. Pero de ahí a considerarme un buen profesor y ser feliz en compañía de ellos, ¡no, nunca! Y no digo que les odiara o que no me gusten los niños;¡al contrario!: les considero sujetos sinceramente originales y ocurrentes, y sobre todo, por lo cual me resultan de un gran interés, por su espontaneidad: lo bueno y malo que hay en ellos se manifiesta bien a las claras y en seguida. Entonces, me gustaba estudiarles y soportarles, intentando así mismo ser sufrido por ellos. ¡Pero cómo esperaba librarme de su presencia! ¡Contaba los minutos hasta llegar la hora del «recreo»; el rato que faltaba para que salieran al mediodía y no volver a verles hasta la tarde! Y por la tarde, ¡la misma angustia, la misma lucha hasta llegar al final!

Después, la libertad y otro día infeliz sufrido valerosamente desaparecería. Ciertamente, me avergonzaba mi manera de ser.

Y es que además, había aquella escuela esperpéntica; aquel antro con pretensiones de aula tan poco acogedor. ¿Debo describir aquel lugar?. De hecho era el estereotipo de todas las escuelas pobres de aquellos años: una veintena de pupitres viejos, destartalados y sin tinteros en casi todos; una decadente mesa-escritorio para el profesor sobre una tarima apolillada; unos mapas desteñidos, dos pizarras decrostadas, un crucifijo torcido, una papelera y una mugrosa estufa, todo ello estrujado entre cuatro paredes sucias y mohosas.

Sobre todo, los primeros días, ¡qué sacrificio hasta someter mi voluntad en mi nuevo entorno! El olor a moho y a basura procedente de un anexo a la clase, el frío intenso, los niños semi inertes que no podían escribir porque se les atiesaban los dedos... Teníamos que permanecer enfundados en nuestros abrigos y bufandas, y por supuesto, a los niños no se les podía alejar mucho del poco calor que desprendía la estufa de leña. ¡No podía quejarme en cuanto a «poesía de la pobreza»!, —como dijo Marvin—. ¿No era encantador?. ¡La odiaba!

Pero lo más deprimente del cuadro no era aquella sombría escuela y el quebrajoso hostal donde me hospedaba, sino la presencia de aquellos niños sucios y miserables que eran hijos de inmigrantes de otras provincias españolas que empezaban a «aclimatarse» en Cataluña, los cuales se dejaban caer en la escuela sin lavar ni peinar, con unas costras de roña en manos y rodillas que apestaban. Tampoco parecía que les importaba demasiado quitarse las legañas y los mocos. ¡Espectaculares! De nada servían mis reprimendas y exigencias de higiene. Al día siguiente volvían igual. Siempre esa visión decadente tililante en la baja mar de sus miserias irremontables: una familia y ambiente pobre; un colegio pobre y otros niños pobres... Era el etcétera etcétera interminable con que podía señalarse su indigencia; un «motto perpetuo» que clamaba justicia en el auditorio sordo de nuestra sociedad. ¿Cómo o qué hacer para salir de ella?. Pensaba que ésta sería la primera pregunta que a sí mismos se impondrían ellos después del primer síntoma de uso de razón. ¡Y quién sabía! ¡Tal vez de entre ellos surgiera algún líder político capaz de transformar nuestra sociedad!

Como pasatiempo, me entretenía entonces en espiar, escrutar en sus frágiles personas una señal que pudiera descubrirme en ellos la posibilidad de una cualidad insospechada y sagazmente escondida. ¿Pero cómo y quién podía descubrirlo?. Seguía pensando que si después de transcurrir veinte o treinta años yo seguía vivo, tal vez fuera allá a buscar esa respuesta. Estaba seguro de hallar más de una sorpresa al descubrir que alguno de aquellos mocosos había roto con sus viejos moldes. ¡Lo qué es la inescrutabilidad de los acontecimientos y de las personas!, —pensaba sonriendo—. En el fondo me fascinaba esta frase con máscara de aforismo por su fuerza autosugestivamente esperanzadora. ¿No es recomendable el qué sea recordada a menudo?. ¡Me sentía demócrata!

Finalmente, me ausentaba de esos pensamientos fuera de momento y decidía dejar a los niños unos instantes.

— ¿Me dejáis pasar?... —les decía durante aquellas horas de recreo fallido que por inclemencia de temperatura o del mal tiempo no podían salir y se juntaban alrededor de la estufa leyendo tebeos.

Me abría paso entre ellos y me iba hacia el fondo de la clase.

Contiguamente a la clase había dos grandes compartimentos destinados, uno, a water, y el otro a pequeño almacén de desperdicios de la escuela donde se quedaron apilados restos de mesa, carbón, leña, papeles, basura... Había también un gran armario en donde yo guardaba algunos productos comestibles, tales como chocolate, queso, café, leche en polvo para los niños, azúcar, galletas...

En un gran pote de aluminio que el alcalde regaló a la escuela, yo calentaba agua en la estufa para echarle una considerable cantidad de leche en polvo del saco que nos proporcionaba el Magisterio Español, y una vez lista para tomar, la vertía en unos enormes «bols» de piedra que se tomaban los niños que la querían beber. La mayoría de ellos traían sus bocadillos de pan con chocolate o queso, envueltos en papel de periódico que les había preparado su madre. Si alguno no traía nada, yo le daba parte de mis galletas que mojaba en mi nescafé con leche y así todos desayunábamos.

Era agradable este pequeño refrigerio participado; sobre todo para ellos. Me daba cuenta de que los niños me apreciaban, aunque me consideraran «algo raro», yo les disculpaba por eso.

— ¡Gracias, maestro! —decían a coro.

Cuando poco después se reanudaba la clase, parecía todo más fácil después de aquel pequeño descanso sobrealimentado. Me sentía toda una madraza, aunque esto no cambiaba mis deseos de que desaparecieran pronto de mi vista. «Una horita más, sólo una horita, ¡y todos a la calle!».

Luego, al salir al mediodía, adquirí la costumbre de dar un paseo de media hora a orillas del río. Debió ser todo una cuestión de hábito el tiempo que estuve allá, por lo visto, pues, por impulsividad, cualquier acto que realizaba si no interponía mi razón trascendía en costumbre. Y la costumbre es inexorable: es un martillo que da siempre en el mismo clavo.

Así pues, me acostumbré a mi paseo, mi árbol, que era el báculo en donde me detenía siempre para apoyarme mientras perdía la mirada concentrada en el río y ponía en práctica mi método de autosugestión. Durante diez minutos repetía infatigable: «Soy fuerte, soy fuerte. Debo ser fuerte»...

Respiraba hondo.

Me pregunto ahora si lo conseguí. Si el cinismo de descararse es fuerza, pienso que sí, sin duda.

Después, regresaba al hostal en donde la náusea, la risa y el vacío, en fin, me esperaban junto al gitano. Ya la niebla de la mañana y la escuela me habían influenciado, preparando la depresión que por la tarde evolucionaría en una somnolencia mortal.

No: ciertamente, mis esfuerzos de «cultura psíquica», no tenían suficiencia.

NAVIDAD Y PRIMEROS DIAS DE ENERO

 

Pero pensaba mucho.

Con respecto a uno mismo, en el aspecto sexual y el propio comportamiento dentro de mi sociedad, creía que individualmente alcanzar conclusiones que tuvieran un resultado aceptable o tan sólo viable sin rozar la autodestrucción, no parecía nada fácil. Quería demostrarme a mí mismo siguiendo un instinto dictador, que, aceptarse o despreciarse, —posturas rutina que llevaron, la primera, a la libertad e incluso al libertinaje, y la segunda al misticismo, la locura o el suicidio— me parecían los más abiertos senderos en psicología para catalogarse uno mismo y obrar en consecuencia. Permanecer y ser fiel a uno de esos dos bandos, me parecía sano y correcto, si es que lo «correcto» está inmiscuido en la hipótesis de una ética y un «saber estar» con tu realidad. Pero el problema no estaba en ninguna de esas dos posturas. Lo verdaderamente grave era dar la zancada a la decisión y quedarse inconcluso, indeciso y aferrado al embuste de uno mismo, actuando con engaño hacía los demás y hacerse migajas la propia estima. En su postura neutra, yo veía a los hipócritas como a los grandes condenados roídos por su falsedad y falta absoluta de confianza, y su retorcido comportamiento me los hacía ver insanos y peligrosos al no poder vivir su auténtica existencia. Me los imaginaba hundiéndose en un caos moral capaz de llevarles a las peores extravagancias (los falsos casados, los falsos religiosos, los falsos moralistas...)

Automáticamente, entonces, tenía que preguntarme: ¿en qué «bando» quería ubicarme yo?... ¡No en el de mi propio engaño, ciertamente! Creo que me había ejercitado demasiado mentalmente para no saber lo que quería, y adoptar la postura del avestruz, me horrorizaba... la descartaba. Tampoco me atraía ese lado de auto desprecio sólo porque «lo orientara así» la estúpida actitud de los demás. Aceptarse tal cuál y luchar en contra de todos hasta que fueran «los demás» los que me aceptaran, me parecía la mejor decisión para lanzarme a la aventura de ser feliz a mi manera. ¿No tenía todos los derechos iguales que cualquier otro ser humano?. Tenía confianza en esos «derechos humanos» y estaba seguro de que muy pronto saldrían a relucir y se harían populares.

En esa lucha para llegar a mi absoluta libertad, y aceptación, estaba muy alerta en el terreno abonado de mí mismo. Y por la autoexploración sabía que en las profundidades de mi yo hay agitaciones tan ajenas a mi conciencia que, al sensibilizarse, dejan siempre en la razón lógica un halo de impotencia difícil de superar. De ahí que sin premeditación en ciertas elecciones de orden pasional, cuando éstas aparecen en lo consciente y de conformidad a mis elegibilidades, ellas, oscura y sordamente me trabajan hasta llegar a este punto en que salen lanzadas y casi sin dominio hacía el objeto excitante. Mi razón, frustrada entonces, cuando encuentra su lógica, comprende, pero a su vez calla como avergonzada y tímida por ese alud contra el que se sabe impotente.

Esta es la consecuencia del porque en ese período del que estoy hablando, debería sentirme empujado muy pronto hacía otro personaje.

En esa posición cansada y artificiosa que eran mi trabajo y ambiente, llegué a la Navidad de aquel año.

La curiosidad impertérrita del gitano volvió a intervenir pocos días antes de que empezaran las vacaciones:

— ¿Te vas a Barcelona a pasar las fiestas?... —me preguntó.

A decir verdad, no tenía otra elección.

— Claro. Tengo que estar con mi familia. Con mis tíos...

El gitano se había tragado la versión que desde un principio yo le había dado sobre mi familia. A decir verdad, este era el patrón familiar que yo le contaba a todo el mundo para evitarme el tener que dar explicaciones más exhaustivas.

Pero la verdad era que mis «tíos», no eran ni mis tíos, ni existía tal parentesco con esas personas que yo había inventado. En realidad había sólo un tutor. Si yo hubiera probado a ser más explícito con el gitano, tampoco habría podido hacerlo porque ni yo mismo sabía exactamente quienes eran mis progenitores ni cual sería ni de donde provenía mi ascendencia. En realidad, lo confieso sin ningún complejo, soy uno de los clásicos hijos de la Guerra Civil Española y el origen de mi procedencia, hasta entonces, seguía envuelto en embrolladas conjeturas que nunca se aclararon.

Tampoco tenía claro cual era mi auténtica nacionalidad y cuales eran mis verdaderos apellidos. La única referencia obtenida de mi tutor al sacarme del Colegio de la Paz de Madrid, a donde fui depositado al acabar la guerra, es que no fui del todo abandonado, sino que mi progenitor, en quien sobre su autenticidad hay varios cordeles sueltos, me dejó asignada una pensión para que cuando tuviera edad y pudiera ser adoptado por un antiguo mayordomo que trabajó en casa de un marqués en el Madrid de los años 30, fuera él quien se encargara de mi tutela.

Hay datos sospechosos de que mi supuesto padre utilizó a cierta persona para la misión de dejarme en el Colegio de la Paz, hasta que Gregorio Ostiz Gallardo, el mayordomo, se encargara de mi tutela cuando yo cumpliera los 7 años. Todo parece indicar que se había hecho un programa de mi futuro, pero sin que fuera revelado mi origen. Origen que incluso mi tutor nunca ha podido desentrañar.

Teniendo en cuenta la confusión que había en España recién terminada la guerra, la aparición de niños desamparados no fue algo poco común. Nadie ignora que hubo muchos. Y también sabemos que la mayoría de los que se quedaron en el Colegio de la Paz, y en otros centros, fueron depositados allí sin ningún vínculo con el exterior y sin ningún favor establecido para ellos. Sin embargo mi caso había sido diferente: un hombre me había dejado con las monjas asignándome una pensión mensual y asegurándose sobre mi salida a los 7 años para que fuera tutelado por una persona específica a la que se le habían otorgado todos los derechos para hacerlo.

Nosotros, mi tutor y yo, siempre atenazados por la duda, llegamos incluso a pensar que éste hombre, el que me depositó en la Paz, era mi padre. Confiábamos en encontrarle algún día. Pero esa única esperanza se desvaneció al descubrir que desapareció de España por motivos políticos y estaba exilado en Argentina, de donde nos llegaba mensualmente la ayuda económica asignada.

Según explicaciones de Gregorio, existen dos hipótesis sobre la autenticidad de mi padre biológico. Una ha recaído siempre sobre el marqués, su amo, también exilado en Argentina; y la otra sobre aquel hombre, un periodista judío-catalán, amigo íntimo del marqués, el cual fue quien me depositó en el Colegio de la Paz, de Madrid, en 1939, cuando yo contaba pocos meses, y se aseguraba de que Gregorio me adoptaría.

La pregunta de quién de los dos era mi padre, sería el eterno acertijo que no lograríamos nunca adivinar. Los dos estaban exilados en Argentina y podía ser cualquiera de los dos el que nos enviaba un cheque con la firma ilegible de un procurador que no referenciaba la procedencia del donante... En fin, que si por el hilo se saca el ovillo, aquí se había formado un tremendo nudo en el hilo que no nos dejaba alcanzar nunca al ovillo.

Pero esto no era todo. ¿Y mi madre?. ¿Quién era ella?. ¡Una incógnita dentro de cien incógnitas que empezaba con mi certificado de nacimiento y mi dudosa nacionalidad!

Cuando se me dejó en la Paz, el hombre que me trajo de quién sabe dónde, entregó a los directivos una partida de nacimiento fechada en Buenos Aires, inscrita a nombre de Abel Sánchez Millán —el nombre que llevo— como hijo de soltera, una mujer llamada María Begoña Sánchez Millán, nacida en Santander el año 1915, también con residencia en Argentina.

¡Una situación harto comprometida para mi! Sin embargo, dadas las circunstancias del «embrollo» durante la Guerra Civil en el papeleo oficial de los recién nacidos y la desaparición de personas, el mensajero que me dejó en este país encargó que me registraran en Madrid dando los mismos datos de mi supuesta madre, como desaparecida, pero haciendo constar que yo había nacido en Madrid. Y así se hizo, por lo que mi nacionalidad quedó actualizada como española.

Si las suposiciones de paternidad tenían cierta lógica al atribuirlas a uno de esos dos hombres, (no definitivas, tampoco), las de mi maternidad eran mucho más complejas para atreverse a señalar a una mujer determinada.

Gregorio no recordaba de ningún embarazo entre las mujeres que se movieron durante los últimos tiempos antes de terminarse la guerra, en la torre de Alcalá de Henares a donde vivía recluido el señor marqués y su séquito, entre el cual se encontraban varias mujeres amigas del noble y del periodista catalán.

Entre ellas, las presuntas sospechosas eran una judía-alemana, escritora y amiga del judío-catalán, que él se trajo de Zurich, y una doncella francesa, de Lyon, muy joven, que se había convertido en la criada predilecta del marqués.

El marqués contaba a la sazón unos 45 años y no parecía tener contacto marital con su esposa que estaba enferma de tuberculosis y ocupaba una habitación aislada de los demás huéspedes de la casa. ¿Por cuestión de contagio?... Como es natural, la servidumbre que trabajaba en aquella casa —entre ella, Gregorio— acostumbra a hacer su cotilleo sobre el tema, por lo que mi tutor había apuntado:

— Un dato muy importante, esa separación de camas.

Además, deambulaban, entraban y salían muchos personajes femeninos que estaban de paso —en aquel tiempo crucial, durante la guerra— por aquella casa veraniega de la familia del marqués, un hombre patriota y muy humano, de ideas socialistas totalmente contradictorias a su rango, (había sido siempre el clásico guisante negro de su familia, mantenedor de contactos clandestinos afines a su ideología) y que contaba con numerosos amigos y amigas colaboradores «a la causa anti-fascista» quienes acudían de todas partes a su fortaleza de Alcalá de Henares para ayudarle en su labor política. Gregorio decía que incluso Heminway estuvo allí.

Entonces, ¿cómo podíamos averiguar nosotros, Gregorio y yo, cuál pudo ser la mujer a la que yo fui engendrado por mi padre?... Tampoco los datos de mi supuesta madre de la que llevo sus apellidos son auténticos. Nosotros hicimos toda clase de gestiones para encontrarla en Santander, pero ella ni siquiera existía en el registro oficial de la ciudad. Era también otro nombre inventado.

Dada la precariedad de pistas y supuestos —ninguna historia en voz baja de los criados con respecto a nadie, en la época; ninguna mujer embarazada, ningún misterio que levantara sospechas alrededor— Gregorio terminó por desistir de la adivinanza del acertijo y ya no quiso darle respuesta. ¡Claro que yo no podía conformarme! ¡Yo soy esa respuesta! ¿Y cómo podía dejarla en suspenso sin querer llegar a descubrirla algún día?... Por supuesto esta sería mi eterna obsesión.

Después, con el paso del tiempo, Gregorio, soltero y correspondiendo al compromiso que tenía conmigo, vino a buscarme a la Paz para llevarme a Barcelona, a donde se había trasladado para instalarme con él y vivir en su piso de la calle de los Almogávares.

Por fin había encontrado un hogar que parecía prometerme la curación de la indiferencia que se respiraba en el Colegio, y me sentía feliz con la infinita atención de un anciano que yo veía como a un abuelo.

Sobre mi infancia y adolescencia bajo el cuidado de este hombre, puedo decir que sus atenciones fueron inmejorables, aparte de la cierta distancia con que fui atendido (yo diría que más bien cómo las de un criado que las de un padre), pero sin fallos de ninguna clase, y que sin poder evitarlo me parecieron siempre mimos pagados que a pesar de todo me ayudaron en cierto modo a ser independiente y a desensibilizarme de los conceptos tópico que tiene la mayoría de la gente que sabe que ha sido adoptada. En una palabra: me acostumbré a no ver a un padre, en la austeridad de Gregorio, pero sí a sentirle como tal por sus esmeros conmigo que al parecer eran cumplidos al pie de la letra como proyección de la nómina mensual que el verdadero amor me traía desde una gran distancia. Esto sí que fue siempre un gran consuelo.

Sin embargo, y como es natural, desde siempre he vivido atormentado por querer saber, llegar a descubrir qué verdadero nombre hay detrás del homólogo Abel Sánchez, el célebre personaje de la novela de Unamuno —mi nombre y apellido— que tanto parece decir de las aficiones literarias de mi progenitor. El detalle me ha provocado muchos ensueños y deseos incontenibles de amar a unos padres que tengo que inventarme, y que forzosamente sé que existen o han existido en realidad. Unos padres de serial radiofónico que en ocasiones me obsesionan con mayor intensidad dramática que la que puedan sentir los habituales entusiastas y seguidores del melodrama de ficción explotado en el cine, la novela o el teatro. Algo frecuente y reiterado, al parecer, que a mí no puede dejarme indiferente y haga que lo sienta de una forma punzante, enloquecedora... a veces muy triste y desesperante.

Efectivamente, aquellas Navidades las pasé en Barcelona con Gregorio, en nuestro pisito de la calle de los Almogávares, en Pueblo Nuevo, un rincón modesto y confortable que con exagerado esmero mi viejo y querido ex-mayordomo del «señor marqués» mantenía siempre limpio y pulcro como aquellos famosos chorros del oro.

— Si toda mi vida fui un criado modelo de grandes casas, ¡cómo no voy a serlo ahora igual de ésta tan pequeña! —decía él con su gracia estudiada, estirándose los pliegues de su frente al esbozar una sonrisa medrosa y triste.

Mayordomo nato, él prefirió siempre vivir de las ventajas y comodidad de las casas de los demás antes que dedicarse a crear su propio hogar y asumir los problemas que conlleva. Se sentía bien así, decía, soltero y sin compromiso y viviendo de las migajas de los poderosos —¡que a veces no eran tan migajas!— y disfrutando de la vista y uso del lujo y la educación de sus amos.

Gregorio era un viejo soltero de 67 años retirado de la vida activa —se retiró poco después de llevarme a vivir con él— y que prácticamente sólo se dedicaba al cuidado del piso y a mi, en aquellos momentos. Gozaba de una renta media —producto de los ahorros de toda su vida— y seguía viviendo con todos los hábitos de un perfecto mayordomo.

Gregorio me parecía estupendo aún dentro de esta psicología tan opuesta a la mía, y que en ocasiones yo aborrecía de él. Pero como «hijo de la incógnita», que es lo que soy, —lo prefiero a considerarme «hijo del pecado»—, creo que las cosas no habrían podido irme mejor con éste doméstico profesional. Se lo debía.

En aquellas fechas, cuando finalizaron las vacaciones navideñas y regresé al pueblo, recuerdo que al llegar a la estación del tren de la pequeña villa, no pude evitar un sentimiento de cierto desagrado; una especie de tristeza que a mi primera llegada no había sentido. Pero la contestación era fácil: ya no tenía la ilusión ignorante de lo que se desconoce y me parecía aborrecible aquella realidad conocida. Además, por ese inexplicable choque introspectivo a causa de olores y sensaciones sentidos únicamente allá, al llegar al hostal, empecé a recordar con demasiada insistencia la breve estancia de Marvin. Estúpidamente, todo me lo devolvía: el paisaje, el mismo hostal, la música que la radio transmitía; sobre todo había un disco de «Los Platers» que llegaba a ponerme tenue, muy tenue... Y me preguntaba: ¿De dónde saldría esta sabia sentimental que solía resucitar de pronto, tan opresora cómo desgarrante?... ¡Y tan «ablandante»! Es verdad que la melancolía me daba un cierto equilibrio entre lo ordinario y lo sensible y me situaba a un nivel espiritual más accesible, que se elevaba más alto, menos pesante hacia abajo en lo puramente terrenal. Me ajustaba. Pero, en consecuencia, se detonaba también el temor de abismarme a una aborrecible depresión.

Resulta curiosa en mi esa voluntad enervante en cuya membrana parecen diluirse sombras imprecisas de afectos que penetran sin esfuerzo. De repente toman forma, y la nitidez de sus imágenes se convierten entonces en tortura. Por fortuna, sin dilación, sólo después de la penosa experiencia, mi versatilidad es tan magnífica que, —creo haberlo dicho antes— en tales casos mi voluntad se libera y logra al fin vencer.

Aquella noche nevaba cuando llegué a la pequeña villa. Las luces de los faroles se borraban tras los puntos blancos y en las ventanas, detrás de los velados cristales había ojos que miraban como cuajaba la nieve. Vi como el viejo empedrado perdía su fealdad con el blanco maquillaje, lo que me hizo pensar en el proceso del copo de nieve hasta ser copo, su cristalización, su caída y su disolución hasta ser copo otra vez. Me parecía un perfecto símil de todo un sistema filosófico al que se aferra un buen número de creyentes. Me gusta la nieve.

En el hostal y por ser domingo había poca gente. Todo el mundo al llegar los días festivos volvía a sus pueblos respectivos, los que no estaban distantes de allí. El señor Leandro, por ser andaluz, (le quedaba un poco lejos su ciudad) tenía que quedarse en el pueblo. Pero aquella noche estaba en el cine. El gitano estaría en el café, por lo que cené solo. La radio daba «villancicos», en una emisora retrógrada, y había muy poca luz en el comedor del mesón. Frente a mí, el cristal sin biselar que se había cambiado en la puerta que daba a la calle, —lo habían reemplazado por otro más barato— me descubría aquella noche blanca.

¡Nunca me vería libre de la tristeza!, pensé. ¿Estaba enfermo de «eso», o mejor era sólo un efecto exterior del que no estaba inmunizado?. Durante toda la cena, en solitario, estuve pensando en mis cosas tristes hasta el momento en que decidí salir. Ya viniendo en el tren y desde que empezara la nevada, que había premeditado esta salida. Por nada me la habría perdido.

Antes de salir, pero, pedí un paraguas, me abrigué con una bufanda roja tapándome hasta los ojos y rogué a las mujeres que estaban en la cocina que me tuvieran agua bien caliente para que a mi retorno pudiera llevármela a la cama en mi calorífico. Seguidamente salí.

En esos paseos uno puede pensar mejor en sus cosas raras; esas cosas que todos pensamos alguna vez pero que nunca confesamos a otro, y que procuramos esconder con el supuesto secreto de que sólo nosotros las entendemos aunque no podamos demostrarlas. Por sí solos, esos paseos, son un constante resurgir de sensaciones.

Con parsimonia y gozando de la voluptuosidad que produce andar en la nieve, esa blandura que sucumbe, crucé el puente que hay sobre el canal bordeado de sauces llorones y me dirigí a mi orilla del río. Allá, su rumor se oía acallado y la nieve moría silenciosa y como resignada en sus aguas.

Me detuve abstraído: «El sortilegio de la Naturaleza», dije. Sonaba bien aquella expresión, entonces. ¿Por qué mis ideas de trasmundos y vidas invisibles más allá de aquel plano material fantástico?... En seguida me sentí incómodo. Ya hacia tiempo que a menudo me ocurría esto; era como una angustia, un desasosiego al abandonarme emotivamente a las cosas que desprendían poesía y hacia las cuales me atraía una fuerza como «para hacerme sufrir». Nada habría ocurrido de seguir, de poder seguir yo aquella fuerza. Pero, y esto es lo extraño, al propio tiempo que me acercaba a esas cosas, imperativamente, un impulso de repulsión y reserva a ese abandono me sustraía al sortilegio: «Poesía», decía luego tontamente. «¡Sé real y olvídate de esto! «¡Lucha como un hombre y no cómo un sensible!».

¿No eran los primeros ensayos de un sentimiento de aprensión, de miedo a la bondad?. No siempre sentir lo bello equivale a sentir lo bueno, pero tiene relación. Me figuro entonces que mis automatismos me precavían en contra de ese «sentir» y «sufrir». Era cómo si un mal temiera perder su presa. Caí en el escollo y exclamé: «¡Lejos de mí la poesía que lacera! ¡Es preciso buscar un fin en lo real y no en las abstracciones!»... —creo que empezaba a confundirme el significado de la palabra «real»—. De todas formas, me sentía impresionable y seguidor de la última imagen que brota en mi imaginación. «¡Estás loco!», continué. «¡Déjate de voces interiores y vive los instantes ocasionales transformados a tu mirada! ¡Olvida lo demás y siente, vive! ¡El privilegio de sentir no es común, no es común, no es común...»

Lentamente volví al canal. Seguía nevando y sobre mi paraguas había dos centímetros de nieve. Sentí frío en los pies y pensé en la comodidad que me aguardaba en la cama con mi calorífico. Hasta me estremecí de placer. Sin embargo no quería regresar aún. Decidí seguir por la acera del canal hasta llegar al puente del río y luego introducirme por la pequeña ciudad. ¡Cómo lo cambiaba todo la nieve! Esta llegaba a ser tan copiosa que dejaba mis huellas cada vez más profundas. Resaltaba tanto que, en su efecto de «paisaje nevado» ya era perfecto. Recordé los paisajes de Utrillo, que tanto adoraba.

No se veía a nadie por aquel sector. El lugar es poco alegre y de poco paso y sólo a la luz del día cuando las fábricas cuyas ventanas dan frente al canal sueltan sus bandadas de obreros, hay por allí circulación.

De pronto, a lo lejos y en la esquina de una calleja, apareció alguien. Era un hombre. Andaba pesadamente bajo un gran paraguas. Un hermoso detalle, muy figurativo, pensé. Hasta me aduje el preciosismo de ésta observación: «El hombre, ese detalle»...

Sin ningún disimulo, me di cuenta de que yo había cruzado la calle y de que ya en su acera, inevitablemente, íbamos a encontrarnos.

A aquella hora y con semejante tiempo, aquel encuentro parecía algo importante y decisivo. Al cruzarnos nos miramos y nuestro saludo fue simultáneo. Sin embargo, él, sé que añadió algo más. Dijo en un catalán de raíces legendarias:

—  Valga’m Déu noi! Amb aquests torrons ja anirem demà bé. Vull dir que, quin empestat noi! És de por eh, és de por!...

Yo asentí. No sé qué dije y él lanzó una carcajada por sus propias palabras, pero ya cada cual seguía su dirección. ¡Qué argot empleaba! Desde luego yo estaba seguro de que le había visto antes. ¿No era el hombre de los escombros con quién me cruzaba todas las mañanas al ir a trabajar?. Al mirarle a los ojos le había reconocido: tenía unos ojos negros, muy brillantes, yo diría magnéticos. Estaba seguro de haber sufrido su impacto en otro momento, pero sin turbarme. Ahora sí, la sorpresa se perfiló en un recuerdo. Fue la exclamación de un: «¡Oh, es guapo!», después de descubrirle una de aquellas mañanas con paleta y capazo deteniendo al macho de su carro, al propio tiempo que de cruda voz lanzaba: «Quiet, mal perit!», lo que se concretó en mí. Debí entonces quedar mirándole y fue cuando reparé en sus pormenores físicos: moreno, de mediana estatura pero bien constituido, nervudo, fuerte, ¿de unos 35 años?... Sus ojos negros poseían también mucha fuerza y vigor y eran expresivamente masculinos, algo melancólicos. Un bigote poblado, negro, cubría casi su boca y todo en él rebosaba masculinidad y un natural grosero capaz de excitarme.

Sin duda esa sería la rápida impresión que capté y de la que me creía libre. Después se repetirían esos leves encuentros y yo seguiría pensando: «Es guapo, es guapo...»

Aquella noche ese encuentro me había puesto en evidencia todo lo insospechado de esta atracción. Me reí. En el fondo, esa crudeza y frialdad con que mi razón estudiaba «mis especiales tendencias», sorteando las conclusiones, que todavía me parecían amargas, en cierto modo me daba risa. (Creo que estaba naciendo mi sentido del humor). ¡Enamorarse de los hombres! ¿Por qué me parecía aún chocante, ridículo y asqueroso?... ¡Y hasta cómico!

Tomé dirección hacia la calle del Puente y llegué a la Iglesia. Después, por las escaleras de la Plaza Mayor, descendí a ésta. Me dirigí hacia el pequeño estanque central y me quedé unos momentos allí, quieto, hasta darme cuenta de que llamaba la atención de los hombres del café de enfrente.

Recuerdo que me escabullí del lugar, avergonzado, pero que aún seguiría deambulando un rato más por aquellos alrededores hasta que finalmente, fatigado, regresaría al hostal.

Obsesionado aún por el deseo de aquel hombre, recordé esto:

«...en mi esa voluntad enervante en cuya membrana parecen diluirse sombras imprecisas de afectos que penetran sin esfuerzo. De repente toman forma, y la nitidez de sus imágenes se convierten entonces en tortura».

En los peldaños de la penumbrosa escalera que se remontaba hacia mi habitación, dejé mis últimos rastros de nieve. Y dato curioso: mis pies hervían.

MES DE ENERO

 

A partir de aquella fecha, los primeros días después de Reyes, podría decir que mi vida exterior empezó realmente a cambiar. No fue un viso muy importante, pero sí oportuno y mejor, creo.

Hasta entonces había sido secundado continuamente por el gitano: comíamos juntos, cenábamos juntos: una situación en la que convine aparentemente gustoso. Sin embargo ahora, dado que éste se había ausentado desde hacía unas semanas sin haber regresado, su ausencia me serviría de maravilloso pretexto para separarme de él. Al menos temporalmente. Fue un comportamiento ruin, lo sé; pero sin malquerencia alguna y únicamente por el asco que me inspiraba el gitano, con la inocente apariencia de un «para estar menos solo», me fui a la mesa del señor Leandro.

Éste me aceptó indiferente, como era su comportamiento habitual.

— Te advierto —observó— que cuando vuelva el «morenito» va a sentir celos.

— ¿Celos? —dije gustoso y no del todo asombrado. Me gustaba saber que él me quería.

— ¡Pues claro que sí! —añadió él entre desdeñoso y divertido. Luego fue más ácido:— ¡Pero bah! ¡Qué se fastidie!

Me quedé mirándole mientras reparaba en la crueldad de esa frase despóticamente concluyente. Creo que me pellizcó un poco el alma esa exclamación. ¡Y qué turbia su mirada! De todas formas, yo no pensaba disgustar al gitano. Si a su regreso me daba cuenta que ese desaire le ofendía, estaba dispuesto a volver con él.

Creo que la vida aburrida del señor Leandro le había estropeado, aparte que se tomaba muy por lo alto aquello de ser «el practicante del pueblo». Me divertía su ingenuidad.

De hecho, la eventualidad de mantener largas conversaciones con este hombre, no se había dado por falta de tiempo por mi parte. Por la noche yo dormía ya cuando él se acostaba y en el día eran escasos los momentos de diálogo intercambiado. Pero hubo tiempo para intimar después. En realidad, desde aquel día que me senté con él en su mesa, comencé una etapa mejor. Fui más sensato pensando mejor lo que decía (con el gitano era fácil adquirir perniciosidades imaginativas y dialécticas), más cerebral y menos triste —en mí es al revés— y en suma me situé en una mejor concordancia con el personaje que representaba.

El criterio adquirido de la personalidad del señor Leandro esbozado por mí en un principio, era bastante difuso. Si últimamente llegué a asimilarle algo más, entonces me parecía extraordinariamente contradictorio. En él encontraba características de hombre rudo, torpe, y peculiaridades de persona con tendencias a cultivarse. Lo digo por la cantidad de lectura que se tragaba diariamente. Sobre todo periódicos y novelas populares.

Pero su especialidad, dar pinchazos con la aguja hipodérmica, lo era además en darlos criticando a todo quisquis y no era muy deferente con nadie, que digamos. Sería a través de esos «pinchazos» y de «sus secretos», (¿quién cree no tenerlos?) y más tarde por sus confidencias, cuando pude hilvanar una imagen más próxima a su verdad.

En cierto modo me interesaba observar la forma en que fustigaba a los demás, —creo que basado en algo innoble que él desconocía— por su dura experiencia y por lo que sabía de la vida, que era bastante poco y mal digerido. Me daba qué pensar, desde luego. Era un hombre que pertenecía claramente al estereotipo de un individuo español del sur del país, de más bajo estatus que la clase media, y con un nivel no mucho más alto intelectualmente que el de las clases menos favorecidas que él magnificaba y se creía. Presumía mucho de una profesión que le daba cierta superioridad entre los clientes que tenía en aquel pueblo.

Casado y separado de su mujer con dos hijos varones que vivían con ella en Málaga, (según me contó en principio), le gustaba presumir de macho, y no dejaba de mencionar sus predilecciones una que otra vez sobre mujeres, confesando que su fuerte era follarse —así decía, sin más— a las que tenían las piernas gordas.

— ¡Me empino en seguida cuando veo un par de piernas con dos muslos como jamones serranos! ¡Vaya glúteos tienen para clavarles la aguja, coño!

Lo que más me chocaba a mí, era que, cuando él veía a un matrimonio que presumía de ser feliz, siempre encontraba una salida para demostrar que toda aquella apariencia era pura pantomima. Precisamente aquel mediodía a la hora del almuerzo, me dijo:

— ¿Te has fijado en la camarera y su maridito carantoño?.

Se refería a la empleada que nos servía la mesa en el hostal. Era una de esas mujeres consideradas feúchas, y ésta, la pobre, tenía un feo acabado del todo, ¡y con retoque! que tendría sobre unos treinta años de edad, y ante cuya presencia uno se enfrentaba con una barbilla descomunal en la base de una cara larga, cómica, de frente estrecha, ojos de pájaro y boca de serpiente. Coronaba su cabeza un cabello negro corto peinado en flequillo. Y para rematarlo, era larga de estatura, desgarbada y andaba de lado. Un parecido algo así como un personaje femenino de Modigliani. A mi me encantaba su demoledora fealdad poética.

— ¿Me habla de Rosita?...

— ¡Sí, hombre, la tortillera esa! —él exclamó con una amplísima sonrisa, no sé si decir burlona o de un despecho fanfarrón.— ¡Fíjate en la cara de boba que pone cuando le sirve a su marido, y él la coge de la mano cada vez que ella se le arrima a la mesa! ¡Menuda guasa tiene el maricón ese, que se salió de fraile para casarse con ese esperpento!

El marido de Rosita estaba sentado en el renglón de las primeras mesas, almorzando también. Era un hombre de la edad de Rosita, ojos azules, rubio y sonriente, gordito, campechano, mucho más «apuesto» que ella, desde luego, quien trabajaba en una fábrica.

A mí tales críticas me parecían muy duras y caricaturescas, máxime conociendo a las víctimas que yo me miraba con otros ojos.

La verdad era que el señor Leandro, con toda su mundología y lengua viperina para fulminar a quien fuera con sus críticas teñidas de hollín, no hacía más que proyectar su propio fracaso matrimonial que exasperaba su orgullo cuando aparecía ante él una pareja aparentemente, «en buen estado».    

— ¡De los maricones nadie puede fiarse, hombre!... Mira chico, es bien sabido en este pueblo que ella es una marimacho declarada metida en líos con otras mujeres, y él, un maricón retraído que se metió a fraile y ahora ha colgado los hábitos para casarse con ella y así tapar el expediente de ambos. ¿Puedes creer que están tan enamorados como aparentan, y son así de felices?...

— Bueno, —yo sólo dije,— tienen un hijo y viven en buena armonía como familia, ¿no?; —era lo que yo sabía, lo que Rosita me había contado con tanto sentimiento maternal.— ¿Y por qué piensa que no pueden ser felices aunque sean... eso?

— ¡Pues porque no son un matrimonio normal, joder!

¡Ya estaba aquí la famosa y terca palabrita «normal»!

Y continuó con una mayor altanería, aún más ciega:

— ¡Ese tipo de gente no tiene lugar en nuestra sociedad, chico!

Y además lo dijo de una forma que daba a su afirmación un viso que parecía más bien dirigido a mí que a la pareja que comentábamos.

No me sorprendió mucho su opinión, claro; pero sentí de repente que le odiaba con todas mis fuerzas, no por lo que pudiera pensar de mi, sino por estúpido homofóbico, pueril, ignorante, vulgar, chabacano y atrasado mental. ¡Y por su intencionada indirecta de herir mi amor propio! Incluso llegué a dudar de que fuera regularmente inteligente. ¡Aunque no podía ser tan burro, ostras!

 

Y no lo era. En realidad, el señor Leandro me estaba provocando para hacerme hablar; algo que yo no estaba dispuesto a hacer y a darle el gusto, al menos por entonces. Ya llegaría mi turno y soltaría todo mi rollo. Por de pronto seguí haciéndome el «longuis» de manera genial, y no hice ningún comentario.

Afortunadamente, Rosita, con su sonrisa amable apareció en nuestra mesa en aquel momento difícil para servirnos café, lo cual truncó nuestro diálogo. ¡Tremenda mirada me lanzó el señor Leandro! Medio excitado y hasta malhumorado, dijo que no quería café aquel día, argumentando que se iba, que se le había hecho tarde. Y se levantó de la mesa, como quien dice, como si hubiera visto llegar a un guardia civil y éste pudiera arrestarle.

A mi me encantó el que se callara y tocara el dos. ¡Qué borrego! Después de que se fuera, me sentí aliviado de mi rabia y me gustó quedarme todavía un buen rato con la graciosa fea, amable y simpática Rosita, para conversar sobre los niños, la escuela, y el comportamiento de su hijo de dos años... Se hacía tarde para volver a mi trabajo.

(Me preguntaba: El aislamiento íntimo, ¿es una eterna exclusiva del individuo?... Un tal sentir debe hallar explicación en una discordia con lo de afuera. La discrepancia puede tener connotaciones exasperantes en contra nuestra por lo que nos aproxima a ella y no nos gusta. Por ese supuesto, me argumentaba a mí mismo que, ciertamente, algunos hombres tienen dos vidas (la famosa teoría): una, la que se ven forzados a mostrar —la falsa— y la otra, la que interiormente sin prerrogativas y lo quieran o no, viven. (Extraña actitud la del señor Leandro. )

En mi caso, simplemente hablar con el señor Leandro, tontear con el gitano, dirigirme a algún que otro pensionista por algo meramente convencional y trabajar de maestro, en el fondo era mi parte forzada, falsa. Una situación que no deseaba ni podía querer y en la que constantemente «representaba». En cambio, aquel fluir que se agita tras mi frente serena, cargada de absurdos, ¡cuán diferente de su corroboración externa en imágenes, impulsos, deseos y fantasías! Por lo que me preguntaba: ¿por qué esta disconformidad entre el «yo» y lo externo?... ¿Es un eterno debate del que nadie escapa?...

Sirviéndome de una metafísica habría podido contestarme. Las aplicaciones abstractas eran lo mío. Pero entonces me forzaba a temerlas por su posible engaño y quería acostumbrarme a ver el mundo sin trascendencia, llanamente, sorteando el misterio con la seguridad magnífica de los materialistas. Prefería dejarlo insoluble y sólo quería ver en ello el disloque que provocan las «doble vida».)

Lo que ocurrió pocos días después fue más de mi agrado que esas charlas para debate con el practicante: ¡Volví a ver al basurero, el atractivo y misterioso hombre del canal! Era fácil encontrarle, puesto que todas las mañanas él «hacía» la misma calle cuando yo iba a mi trabajo y al cruzarle, nos saludábamos. No podía evitar hacer planes confusos para poder hablarle y recuerdo que incluso algunas tardes recorrí todo el pueblo buscándole con ansia.

Cuando tenía la suerte de poder encontrarle, me esforzaba un poco en ser coqueto, intentando demostrarme a él discretamente con el añadido a mi saludo de una mirada profunda y misteriosa Pero siempre conseguía el mismo resultado: ocupado con su mula, él me devolvía a duras penas un «adiós» sin matices, y al parecer totalmente despistado sin captar mi señal.

Una tarde supe por azar y por indicación de uno de mis niños de la escuela que, en la Adebesa, un paraje solitario cerca del río y al otro lado del puente, iban los basureros a vaciar sus carros de escombros antes de ponerse el sol. Se me encendió la bombilla: ¿por qué no ir yo mismo en su busca a ese lugar y urdir una relación?... Esa intriga directa de una loca aventura me excitaba y me avivaba el ánimo. Era comprometido, pero ¿y qué importancia tenía si a fin de cuentas mi reputación había llegado a ese «turning point» —como decía Marvin— en el que mi fama ya era incontrovertible?. La suposición podía convertirse en hecho al tentar mi suerte y tener éxito con él. ¡Y qué más me daban las murmuraciones! No le di más vueltas y me lancé en picado.

Una tarde, al terminar mi trabajo tomé un libro y muy decidido me fui a la Adebesa.

El lugar es bonito. En efecto, está cercano al río y es una grande alameda que le linda lleno de senderos y plácidos rincones. La gran cascada esparce sus murmullos por todo. En el centro, un vallado circundaba una vieja casona, mejor una cabaña que servía de cobijo por unas horas a un hombre que seleccionaba los desperdicios. El paso a la cabaña estaba cerrado por un alambre entre la cabaña y el terraplén, en donde ese hombre criaba unos cerdos que se alimentaban de la basura que traían los carros.

Esa tarde, apenas llegué, me impresionó el lugar. Por ser invierno, los árboles estaban desnudos y había mucha hojarasca sobre la tierra que crujía al pisarla. Una hoguera de esas hojas secas crepitaba delante de la puerta de la cabaña esparciendo con su humareda un denso olor invernal. El cielo estaba amarillento y el frío, aunque suavemente, comenzaba a infiltrarse en todo.

Pacientemente me senté sobre una roca cercana al camino de cara al pálido sol y me levanté el cuello de mi gabardina gris. Sin quitarme los guantes negros, comencé a leer.

Concentrado, pero vagamente aturdido, me olvidaba del paso del tiempo y de los motivos que me impulsaron a allá, hasta que inesperadamente me asaltaron de nuevo las dudas y la punzada de un dolor muy bien contenido: ¿Pero tenía plena conciencia de lo que estaba realizando?... ¿A lo que me arriesgaba?... ¿Estaba alerta del abismo al que me aproximaba?. Habituado a mi recóndita circunstancia, quería creer al menor despegue de mi razón alerta que esta «circunstancia» tenía sentido común, que no era tan grave como pensaban los demás. Qué de ponerse en mi piel, era algo que los otros podían asimilar sin tanto esfuerzo. No hilvanaba los resultados de mi posición imprudente en la que parecía desentender que de un momento a otro él iba a llegar y al verme allí, el impacto de mi ridícula presencia tuviera un resultado fatal. Él no podría creer ni imaginar esa presencia como la resultante de «un gran amor a la naturaleza» ¡A leer se va a la biblioteca, no al campo en pleno invierno! ¿Cuál sería su reacción?... ¿Estaría en mi contra?... La terquedad de uno de mis pensamientos fuertes me ayudó: «El que pueda darse por enterado es lo que pretendes. Tus miedos y temores lo que debes vencer». Y sin volverme atrás, resoluto y terco ahora, me dispuse a «lanzarme al abismo». Permanecí en mi roca.

No tardé mucho en oír un pisar de cascos que ostensiblemente se precisaban en la lejanía, localizando muy pronto el andar monótono del animal que arrastraba el carro de lata. Sentado delante y con las riendas en la mano, mi hombre fumaba su pipa tranquilamente conduciendo el animal. . Tardó en darse cuenta de mi presencia, y al hacerlo creo que se sofocó. Esquivando su mirada de la mía y a poca distancia de mi, chilló:

— Arri, arri!...

Yo me levanté para dejarle paso y nos saludamos. Supuse enseguida por su incomodidad y visible molestia que lo había comprendido todo. También yo me sentía mal ajustado en mi cuerpo. Inmediatamente volví a sentarme y a intentar seguir leyendo. ¡Cómo me latía el corazón! Le sentía en las sienes, en los pulsos. Al mirarle de soslayo temiendo que lo notara, vi cómo descendía del carro y se detenía ante el alambre de la entrada a la cabaña. Le pegó un grito al guardia, y tras éste salir y darle paso, el carro se metió en el terraplén.

Sin dejar de observarle, vi que una vez adentro del terreno, los dos hombres, provistos de palas emprendían su tarea de descarga. Hacían el trabajo despacio, en silencio. Sólo el crepitar de la hoguera, el murmullo de la cascada y el escarbar de las palas podía escucharse. A veces, se mezclaban a esos ruidos un profundo suspiro o bufido del animal y el gruñir de aquellos cerdos negruzcos que escudriñaban en el alimento recién llegado. Ni una sola palabra cambiaron los dos hombres.

También me fijé que a hurtadillas, él miraba hacia la dirección donde yo me hallaba con mucho disimulo. Debía pensar: «¡Pero qué es lo que quiere el tío ese!». Era lo más lógico que pudiera pensar. Para que supiera cuanto antes lo que yo quería, tenía que suscitarle la intención de hablarme, incitarle a acercarse a mi. Me parecía difícil. Era como si me encontrara encerrado en una jaula de cristal expuesto a sus miradas, incapaz de romper el vidrio y salir volando hacía él. Sí, ¡menudo pájaro estaba yo hecho!, pensé.

Habría sido fácil romper el hielo —como decían los políticos— sólo acercándome a ellos e iniciar una conversación utilizando el tema de la trayectoria de los escombros, cuál era su última fase, etc. Pero ese evidenciarme tan abiertamente me molestaba por la eventualidad de ser «el maestro»; pondría en entrecejo muy claro mi poca seriedad. Empezaba a repugnarme la situación.

Al recordar la escuela, se me ocurrió algo propicio: ¿no había demasiado desperdicio amontonado en el anexo de la clase?. Sería una buena idea dirigirme a él para rogarle que pasara a recoger esos desperdicios. ¡Ya lo tenía resuelto!: ¡cuando regresara, le preguntaría sobre ello! Pensaba que si le resultaba antipático, podría darme un chasco; y en caso contrario, tal vez surgiera una simpática corriente. (Para un novato como yo, era un buen ardid, esa primera tirada de anzuelo).

Al poco rato me di cuenta por el chirriar de las palas en el fondo del carro de lata, —lo que me ponía histérico,— que aquellos hombres ya estaban terminando su trabajo. Así mismo, moría el día y la hoguera se extinguía también. La alameda se cubría de sombras replegada entre brumas que se materializaban Por un instante me sentí un personaje imaginario en aquel decorado de portada: «... el bosquecillo, la cabaña del leñador, los hombres malos del bosque... y la inocente doncella». Hasta me ruboricé. Tanta belleza me devolvía gratuitamente esas historias contadas en la infancia, a pesar de que la mía no tuviera nada de inocente, bonita, ni de cuento de hadas.

Por fin vi cómo los hombres guardaban las palas, daban la vuelta a la mula y mi héroe agarrado al bozal de la bestia la llevaba hacia el camino.

Con máxima precisión y una calma aparente, me levanté, guardé el libro en mi inseparable cartera de cartón, me pasé una mano por el revuelto cabello y me quité del bajo pantalón una brizna de hierba adherida. En esas, él ya estaba allí, ante mis narices. Levantando la voz en el justo momento, dije:

— Con este frío, las delicias del campo son una imprudencia ¡Quién lo soporta sin ir bien abrigado!

— Ya tiene razón ya —él manifestó;— si uno no se equipa...

— Mire, ve yo, —hizo un gesto señalando su chaqueta de «cheviot»—con esto y el pantalón de pana... ¡Ah! ¡Y qué conste que llevo calzoncillos largos y «samarreta» de felpa...

Parecía hablar sin extrañeza, más bien como si se hubiera preparado a ese ataque. Sabía hablar en castellano y me di cuenta enseguida que me había engañado juzgándole hostil: era muy sociable y en absoluto desdeñoso.

— Sí, desde luego —añadí;— para que el frío le penetre a usted...

— Y mire que este año «peta» eh?. ¡Nos ha llegado un frío que no lo habíamos «visto» desde hace años!

Mordiéndome el labio inferior y completamente despistado y nervioso, afirmé con la cabeza repetidas veces. Me atreví a añadir:

— Quien lo pasará mal es ese hombre de la cabaña, ¿verdad?.

— ¡Quién! ¿Este?... —dijo señalando con el pulgar hacia aquella dirección.— ¡Qué bah, hombre, qué bah! No ve que aquí tiene toda la leña que quiere y puede hacer fuego. Ese lo pasa mejor que nosotros, los de los carros. Se está todo el día ahí al lado del fuego mientras nosotros andamos de la mañana a la noche por esas calles, y «¡chiquets!», si no fuera porque como le he dicho que vamos un poco arreglados, nos pelaríamos. ¡Que si nos pelaríamos! ¿Pero éste?... —repitió señalando hacia la misma dirección con igual gesto y compungiendo el rostro.

Francamente, aun entendiendo sus pequeñas rencillas con el otro, me hacía mucha gracia su espontaneidad. Seguía gustándome.

— Comprendo que ha de ser pesado estar rondando todo el tiempo por ahí, —yo proseguí;— sobre todo en invierno...

Él me interrumpió airoso:

— ¡Uy, en invierno nada! No lo crea. Aunque haya que aguantar el frío, es preferible al verano. No ve que en verano esa porquería huele más, y hay moscas, y el calor...

— Sí, sí —le ayudé.

— Y luego, cómo hay tantas fiestas, nosotros tenemos mucho más trabajo. Que si la feria, que si la fiesta mayor, el Corpus... Después hay que limpiarlo todo, ¿sabe?.

Estábamos a media cuesta hasta alcanzar el plano del puente y andábamos uno al lado del otro detrás del carro. Mientras subíamos, él estuvo cargando su pipa y nos paramos porque tenía que darse lumbre. Lo consiguió haciendo «casilla» con su manaza. Tenía unas manos gruesas, curtidas y lentas; parecían esculpidas en una basta madera.

— ¿Quiere de este tabaco? —me preguntó conteniendo la risa.

Respondí que no, tímidamente, y nos quedamos callados unos instantes. Después, él volvió a preguntarme:

— Y qué, ¿le gusta esto?.

Naturalmente se refería al pueblo.

— Pues sí —dije.— Es bonito y no me encuentro mal del todo.

¿Qué podía decirle?.

— Hombre, si no está mal del todo, es que tampoco está del todo bien, eh?.

La observación fue ingeniosa y enrojecí un poco.

— Bueno, si... es que... en fin, el campo es muy diferente a la ciudad. Habituado allá... esto es muy diferente.

Me expresaba tan vagamente que le parecería una criatura apocada. Pero él me miraba interesado y con cierto aire de superioridad, lo cual me demostraba que estaba seguro de que dominaba la situación. Sin proponérmelo y a pesar de mi primera audacia, ¿encarnaba aquella ingenuidad y timidez femenina que suele ser el «gancho» que agarra a los hombres?.

Seguro que él sabía lo de mi aureola y le sorprendía mi persecución, pero en el fondo no le disgustaba y hasta quizás le divertía el que yo me hubiera fijado en él. Después de todo, ¡no creo que yo fuera tan peligroso y careciera totalmente de atractivo! ¡No debía tirar piedras a mi propio tejado!

— Ah, ya —él prosiguió;— siendo de ciudad... ¿Es de Barcelona?...

— Sí —contesté sin especificarle nada. No me apetecía contarle más.

— Pero no es hijo de padres catalanes.

— No, —sonreí, evitando su dedo puesto en la llaga.

Preferí soslayar sus principios catalanistas. Unos principios que no me eran del todo extraños por cuanto a la posibilidad de que yo también sea hijo de un catalán. Y francamente, la probabilidad de ser catalán, me enorgullecía.

— Barcelona. Ya es bueno aquello ya. Yo sólo he estado un par de veces, pero vaya, es una ciudad, una gran ciudad. Ahora que...

Me habló del tráfico, del ruido, de la «vida atrafagada» que lleva la gente. En definitiva: «Por nada del mundo se habría marchado del pueblo a vivir allá». La ciudad le sacaba de quicio. Hablaba tanto que sólo subiendo esa cuesta —la del Calvario, me pareció a mí— supe casi todos los detalles más importantes de su vida: que hizo su servicio militar en Jaca— de ahí que hablara castellano más o menos;—que estaba casado y era padre de dos niñas; que trabajó de mozo en una «casa de payés»; que le gustaba el baile, el fútbol, el tabaco fuerte, el vino negro, la longaniza y el tocino graso. Y adoraba las meriendas, las «begudas», como dijo en catalán. ¡Qué macho! ¡Demasiado!, pensé.

Por un momento, mientras hablaba gesticulando de aquella manera tan atractiva, me pareció verme en el espejo de sus ojos y me sentí indecene, avergonzado y enormemente grotesco. ¡Pero siempre con las mismas ganas de estar con él! ¡De verle bajándose los pantalones y quitarse aquellos calzoncillos afelpados que mantendrían calientes sus piernas y muslos masculinos! ¡Enseñarme sus vergüenzas, y el que se ofreciera y entregara a toda clase de caricias! ¡Era emocionante! Aunque en cierto modo, vivir la emoción me aterraba. La desconocía aún.

Cuando alcanzamos la altura del puente, fue como llegar a un final de trayecto: el billete de nuestro viaje juntos andando por la cuesta se había terminado.

Al despedirnos le rogué que pasara por la escuela a retirar los escombros.

— Vendré mañana, —aclaró.— Pero esto va a costarle algo.

— ¿Ah si? —manifesté extrañado.

— Sí.

Y me explicó que los carros no pertenecían al Ayuntamiento, y el hombre que se los alquilaba a ellos cobraba aparte cualquier recado particular.

— Bueno, bueno, lo qué sea... —dije.— Pero venga mañana, por favor.

Nos miramos fijamente, y yo sostuve durante unos segundos su mirada irónica. ¿Conveníamos mutuamente un pacto secreto... ?

Él dijo, finalmente:

— Sí: mañana a las seis.

Con paso ágil y contento por el éxito de este encuentro, crucé el puente casi con alas en los pies; pero al mirar otra vez al río, vi como una nube apagaba un último reflejo en el agua, y en torbellino, la corriente se hacía tumultuosa. Me pareció ominoso.

FINALES DE ENERO

 

Estuve pensando en lo ocurrido todo el resto de la tarde, parte de la noche y todo el resto del día siguiente antes de volver a verle. La oportunidad de hacer sexo no era un regalo muy frecuente para mi en aquellos tiempos de iniciación y desconociendo todavía el terreno.

Pero sobre lo importante de la pregunta de cuales serían los efectos de este próximo encuentro, estaba más obsesionado por la curiosidad y extrañeza, que por el mismo deseo, casi. En realidad, no tenía ni idea de qué era lo que yo pretendía en el amor, lo que me gustaba hacer, ni cuál era mi papel asignado en el rol de los contactos eróticos. ¿Cómo podía saberlo si mi experiencia era casi nula?.

Sabía, eso sí, que el instinto te guía y sólo hay que dejarse llevar por él. Lo demás se adquiere con tiempo. Pero se me embrollaban las ideas cuando quería descifrar, a causa de la mala enseñanza de la sociedad, siempre equivocada, de que los hombres están clasificados en características físicas y psicológicas que les definen y les dividen sexualmente en hombres y mujeres y los invertidos de ambos sexos que son la caricatura de los «normales».

Considerando el cálculo con «mi» basurero, ¿quién dudaría de su masculinidad, de aquel montón de músculos y domados apetitos sometidos por una constante gimnasia emitida por un espíritu de hombre?. Los calificados de invertidos, como yo, por ejemplo, por nuestra sensibilidad, nuestros gustos, nuestra apariencia, caemos pronto en sospechosos y nos convertimos en seguida en el hazmerreír, los bufones, los desgraciados de la sociedad. ¡Cuándo no hemos sido considerados, en otros tiempos, la escoria que había que quemar! En cambio, cuando se supone que el sexo participa exclusivamente de su idiosincrasia por una apariencia bien definida, si chocamos con un apetito sexual desconocido e ignorantes de que pudiera existir en aquel, la duda de distinción de sexos nace al acto. Porque, ¿cómo imaginar que un humano es sólo susceptible de amor con «un contrario»?... Tampoco esa atracción me parecía fácil de explicar.

Hasta entonces, yo me había dividido a las personas en cuatro grupos a saber: los hombres-hombres, y los hombres-mujeres; las mujeres-mujeres, y las mujeres-hombres. Creía en la teoría científica de que la composición genética de cada uno clasificaba con bastante precisión a los homosexuales y heterosexuales. Todos lo sabemos. Pero lo que se sabía menos, era que también pudieran existir los bisexuales (a mí me faltaba esta información). Por el momento, creía que no había ni hombres ni mujeres totalmente definidos en el sexo, sino sólo «entes», seres participantes de los atributos de cada sexo, susceptibles de toda mezcla. Del mejor encajado al peor, existe un orden: lo que constituye el cromatismo erótico del género humano. ¡Me costó llegar ahí! Y todavía me confundía sin llegar a entenderlo del todo. 

Una vez aceptado más o menos, este punto, volvía pues a mi hombre situándole a un número menor en este orden pasional, pero incluido. Un hombre con todos los rasgos viriles, casado, padre de familia, popular en su medio, bien condimentado en los principios ordinarios del pueblo en consideraciones de amor... (¿Fallaba nuestra cultura, o la gente estaba realmente tarada?). Y sin embargo, dispuesto a agarrarse a esa tabla de placer que adivinaba en mi. Por sí sólo, esto, ¿no justificaba plenamente la teoría del grado y calidad erótica de cada uno?. Quizás desde su falso podium de heterosexual, mi basurero no viera en mi al hombre, sino al «ser femenino», a «algo» informe que no habría sabido definir y mucho menos abordar el porque le atraía, pero que le hacía intuir como complemento sexual diferente al de los demás de su mismo sexo.

De un tirón comprendí entonces el porque los maricas clásicos que pululaban por Barcelona en aquellos tiempos, se afeminaban como si fueran mujeres para atraer lo que ellos decían «un macho», y se esforzaban en ser perfectas calcomanías de mujeres de la vida, o de famosas actrices porque esa era la mejor forma para atraer al hombre, cuanto más hombre, mejor. Así pensaban los homosexuales más puros que yo conocí en pequeña escala en mis años de estudiante, cuando furtivamente, en las Ramblas de Barcelona, o en la Plaza de Cataluña hacía una escapada para charlar con alguno de ellos, que me llamaba «hermana», y cambiábamos impresiones sobre nuestra «común atracción».

Los maricas me fascinaban, pero también me asustaba su ostentosa libertad en un tiempo que a mí me era imposible romper las cadenas de la inhibición, durante aquellos años de estudiante.

— ¡Estás embotellada, querida!, —me decían los maricas conocidos.— ¡Libérate o te volverás loca!

¡Cuánta razón tenían! De seguir en el mismo camino, el manicomio o el suicidio habría sido mi deslumbrante porvenir. Un porvenir al que me abocaba completamente maniatado de pies a cabeza.

Pero durante ese lapsus en que fui «maestro de pueblo», lo estaba haciendo muy bien, creo. El cerco que había sido mi vida hasta ese tiempo, se estaba abriendo paso entonces. Sólo tendría que seguir cortando los pinchos que todavía me saldrían al paso, pero empezaba ya a ver el camino despejado. Un camino difícil, sin duda.

Este primer paso importante, era el basurero que al terminar la clase vendría a la escuela para «llevarse los escombros», y los acontecimientos que le seguirían, lo cual seguía manteniéndome intrigado.

Por fin, en ese «rasgarse las vestiduras», tendría la oportunidad de aprender a experimentar el acto, que no sería tan fácil la primera vez, estaba seguro. Pero quería pensar que no saldría haciendo un mal papel. Y aunque me esforzaba en ser audaz, me sentía circunspecto: no era una buena señal.

 

Mi hombre llegó hacia las seis, tal y cómo había dicho.

No quedaba ningún niño en la escuela y yo le estaba esperando sentado al lado de la estufa corrigiendo unos dictados. En la clase había esa discreta luz que antecede a la noche, tan cómplice a los malos pensamientos, que a toda prisa se escabullía al otro lado de la ventana.

Le rogué que se sentara un rato antes de ponerse a trabajar. Conversamos. Al principio me pareció verle más serio que en la tarde anterior, más concentrado. Yo me esforzaba en sonreírle con frecuencia mientras le estudiaba, haciendo fuerzas de flaqueza para parecerle amable, atento, muy pendiente de lo que me decía, y hasta abusando un poco de ciertas maneras al estilo de los maricas sofisticados que yo conocía. Me parecía difícil poder «pensar en mujer», y el esfuerzo de desdoblarme para llegar a adquirir esa «otra» personalidad que yo nunca había practicado, y que me parecía como si representara una comedia, me parecía inconfortable. Por lo visto creía que actuar «au naturel», ¡qué ya era bastante afeminado, no era suficiente! Pero yo sabía lo importante que era para él todo ese teatro, para que se relajara y me perdiera el respeto. De lo contrario no sería fácil derrumbar el muro entre nosotros.

Creo que poco a poco lo estaba consiguiendo viéndole más seguro de sí mismo, más atrevido al mirarme a los ojos y sonreír con cierta malicia. Desvergonzadamente, puse en práctica lo que yo había leído sobre el arte de la seducción, y comencé a pasarle la vista, despacio, intencionadamente, por todas las partes del cuerpo, esperando la señal definitiva: una erección.

Miraba su boca húmeda, sus ojos siempre hermosos cargados de abismo. Por encima de su grosería natural, había en él una dulce amargura que invitaba a quererlo, a mimarle. Estaba seguro de que su mujer sentía lo mismo que yo. Sin proponérmelo me dejaba arrastrar por una tierna sentimentalidad inadecuada. Recuerdo que deseaba tiernamente besarle, descansar en sus brazos dulcemente y sentirme unido a él en un gran silencio...

Pero como un disparo, en aquel momento me atravesó la cabeza la fulminante expresión de «hacer guarrerias». Fue el detonante maldito que eliminó la sublimidad de aquella dulce atracción al parecer compartida. ¿Por qué hacer el amor, o el sexo, —en el concepto que tenemos— ha de calificarse de asqueroso?. Pensé que aquí la ética o la sucia malicia de algunos se equivocaba, y no se ha profundizado aún lo bastante en el contexto del ilimitado humanismo de su contenido. Amar, aunque sea momentáneamente, acariciar, adorar el cuerpo de otro semejante, y poseerlo, jamás debería considerarse una guarrería. Pensando así, es como si envileciéramos el Templo de Dios. Y amar, es más bien una adoración de este Templo, morada de Dios. Maltratar ese cuerpo sería lo inmoral; pero adorarle, ¡jamás!

Fuera lo que fuera, pensé, no iba a ser sencillo escurrirse ahora del cordel de esa sigilosa sensualidad que a los dos nos anudaba con descaro. Pues, ¡ya estábamos hablando de partos!

Significativo. Mientras él me contaba que gozaba con su mujer cuando la tenía embarazada, se levantó de pronto, y dando un giro al asunto, estratégicamente, mirando por todo alrededor de la clase me contó que aquello antes había sido una Cooperativa a donde él compraba. Me habló también de la parte interior, de que recordaba bien como estaba distribuido el local.

— ¿Se puede ver esa otra parte?, —me pidió.

Le dije que sí y le acompañé. No había luz en su interior, sólo la muy débil exterior que entraba por un patio, casi en la oscuridad.

Una vez en ese cuarto, él era todo señalarme aquí y allá diciendo lo que antes había. Me hablaba en voz baja, siseante, muy próximo a mí. Sus ojos brillaban de mala manera y estábamos tan juntos que yo percibía muy fuerte su olor a tabaco. No sé lo que fue, pero un ruido extraño del patio contiguo hizo que me acercara a la ventana para mirar a través del sucio cristal.

Estaba mirando al exterior cuando, sin sorpresa, pero acobardado, sentí su aliento en mi nuca. En efecto: le tenía detrás mismo, casi pegado a mí, tenso, vivo como una planta aromática. Permanecí unos segundos así, quieto, aguantando casi la respiración y notando la suya jadeante, brutal... Un poquito después, muy despacio, tranquilo, con tacto, me dejé caer hacia atrás...

Me quedé atónito. Él me estaba oprimiendo con sus brazos velludos, poderosos. Me estrechaba tanto que le sentía erecto, rabiosamente erecto, al propio tiempo que su boca recorría mi cuello mordiéndome suavemente. Su aliento cálido, de hombre, me encendía el alma y el cuerpo y cerré los ojos dispuesto a ceder. Me abandonaba, me abandonaba a él...

¡Pero oh, estupidez humana! ¡La mía! ¿Por qué a veces ciertos impulsos o reacciones no tienen freno?...

De pronto una extraña interposición me quitó, me robó el éxtasis. Fue la percepción de un olor repugnante, nauseabundo, insoportable que yo despreciaba desde siempre. Era un despreciable olor a... olor a... ¡Oh, sí!... ¡a estiércol! ¡Olía a estiércol, a basura! (¿y a qué quería que oliera pues, si era basurero?, pensé luego). ¡A ba-su-ra! ¡Toda una reacción teatral, inverosímil! Pero ya me dominaba, me poseía, me vencía ese imprevisible encuentro con el asco. Como pude me escabullí de él y le exigí que volviéramos inmediatamente a la clase.

— No seas tímido... ven, agárramela —le oí murmurar.

Pero yo ya me había escurrido de sus brazos y me metí en la clase. No alcanzaba a dominarme, no sabía qué hacer; sólo pensaba que tenía que comportarme con gran seriedad y terminar cuanto antes aquella molesta situación sin llegar a innecesarias explicaciones.

Muy serio me puse en la puerta y dije autoritario:

— Aquí está la basura. Ya puede sacarla.

¡Qué antipático debí parecerle!

Luego me dirigí a mi escritorio y esperé sentado en mi lugar a que terminase su labor.

¡Justo cuando estaba en el umbral de la gloria, me echaba atrás! ¡Qué inmoralidad! ¿Pero qué otra cosa podía haber hecho?. ¡En todo él se había abierto una flor podrida de pestilencias que apestaban y ya no podría desearle jamás!

Y a todo esto, ¿cuál sería su reacción?, pensaba. Su honradez me aseguraba que no haría nada contra mí. Pero si lo hubiera hecho, ¡me lo tenía bien merecido, por necio!

Cuando le vi salir con su capazo lleno de escombros, cabizbajo y molesto, me sentí más avergonzado que nunca y el ser más ambiguo de la creación. ¡Pobre! Se sentía humillado. ¿Cómo pude hacer un daño semejante, a una persona tan sencilla y amable cómo él había demostrado ser conmigo?. Eso sí era cometer un verdadero pecado, aunque fuera a la inversa de una consentida ortodoxia. Me vi a mí mismo como a esas mujeres que tienen fama de «calienta braguetas», y luego, nada. De ahora en adelante tendría que sufrir su desprecio, y no injustificado, pues, ¿cómo comprenderme a mí, pérfido efebo de reacción extraña?...

Toda aquella atmósfera sensual y maravillosa de poco tiempo antes, se había transmutado en una pesadez tórrida, tirante como una horca. Los dos la sentíamos.

Cuando le pedí lo que valía la limpieza, la tensión cesó.

— Son veinticinco pesetas —dijo.

A mí me pareció carísimo, pero no dije nada.

— Es caro —dijo él por mí— pero hay que hacerlo así para que nadie se acostumbre.

Y sobre este tema me habló un buen rato sin intención de alusiones molestas —ya volvía a colgarle la careta— por lo que me di cuenta de que también yo le hablaba, pero ahora de muy distinta manera a la de antes. Lo hacía de hombre a hombre, sin titubeos, sin timideces. Por lo visto había dejado de sentirme mujer y ya no buscaba en él al hombre. El asco me había recobrado... o extraviado.

MES DE FEBRERO

 

Aquel «incidente» me dejó aplanado. En consecuencia pensé que durante algún tiempo tendría que dejar aparte mis exploraciones sexuales y concentrar todas mis energías en algo menos irritante que me aportara paz. Sería el violín.

¡Qué sedante, la música! Me pasé una semana entera borracho de placer alardeando en tecnicismos y malabares con el arco. Esa agitación de muñeca y rapidez en los dedos, parecía vaciarme, aligerarme de un pesado fardo. Después, rendido de tanto nervio, con un «adagio» de los clásicos solía terminar sosegado, tranquilo...

Me tumbaba en mi cama y escuchaba a Heifetz; un Heifetz chillón por culpa de la aguja gastada y la imperfección de mi viejo tocadiscos de manivela, «His Master’s Voice», pero siempre mi ídolo. Conciertos de Mozart —los que yo tocaba— Tshaikovsky, Wieniawski, Mendelssohn, Beethoven, etc. Todos los días ponía una de las caras de aquellos discos rayados. A veces una frase, un portamento, lo escuchaba cinco, diez veces seguidas. Era torturante oír alguno de aquellos pasajes tan difíciles interpretados con aquella facilidad y perfección. Eso me despertaba una ambición y deseos de igualarle que eran casi todo un reto que me obligaba a mantenerme activo en practicar.

En mis disquisiciones sobre la música, me parecía acertado lo que se decía de ella de que tiene conexiones tanto con el subconsciente colectivo como el individual, y siempre me ha parecido tan misteriosa e indescifrable como cualquier fenómeno onírico. Porque, aparte de su belleza sonora, ¿cómo podría definirse lo que la música nos dice?. Precisamente por ser tan poco «concreta», tan alusiva e indefinible, consigue siempre conmovernos. Tampoco es del todo abstracta. Sin duda su lenguaje es secreto, íntimo, y hasta diría que mágico. ¿Quién no ha sentido que la música le hablaba directamente al corazón al coincidir su postura interior con una obra musical que alguien interpretaba y le llegaba a zonas a las que en estado ordinario no habría reparado?...

Creo que esto fue lo primero que observé al interesarme por la música cuando tenía diez años. Yo captaba esos mensajes de forma secreta y tal vez inconscientemente. Pero me afectaban.

También reparé que otras veces, no era a mí mismo a quien iba dirigida la música, sino que tenía sabor de multitudes, de acciones heroicas, de guerras u horribles calamidades sufridas por todos. El carácter dramático o alegre de la música me parecía la máxima expresión del espíritu de toda la humanidad.   Recuerdo que en el Conservatorio los estudiosos de la música hacían definiciones corrientes de ella, diciendo que era «el alma del universo que nos habla en todos los lenguajes» —lo cual me parecía muy cuerda, su definición—. Pero a mí se me ocurrían otras más estrafalarias, diciendo, por ejemplo, que yo al escuchar ciertas composiciones de los grandes maestros tenía la sensación, el cuadro psinóptico mental, de penetrar oscuramente en una nebulos, en meterme en la «combustión espontánea de un mensaje esotérico». ¡Les encolerizaba! Y mucho más aún cuando les decía que algunas obras que pasaban por clásicas a mí me parecían soberbios tostones. Me tachaban de cursi sin dejar de aceptar mi opinión tan poco académica.

También creía (y creo) en las funciones terapéuticas y neutralizantes de la música, ¡cuando no es superexcitante!

Recuerdo que Gregorio me decía, si me veía algo gris:

— Hoy tendrás tu «infusión de música» para que te pongas bien. La Orquesta Nacional tiene programado un concierto para esta noche en Radio Nacional de España. Creo que en el programa predomina Mozart. ¿Contento?...

¡Mozart! ¡Mi Dios!

Eso de tomarme una «infusión de música» me sonaba muy a curación vía medicina natural. ¡Y siempre me sentaba bien!

¡Fascinante, la música! ¿Cuál sería el resultado y las perniciosas consecuencias si tuviéramos que vivir sin ella?...

Ignoro cómo se iniciaría en mi esta pasión por la música, aunque Gregorio me decía que era una inclinación hereditaria. Decía que mis dos madres sospechosas, tanto la una como la otra, tenían grandes cualidades musicales.

Isolda, la judía-alemana, —precisamente éste tenía que ser su nombre— tocaba magníficamente el piano. Gregorio recordaba los sonidos del gran piano de cola del salón de la casa veraniega del marqués, infiltrándose en la cocina muchas noches cuando la encantadora Isolda interpretaba música de Chopin para los huéspedes allí congregados.

También decía que Agnés, la doncella francesa, era invitada a menudo a cantar canciones francesas de la época, siempre acompañada al piano por Isolda, de quién se hizo muy buena amiga. La voz de Agnés, y su estupendo estilo de «chansonière francaise», despertaron, desde que ella pisara aquella casa, la admiración «desmesurada» del marqués.

¿Tendría razón Gregorio con respecto a la suposición genética de mis inclinaciones musicales?... ¡Quién sabe!

Lo que sí sé es que los relatos de lo que fueron aquellos tiempos desgarradores de la Guerra Civil y la vida intelectual y política que se mantenía en aquella casa de la que tanto me hablaba Gregorio, debieron ilustrar o iluminar mi imaginación, en solitario aislamiento, para crearme un mundo fantasioso, en el que se mezclaron mis lecturas, mi sensibilidad atormentada por los misterios de mi origen y todo un equipamiento relacionado con la cultura y estudios dispersos en materias extravagantes fuera del uso común de los demás muchachos de mi edad. La música oída, me llevó de golpe a querer ser yo quien la interpretara. Así de simple. Y le dije a Gregorio, que yo quería ser músico.

— Quiero estudiar música y aprender a tocar el violín, —le dije un día a Gregorio, muy convencido. Tenía doce años.

Y no hubo más de que hablar. Gregorio me llevó al Conservatorio del Liceo y me matriculó para empezar mis estudios.

Efectivamente, los resultados fueron positivos. Gregorio me compró un violín y yo me lancé lleno de entusiasmo a la aventura de la música.

Debo confesar que fui un alumno excelente, con «muchas posibilidades», según los maestros, y que después de terminar los estudios con Sobresalientes en todos los cursos y asignaturas, entraba en la segunda etapa que era la de estudiar virtuosismo y salir al extranjero para ampliar mis conocimientos. Todo parecía indicar que estaba en la buena dirección en mi camino hacia la gloria.

Sin embargo, lo que parece fácil se trunca a veces en lo más difícil.

Cuando terminé mis estudios de magisterio, precisamente pocos meses después de obtener el título de Maestro, el cheque que recibíamos todos los meses de Argentina, extrañamente y sin ninguna explicación, quedó interrumpido.

Naturalmente, con la pequeña pensión de Gregorio no podíamos vivir, y mucho menos costear mis estudios de virtuosismo. Tuve que desistir y buscar mi primer trabajo de maestro. Lamentándolo mucho —como decimos siempre que perdemos— mi carrera quedó truncada y mis sueños de gloria se fueron a pique.

Pero no todo podía darse aún por perdido.

Durante uno de esos días eufóricos que mi pasión por la música había surgido nuevamente, un mediodía, el cartero me trajo una carta que era lo que yo más esperaba. No pude esconder mi contento y se lo conté al señor Leandro.

El señor Leandro, fumando y pierna sobre pierna tenía un aire de falsa indiferencia, fantástico.

Era un hombre curioso, el señor Leandro. Por su perruna y cansada expresión marcada en su feo rostro envejecido, torvo y torturado, parecía un feo animalito maltratado por el sino. Un sino que dejaba traslucir por sus ojos enjutos, cejudo, rugosa frente y facciones débiles e imprecisas, una señal de vulgaridad, impotencia de bestia acorralada y considerable desgaste de energías. Yo veía en él todo el estigma de una vida torpemente disipada, incontrolada.

A ratos, él mismo seguía desmadejando esa vida que yo iba insertando a la madeja anterior de sus confidencias.

— Cuando yo era teniente en el ejército...

Nos encontrábamos en el café de la plaza: mesas con cristal, decoración sobria, pero moderna; televisión, diversidad de clientes... Pueblerino, pero con un cierto «chic» de ciudad.

Mis amigos me habían finalmente convencido para llevarme con ellos al café y habitualmente yo ya lo frecuentaba en su compañía todos los días. Tenía que reconocer que había sido una buena idea, la de ir con ellos. La pequeña aventura de ver gente que me saludaba sin que yo la conociera y nuestras acaloradas charlas, se convertiría muy pronto en casi una necesidad que poco a poco, despacio, me lanzaría a vivir y a encontrarle un nuevo sabor a la vida. Esa especie de tertulia, tan popular y tan nuestra, terminó por encantarme. En realidad, hacía un poco de mono, cogido de la mano del gitano y del señor Leandro. Pero me gustaba.

— ¿Te ha escrito el americano? —me preguntó aquel día el señor Leandro, quizás porque había visto al cartero entregarme un sobre.

— No, ¡qué bah!, no es de Marvin la carta que he recibido —contesté con cierto desaire por el olvido en que me tenía Marvin. Y proseguí:— Es... bueno, una gran noticia para mí. Algo que casi ni me acordaba porque hace mucho tiempo que lo pedí, pero que ahora ha salido. ¡Ha salido, señor Leandro! ¡Quiero decir que me lo han aprobado! ¡Es la concesión de una beca para estudiar música en París!

— ¿En París?, —dijo él, boquiabierto.

— Sí. ¡Figúrese!

— ¡Chico, esto es fantástico! —aprobó con entusiasmo.— ¿Y vas a dejar tu trabajo?...

— No lo sé —dije con cierta inseguridad.— Tengo que pensarlo bien antes, pero quiero ir. Verá, hice una solicitud para esa beca, bueno, no es beca, es una «bolsa de viaje» con un importe de diez mil pesetas que otorga la Diputación a estudiantes destacados en centros de bellas artes, y también a músicos, para estudiar en el extranjero. Yo solicité esa «bolsa» hace más de un año y ya me había casi olvidado de que me la otorgaran. Pero ya ve... Ahora tendré que pensar en qué es lo qué hago...

Mi proyecto dorado era quedarme en París, si es que encontraba algún pequeño trabajo que me permitiera sobrevivir allá y dejar mi empleo actual de aquí. Pero siempre sin dar el despido antes de estar seguro en París. ¡Cuidado!

— ¡Anda que París!, —añadió el señor Leandro con cierta ironía.— ¡Ya te veo moviéndote libre por allí haciendo lo que te dé la gana!

— Lo que me dé la gana lo hago siempre, señor Leandro —dije un poco molesto por lo inhibido que pudiera parecerle a él.

De todas formas, le conté muchos de mis proyectos, sueños que tenía envasados desde hacía tiempo y que no pudieron efervecer por falta de oportunidad. Esperaba esparramarlos ahora. (Sobre todo «salirme de la botella», como me aconsejaban los maricas que conocía en Barcelona, pensé).

Le hablé particularmente de mi «tío» —inventando muchos detalles— y de mi libertad frustrada todos aquellos años de adolescencia. París, cuanto menos, me ofrecería esta libertad absoluta para adentrarme de manera nupcial al «lóbrego camino» dije, en un exagerado tono de voz. Me parecía morbosamente sugestiva esta estúpida expresión y también al señor Leandro se lo pareció.

— ¡Si es que eres un tío mórbido, coño!

— ¿No cree que la libertad conduce a veces a un pasadizo secreto y solitario lleno de horripilantes rumores y desolados paisajes?...

Como vi que él me prestaba atención y le impresionaban mis metáforas, improvisé mucho y le conté muchas mentiras. La mentira, en mi concepto, es una de las armas más sutiles y perversas de nuestra naturaleza: sabe desconcertar. ¿No mienten también los políticos, los filósofos y hasta los poetas?... (aunque ellos lo ignoren).

— Por eso hay tanta confusión en el mundo porque el hombre, en esencia, es un embustero rematado. Es todo un teorema al que le encanta inventar teorías. Aunque también es verdad, —no mentira— que sin la mentira no existiría el arte, ni la religión, ni la política, ni la filosofía, ni la historia, ni la poesía, ni la literatura, ni el amor, ni... ¡lo que le digo ahora, que también es mentira!

Me interrumpí un momento, para proseguir:

— ¿No se da usted cuenta de que le estoy hablando en «tono» orientalista?. El Universo es una ficción y el hombre en su función existencial es una pasión inútil. (Estaba de acuerdo con Sartre, en esto). Todos sus esfuerzos están orientados hacia la nada. Sólo su esencia es lo único verdadero y todo lo demás es mentira. (Me sentía relevante expresándome como un neófito).

— Mira, mira, no me salgas ahora con esos lirismos de salón de té, fuera de tiempo, que ya sabes que los hombres de ciencia como yo no aceptamos esas tonterías.

Lo decía en broma, pero yo sabía que le inquietaban esas filosofadas baratas que yo le lanzaba. Decidí darle un respiro:

— Oiga, ¿y el gitano?. ¡Qué es lo que pasa con él! ¡Ya lleva casi tres semanas sin aparecer!

— Está en Barcelona, creo, con su manada de Casa Antúnez. Lo dijo en el hostal un elemento de su especie que estuvo aquí el otro día. ¡A quién le importa un pedo!

¡A mí!, pensé. Le añoraba, de verdad.

— Espero volver a verle antes de que me vaya a París.

Me pasé todo el resto de la noche hablándole de París al señor Leandro, y creo que también «me pasé».

Con todo el ardor de mi loco corazón joven, estaba ansioso por ver y vivir en esa ciudad que parecía llevar en la sangre. Fueron demasiados libros, demasiadas novelas leídas sobre aquella abrumadora ciudad, capital del arte y del amor y cobijo de mis más adorados escritores, músicos y pintores de todos los tiempos. La bóveda celeste que cubría Paris, no era la misma bóveda del resto del mundo. Era como pensar que el techo de la Basílica de San Pedro, era el mismo de las demás iglesias. La ciudad de París quedaba inmersa bajo la cúpula de esplendor más radiante de la inspiración humana. Era en el Cielo de París, donde las musas cabalgaban espléndidas en medio de cupidos traviesos lanzando doradas flechas sobre sus habitantes. ¡Me emocionaba estúpidamente!

Ciertamente, me sentía idealista y dichoso sólo por pensar que muy pronto tendría convivencia con esa «ciudad-personaje», quizás la más importante del planeta. Y por añadidura, aquel día tenía la seguridad de haber tocado bien el violín y mi contento era completo. Sobre todo, en algunos fragmentos del concierto de Beethoven —muy metido en dedos otra vez— había sentido toda la fuerza de mis posibilidades, tan ausentes últimamente por falta de entusiasmo. ¡Si, tenía que creer en mí, luchar por mi arte en París! ¡Acribillarme de balas de optimismo! ¡Era maravilloso mi estado de ánimo! Me notaba, lo sentía, un corazón tan ligero y flotante, como si su impulso me hiciera inmaterial. Uno de esos raros momentos en los que uno deja de albergar ni un asomo de maldad, ni una brizna de odio. La expansión amorosa que experimentaba en aquellos instantes, abarcaba incluso todo el desorden del mundo, el cual me parecía perfecto en su corrosivo engranaje. Soñaba. Y no quería despertar pensando en un mal desenlace. Los desenlaces pueden resultar a veces lo menos importante, como la muerte al final de una vida interesante y activa. Lo esencial era la perspectiva del momento. Y si después de dar este rodeo regresaba a mi insulsez, a la monotonía, podría significar una pérdida de tiempo. Pero yo, —y lo pensé feliz— podía malgastar mi tiempo: no tenía nada qué hacer.

MES DE MARZO

 

 

Tan sólo estuve quince días en París. Quince días que por sí solos merecen una explicación aparte.

Aprovechando las vacaciones de Pascua de Resurrección hice la esperada escapada a la ciudad francesa dispuesto a quedarme en la ciudad si ello era posible, pero sin darme de baja de mi ocupación de maestro. ¿Podía permitirme ser tan iluso cómo para tirar por la borda mi trabajo en España y quedarme sin nada?. ¡En esa actitud sí había algo de catalán!

Lo extraordinario de ese viaje, aparte del impacto que tiene la ciudad, —tal y cómo yo me esperaba— es que ocurrió algo fuera de programa. Algo insospechado que intentaré explicar.

Superada esa primer impresión deslumbrante de la Ciudad Luz, —una expresión que parece olvidada— me dejé envolver por la poesía tan explotada de sus calles y plazas, cafés y lugares importantes, en un principio, con la misma indiferencia y melancolía de sus transeúntes, sin que el peso de mi soledad encontrara alivio en toda aquella fría belleza. Sí, me gustaba París, ¿pero qué podía encontrar o decir yo de una ciudad de la que se ha dicho todo?. Y todo muy bien dicho, por cierto. Me contenté con la idea de comprender París y sentir todo lo que se había dicho de sus calles y clima ciudadano, sus gentes interesantes, su vida cultural, el encanto de todo el entorno parisino... De todo, sin excepción. Pero sin embargo, en seguida me sentí extranjero, digamos que, «fuera de mi caldo». Me pareció clarísimo que allí se guisaba otra sopa y yo no la comería. Lo comprendí a poco de llegar, descorazonado.

Había alquilado una «chambre» en la rue des Trois Frères, muy cerca de la Place Pigalle, y al segundo día de mi llegada empecé a activar mis asuntos, entrevistándome primero con uno de los maestros del Conservatorio, y después en dedicarme a buscar trabajo en restaurantes y un alojamiento en la Cité Universitaire de la UNESCO, a donde pensaba poder instalarme durante un curso.

Resulta que quería pescar el pez por la cola, en lugar de por la cabeza. ¡Sin papeles no podría quedarme en París! ¡Qué mal informado venía de España pensando que mi «bolsa de viaje» me abriría puertas para conseguir un «permit de sejour» como estudiante!

Tampoco el Consulado Español en Francia fue muy atento:

— ¿Encontrar un trabajo y alojamiento gratuito en París?. Sí, los hay; pero es cómo buscar una aguja en un pajar. Además, no van a concederte un permiso de estancia o de trabajo. ¡Prueba, prueba! ¡Y vuelve si consigues algo!... Nosotros no podemos hacer nada. ¡Prueba en la UNESCO!

¡Menudo consuelo de tripas!, exclamé, como decimos en casa. ¡Decepcionante!

Conseguí hablar con el director de la UNESCO y le dije casi suplicándole lo importante que era para mí quedarme en Francia y continuar mis estudios; de lo contrario tendría que regresar a España y renunciar a mi carrera.

— ¿Músico, dice?... ¡Imposible! Tenemos 14 músicos y no hay más plazas para esa especialidad. Inténtelo el próximo curso.

En el Conservatorio me dijeron que sin un «permit de sejour» o de estudiante no podían inscribirme en su alumnado. Y en los lugares en donde me habrían dado trabajo, —encontré tres empleos, uno de ellos en Le Figaro, como «colporter» (vendedor de periódicos ambulante)— me exigían primero un permiso oficial Fui a la Gendarmerie de Paris, que estaba en l’Ille de la Cité, en Châtelet, donde un «gendarme» asomó su cabeza de panocha por una ventanilla:

— Un permit de travail?... Et vous-êtes espagnol?. Allez, allez! Il y a pas de permit de travail pour les espagnols! Allez vite!...

¡Casi me echa a empujones!. Salí destrozado. ¿Pero cómo podían ser así los franceses con nosotros, los españoles, cuando admirábamos tanto su cultura, su «savoir faire», sólo por el hecho de que en España gobernaba el General Franco?. Nos llamaban perros, fanáticos, lameculos de Franco y de un régimen fascista intolerable en Europa...

Me había convertido en la clásica víctima de la intolerancia de un país que detestaba a otro por su Gobierno. En consecuencia, en Francia era un necio español que no merecía ninguna ayuda, por franquista. Si la imagen de España no cambiaba, no cambiaría tampoco la imagen de su gente a ojos de algunas naciones. Y eso era lo que me estaba ocurriendo a mí entonces. Lo entendí. Pero no encontraría ninguna ayuda en Francia y tendría que morderme la lengua. ¡Y no podía tampoco demostrarles mi antifranquísmo!. ¡Desesperante!.

Sin embargo, no podía culpar de todo esto a los parisinos, ni a la hermosa ciudad de París, la cual, como eran todas mis expectativas, me gustó mucho, muchísimo, embrujándome, ganándome, pasado este primer mal momento.

Decidí no enfunfurruñarme con la ciudad, y ya que me encontraba en ella debía «degustarla» poniendo un poco más de atención.

Y en efecto, París no me defraudó en nada como ciudad maravillosa y por cuanto en el mundo representa.

Después de mi fracaso, asimilé toda la ciudad con una mejor ininterrumpida admiración a pesar del pánico que me daba mi soledad y del desprecio a sus gobernantes, más que a su gente, que igual que yo estaba al margen de las estúpidas leyes que gobernaban la nación.

Sobre todo andar por sus calles, ¡qué asombrosa experiencia!   En cuanto me concentré en ellas, empecé a comprenderlas. En mi imaginación veía en todas partes personajes históricos, rincones descritos en libros, paisajes pintados y fotografiados hasta la saciedad... Y sobre todo, de sus piedras, en los viejos faubourgs de Montmartre, parecía desprenderse pedazos de vida de un eterno pasado que seguía vivo en los muros y ventanas tristes de sus vetustas casas. Le Moulin de la Galete, la Place du Tertre, la magnífica iglesia du Sacré Coeur... Montmartre y Saint-Germain-du-Prés, y sobre todo el boulevard Saint-Michel, me hacía revivir los tiempos del existencialismo del Café de Flore y la mítica presencia de Jean Paul Sartre y Simone de Bauvoir que tanto había admirado. No podía creer que estuviera andando sobre el terreno entonces, tan fascinado, obsesionado, olvidándome de todos mis intentos frustrados y de los desgraciados recuerdos de l’Ille de la Cité, en la Gendarmerie.

Después tenía los bistrós del boulevard Rochechuart, «Chez Dupon tout est bon!», y otros menos rimbombantes, donde el acordeón de París soltaba sus lánguidas y sensuales notas de viejas melodías tristes que hablaban de historias de amor.

En fin, las eternas imágenes de París de las que todo el mundo tiene referencia. ¡Eran las auténticas!. ¡Las que yo me estaba merendando!. (Menos mal que no perdía mi «Spanish flavour») Enseguida quedé atrapado en el área de Pigalle, Clichi,

la Place Blanche... ¿Por dónde andarían Edith Piaf, Francoise Sagan, Juliette Greco?... Ellas eran entonces las reinas de París.

Podrá parecer grotesco, pero, ellas, como verdaderos mitos vivientes en la forma de pensar de aquellos días, yo las sentía un poco como si fueran mis almas gemelas. Me aproximaba mucho a su manera de sentir la vida. ¿No eran las grandes precursoras del cambio que la mujer experimentaría en un muy próximo futuro?...

Tampoco me dejé escapar la oportunidad de ver la parte cultural más importante de Paris: sus museos, sus jardines, sus monumentos, la Opera, etc, . pero siempre sin dejar de sentirme acorralado, impotente y desolado enmedio de aquel torbellino de intensa vida parisina, solo, sin encontrar un amigo, una mano amable que me guiara para poder quedarme en la ciudad y proseguir mis estudios. Veía muchas manos, sí, pero ninguna que se tendiera hacia mi. Además, por mi parte, tampoco habría sido muy fácil dejarme llevar de la mano por el primer desconocido que me la tendiera.

Recuerdo que cuando algún hombre se quedaba mirándome y esbozaba una sonrisa cómplice, me daba un vuelco el corazón y desaparecía cuanto antes de su presencia. Estaba ridículamente atemorizado y veía peligros por todas partes.

Cuando de madrugada me despertaba a veces en la pequeña habitación de aquella especie de «meublé» de la calle de los Tres Hermanos, sentía todo el vértigo de París en forma de vahídos. Tenía que levantarme, fumar un cigarrillo —mis locos amigos del hostal del pueblo me habían iniciado a fumar— tomar un tranquilizante y respirar aire fresco. Si la náusea no era muy fuerte y conseguía dominar mi temblor de un modo mental, poco tiempo después volvía a dormirme. Si no, hasta después de vomitar no cesaba la angustia. Me acudía a la memoria como un desagüe la impresionante novela de Sartre, La Náusea.

Así más o menos se coló la primera semana de mi estancia en París hasta ocurrir la sorpresa, aquella pequeña sorpresa que no estaba programada. (Las sorpresas nunca lo están, claro).

La explicaré:

Fue a causa del mal tiempo y la angustia de quedarme solo en aquella habitación extraña, tan poco acogedora y poco familiar,—mucho menos que lo era mi hostal de fantasmas del pueblo catalán— en la que me sentía tan «de paso», impedido aquella noche de poder salir a dar mi pequeño paseo nocturno. La lluvia caía a chorros y hacía mucho frió; un frío francés, de agujas, muy diferente del frío español, de castañuelas.

No tenía otra opción: o me quedaba en aquel cuarto odioso, o me metía en el bistró que estaba en la planta baja del mismo edificio. Se llamaba «La Limousine», un pequeño bar «bien chaufé».

Finalmente decidí ir al bar, por lo que sólo tenía que bajar a la calle y meterme en la puerta de al lado.

Cuando pasé la puerta, que era diminuta en la fachada, en forma de casita, lo primero que vi fue a dos hombres sentados en la barra de un pequeño mostrador. Otro hombre, detrás del mostrador haciendo de «barman», fumaba, no vestía de camarero, sino que iba ataviado con un grueso jersey de lana negro, de cuello alto, que mantenía conversación con los dos hombres de la barra. Detrás de él estaba una joven de color, y al otro extremo del bar se encontraba una mujer medio mulata que vestía con cierta negligencia (muy raro en una parisina, pensé, la cual tenía un cierto parecido físico con Juana Duval la famosa amante del poeta Baudelaire que yo conocía por tantas descripciones literarias).

El local era chiquito, muy francés, pero con decoración «andaluza», según me dijeron luego. (Sí, las paredes ostentaban algunos posters de toros y toreros famosos; había abanicos de colores chillones, una reja en uno de sus ángulos adornada con claveles, y al fondo, un «tablao» flamenco detrás de una cortina roja). La luz ambiental era suave, muy tenue; la radio transmitiendo jazz. Un aroma especial, parisiense...

A la vez se quedaron todos mirándome cuando entré, y pude observar que a mi «bon soir» sólo contestó el hombre que estaba detrás del mostrador. Me sentí intimidado. Muy nervioso pedí algo y me quedé allí, de pie, en la barra.

— Quisiera... quisiera comer un sándwich, pero por favor, que no pase de los 200 francos... Pequeño está bien.

Tuve la certera impresión al pedir este favor de que estaba haciendo el ridículo, ¡pero ya estaba harto de que por cualquier chuchería me timaran los francos!. Pensaba como cualquier turista cuando visita un país extranjero. ¡Y París estaba a tope de caro!.

— Ah, bon, monsieur, —dijo el barman.

Mientras me miraba escéptico, vi que tenía cara de canalla. Para mi, un compuesto de burla, amargura y vicio.

Le oí añadir, en su francés rastreado:

— ¿Lo comerá sólo?.

La joven de color, la mujer de aspecto dejado, gordita y amulatada a lo Juana Duval y aquellos dos clientes —que me parecían dos rufianes— seguían permaneciendo silenciosos, como pendientes de lo que yo decidiría. Inevitablemente exclamé con un gorgorito en la voz:

— Ah, bon, avec de la bière.

— Oh, lá, lá, monsieur!. ¡Entonces le costará más!.

La chanza no se iba de la cara de aquella gente, lo que me invitó a preguntarme:¿pero es qué no resultaba espectacular mi súbita presencia y con tales interrogantes «d’avant-propos»?.

— Bueno, bueno, d’accord. Lo pagaré —dije avergonzado.

Inmediatamente y con una cortesía fuera de lugar, uno de los hombres me cedió su taburete. Sólo había dos; así era de pequeño aquel antro. El otro hombre me preguntó, mientras me sentaba:

— Do you speak English?.

Le contesté en inglés:

— Just a little. I am not an Englishman. I am a Spaniard.

Me pareció ver en su expresión una fugaz señal de desprecio Me sentí obligado a remarcar:

— ¿Me ha confundido usted con un inglés?.

— Oh, no, no —dijo contrariado.— Hay muchos españoles que hablan inglés, ¿no?.

Yo tuve una clara indicación en los ojos. Quería decir: «Sí, pero tú, franchute, me has confundido con un inglés y ahora te duele haber metido la pata». Pensé también que tenía poco

«golpe de vista». Quizás me estaba haciendo el inglés, ¿pero yo inglés?... ¡Vamos!. ¡Empezaban a caerme gordos algunos franceses!.

Finalmente apareció el sándwich: una barrita de pan con paté no se qué entremedio y una botellita de cerveza.

Cuando empezaba a comer, vi que la joven de color, que era muy bonita, ahogaba la colilla de su cigarrillo en un cenicero de cristal ahumado, mientras le decía en voz baja al barman, que ella se iba. (Una salida al parecer concertada). Se dirigió entonces hacia la mujer con poco reclamo y la besó en la mejilla. También besó al del mostrador y a uno de aquellos hombres. A continuación, se fue.

Después, los tres hombres convinieron algo entre sí, y el que me cedió el sitio tomó un pequeño paquete de sobre una silla, y luego de besar también a la mujer mal vestida, se marchó acompañado del hombre que me hiciera la pregunta. Sólo nos quedamos la mujer, el barman y yo.

Fue precisamente cuando por la radio anunciaban la retransmisión en directo de un concierto de la Orquesta Filarmónica de Strasbourg. Lo recordaré siempre. Dieron el Concierto de piano en La Menor de Grieg.

¡Y qué bien!. Al parecer los tres estábamos preparados para escucharlo. La mujer vino a sentarse a mi lado, y el barman sacó un libro de un cajón del mueble del bar que comenzó a leer. Era un libro de poemas de Rimbaud. A mí me pareció una rareza descubrir en él a un amante de la poesía; no entendía el porqué. Y es que yo sabía muy poco, en tal fecha, sobre lo que pudieran sentir los «canallas».

Durante un buen rato, no dijimos ni una palabra. Sólo la música parecía ocuparnos totalmente la atención. Con toda la calma, yo me comía el sándwich, escuchaba, miraba...

Me fijé en que la mujer, envuelta en el humo de su propio cigarrillo, entornaba a menudo los ojos mirándome con atención de aprobada inteligencia. No me parecía esto muy claro.

Los aplausos al finalizar el concierto nos devolvieron la voz.

— Una interpretación magnífica —dejó oír el hombre.

Y me preguntó: 

— ¿Conoce éste concierto?.

— Oh, sí, claro. Es muy popular, —le contesté.

— ¡Popular para cierto público! —exclamó él, categórico y con exagerada autoridad.

— Eso por supuesto —sólo dije.

Me miré a la mujer al oírla decir:

— C’est magnifique, c’est magnifique!.

A continuación el locutor anunciaba la próxima retransmisión de una sinfonía, pero entre nosotros el interés por la música parecía haber decaído. Más bien se nos habían despertado ganas de conversar.

Yo le pregunté al hombre:

— ¿Le gusta la poesía?.

Por su expresión pude descubrir el contento que le causó esta pregunta.

— Oh, oui monsieur. ¡Me interesa mucho!.

— Et vous, l’aimez-vous? —oí que me preguntaba la mujer.

Contesté que sí con cierta incomodidad.

— Oh, c’est trés jolie, trés jolie!. Tout ca c’est trés jolie! —decía ahora la mujer moviendo la cabeza exageradamente y cambiando entre ellos raras y repetidas miradas.

Por un momento pensé si aquella gente no estaría representando una comedia y a mi salud. Aunque no podía imaginar por qué y con qué fin. Si el gitano hubiera visto a aquella mujer habría dicho que tenía cara de borde; de borde y de puta. «Una puta borde», vamos. Y aquella situación le habría parecido un «puro cachondeo».

— Me gusta Baudelaire —dije para disimular y seguirles la corriente.

— ¡Oh!... —exclamó él, mirando al techo.

— Et Verlaine, aimez-vous Verlaine?, —insistió otra vez la mujer, preguntándome cómo si el nombre del poeta la revalorizara a ella.

— No estoy muy familiarizado con su poesía, pero sé que es uno de los mejores de vuestro país.

Creo que se reían de mi. Yo no tenía su picardía ni sabía de la vida como ellos. Pero tampoco era el ingenuo por el que me tomaban.

— Es diferente —adujo otra vez el hombre;— muy diferente de Baudelaire. Yo he leído mucho a Verlaine...

— ¡Tiene gracia, Jacques! —le interrumpió la mujer.— ¡Tú leyendo a Verlaine, Rimbaud!... ¿Verdad que tiene pinta de «poète maudite»?.

La pregunta me pareció en extremo inconveniente, con mucho humor negro francés. La eludí, subrayando sólo la adjetivización universal:

— Poetas malditos, pintores malditos... Ustedes los franceses, no sé cómo se las apañan, pero son muy buenos clasificando...

— Es que en Francia somos muy sutiles —dijo él.

Ella lo completó:

— Sí, muy sutiles y muy... —dijo, sin terminar la frase.

Creo que entendí lo que quería decir, aunque no lo dijera.

Y dirigiéndose al tocadiscos americano colocado en un rincón del bar, ella añadió:

— Quita eso Jacques —se refería a la radio— y demos un poco de variación a la velada, ¿quieres?...

Su orden fue cumplida y después de que ella metiera una moneda en el aparato, pudimos escuchar la canción que ella misma escogiera. La cantaba una de esas bien conocidas voces masculinas de América, como acariciando, como besando...

Me fijé bien entonces en aquella mujer que estaba de pie, apoyada al tocadiscos, siguiendo la dulce melodía, desmelenada, dibujando figuras en el aire con el humo de su cigarrillo y contoneándose como un abanico en tiempo de pleno calor.

El vicio la había maltratado, pensé, no sé si acertadamente, pero sus desvaídos encantos todavía atraían, y sobre todo, sabía expresarse con una dulzura especial. No habría podido decir su edad, pero no era muy joven y estaba bastante «mojama», como habría dicho el gitano o el señor Leandro.  

Lo primero que me sugirió su presencia fue pensar que ella debía ser una figura clásica dentro de aquel marco descolorido Una figura tan tremendamente atractiva como su ambiente, del que yo me sentía, desafortunadamente, a kilómetros luz. (En Barcelona me intimidaba entrar en esos lugares que yo escudriñaba desde fuera, pasando de largo). Por la bocanada de humo que me lanzó y su mirada fija, me parecía ver en ella a una excelente profesora en el arte de la seducción. En realidad, desde mi perspectiva, yo la miraba más bien a ella como si me viera a mí mismo en una especie de interposición de personalidad que, de hecho, habría deseado usurparle. Pero ella no parecía darse cuenta de esto y me mandó un beso sobre una voluta. Sin obligarme a mí mismo, le sonreí sin hacer una gran mueca. De pronto rompió la «conexión» el tal Jacques:

— ¿Es usted estudiante? —fue su pedrada.

— Pues sí, —dije.

Pero no quise darle otra explicación. El que me encontrara en París para ser violinista me producía angustia y ello estaba un poco fuera de las cosas fácilmente accesibles. Me deprimía hablar de ello. Le dejé que siguiera haciéndose cábalas sobre mí y que no llegara a descifrarme. ¡No creo que le fuera fácil!.

De un sólo trago me tomé el resto de cerveza y añadí, deslizándome por los Cerros de Ubeda:

— Se está bien aquí; me gusta. Me parece muy acogedor ese lugar.

— Mais oui!. Certainment!, —él asintió.

Vi que ella se me acercaba, hasta apoyarse en mi hombro:

— Esto es un cabaret, monsieur. Un cabaret al estilo español ¿No ve aquel pequeño ta... ta...

— «Tablao» —yo la ayudé.

— Oui, c’est ca!.

Y me señaló al fondo de las cortinas rojas para decirme que era donde actuaban unos “bailadores”...

— «Bailaores», —volví a ayudarla.

— Unos «bailaores» y su guitarrista, —completó finalmente.

Me extrañaba que en un lugar tan pequeño pudiera haber jolgorio andaluz.

— Sí, —dijo Jacques.— Quedan aún algunos españoles en Francia y a menudo vienen grupos que beben, cantan y bailan...

«¿Quedan aún», dijo?... ¡Los que no habían podido echar!. Ambos pudimos oír la dramática voz de aquella atormentada mujer que hablaba arrastrando las palabras:

— ¡Me gustan los españoles!. ¡Me gustan!. ¡Son niños bravos, ardientes...!

¡Esta vez estiró tanto las palabras que casi las parte!.

En aquel momento se había terminado el disco y ella fue a la máquina para poner otro. Fue cuando entraron nuevos clientes en el bar y Jacques ponía toda su atención a ellos. Eran una pareja adulta, de unos 30 años, elegantes y desenvueltos, que a una seña disimulada del hombre, Jacques les acompañó hacia el interior, desapareciendo los tres por una puerta situada detrás de las cortinas del «tablao». Por la sonrisa negra de la mujer, pensé que allí había pan negro. ¿Entraron a comprar algo ilícito?, pensé... ¡Claro que a mí qué más me daba!.

Mientras tanto, ella se había sentado de nuevo a mi lado y se había quedado inmóvil. Yo jugaba tontamente con mi vaso vacío (lo habría visto hacer en alguna película). De repente, ella me interrogó:

— ¿Se hospeda muy lejos?.

La pregunta me causó extrañeza.

— No, no mucho —dije con toda sinceridad.— En el hotel Graziella, aquí al lado mismo.

Fue como si un foco le hubiera iluminado la cara.

— ¿En el Graziella?... —expresó asombrada.

— Pues sí.

Jacques apareció de nuevo sin hacer ningún comentario. Pero aún con toda mi inexperiencia, pensé que aquella «puerta secreta» debía ofrecer a sus clientes algún favor que también se mantenía en secreto. Lo entendí.

Comprobé la hora y vi que era casi medianoche. Pensé que demasiado tarde para un monje como yo. Estaba rendido de cansancio. Me dolían los huesos, sentía palpitaciones y tenía la vista horriblemente cansada, machacada. ¡Ya era hora de perder el mundo de vista!.

Sin pensarlo otra vez le pedí de un gesto la cuenta a Jacques, dispuesto a marcharme, al tiempo que oía como aquella mujer le decía también algo a él:

— Si vuelve Rose, dile que estoy acostada... Hoy no es mi día feliz, Jacques.

Y la vi dirigirse hacía el barman para besarle con indiferencia en la boca.

Luego, en la puerta, ella se volvió hacia mí y dijo en un francés que era pura «chanson francaise»:

— Au revoir, monsieur...

— Au revoir, —correspondí en su mismo tono.

Dispuesto también a irme le pregunté a Jacques cuánto le debía.

— Son trescientos cincuenta francos, monsieur.

Le di mil y esperé la vuelta que fue a buscarla en el interior del bar. ¡Carísimo!.

Cuando nos despedimos, Jacques con sincera amistad en los ojos fue muy gentil: incluso me dio la mano...

Pero no, no era la mano que yo buscaba.

ULTIMOS DIAS EN PARIS

 

— Ca va, monsieur?

¡Debí figurármelo!. En efecto, ella estaba allí, esperándome de pie en el rellano del primer piso del hotel, sarcástica, descarada, atrevida... La sorpresa fue de lo más inesperado. ¿Y por qué no confesar lo que sentí al verla que me esperaba allí dispuesta a todo?... Pues sí, mi primera impresión fue la de miedo, la de sentirme sin escapatoria posible ante su capricho y porque una mujer de sus trazas no me parecía fácil de esquivar. Me haría suyo a toda costa, —y sin tanto esfuerzo— engulléndome, lo sabía.

Quise sonreír ante lo evidente, pero no sé lo que expresaría mi rostro marcado por el asombro mientras oía crujir el encerado parquet de la escalera bajo mi peso, al subirla como un pajarito atraído a la fuerza hacia donde estaba aquella mujer. Y apenas llegué al rellano, sin más insinuaciones, ella se me lanzó al cuello:

— Oh, mon petit!. ¡Ven! —exclamó triunfante tomándome una mano y conduciéndome a través de un tortuoso pasillo del hotel que yo desconocía.

Sé que intenté decir algo, rechazarla. ¡Imposible! Había en ella una tal decisión que me sentí impotente, incapaz.

Por fin se detuvo ante la puerta entreabierta de un cuarto del que se escapaba un haz de luz que recorría el penumbroso pasillo, y volvió a decir:

— ¡Ven, ven!.

Nada mas entrar en el recinto, ella cerró la puerta con llave y se quedó mirándome prolongadamente. No sé, me vería tan asombrado, tan alelado que, evitando cualquier contrariedad por mi parte, sólo musitó:

— ¡Chissssst!...

Luego, sin pérdida de tiempo apagó la luz y me atrajo hacia su cama. Comenzó a besarme, a manosearme, a morderme los labios... Todo yo temblaba; temblaba y sentía mi sensualidad fría, muerta. Me preocupaba el qué iba a suceder si ese alud de caricias no lograban el éxito que ella deseaba, y que de hecho a mí me avergonzaba si llegaba a fracasar; ¿no sería cómo perder el honor en un campo de batalla?. Mi voluntad no me ayudaba en nada y sentía que mi cuerpo se empapaba de un sudor frío, como de reptil, gelatinoso y resbaladizo. ¡Como una serpiente habría deseado escurrirme de allí!. Pero ella seguía en sus trece, sin darse por vencida ensayándolo todo, acelerando mis palpitaciones, captando mi atención, obligándome a concentrarme en ella. Empezaba a sentir náuseas mientras su boca no cesaba. Una boca que era una babosa recorriendo todo mi cuerpo medio insensible, medio dormido.

— Eres tímido, ¿verdad, mon petit? —me susurró al oído.

Yo no dije nada. ¡Qué momentos, qué momentos!. Serían un recuerdo ingrato.

De repente se apartó de mí y la oí que se estaba desnudando.

Enseguida sentiría su cuerpo carnoso pegado al mío entregándose sin ningún pudor y con aquella perfecta maestría que yo había imaginado.

Sin decir palabra, ella misma aflojó el cinturón de mis pantalones y me los bajó. Me dejó desnudo.

Tenía que ocurrir. Su constancia venció. Mi cabeza hervía y seguía temblando, pero su carne, su perfume, su destreza lograron el milagro: la correspondí finalmente.

Después, en una voz atonal, sólo le bastó despedirme diciendo, muy a «la francesa», supongo:

— Me gustan mucho los «estrenos», ¿sabes?... Ahora vete. Vendrá Jacques dentro de poco y no me gustaría que te viera aquí conmigo. Vuelve mañana si quieres, mon petit.

Salí de su cuarto atontado, mareado. Una vez en mi habitación me sentía tan mal que vomité en el lavabo. Creo que no tenía conciencia exacta de lo que había ocurrido; es decir, ¡que no era tan impenitente mi homosexualidad!. ¡Había quedado como un hombre!. Eso me fortaleció un poco a pesar de no dejar de ver que el presente, tan rápido, había puesto en movimiento «hazañas de futuro» tal vez en contraste a como venían enfocadas del pasado. Era todo un signo de buena esperanza aquel inesperado suceso que no estaba dentro del plan previsto, que ocurrió por azar, por intromisión absurda, por deseo exterior de una voluntad en un momento dado superior a la mía. Yo cedí, lo sé, pero de una manera mecánica, de robot, sin alma, sin deliberación, forzado. Ahora, desaparcaba y no podía leer lo que había ocurrido en mi interior; todo estaba arenoso, descompuesto y hundidizo. En la cabeza tenía un púgil que me machacaba y sentí que me dormía muy mal con el corazón desorbitado.

Finalmente, el regreso en mi recuerdo de los acordes profundos del concierto de Grieg que martilleaban mis sienes y sonaban claros en mis oídos, me cerraron las puertas del mundo visible, con una paz envolvente.

Cuando me desperté a las once de la mañana, al día siguiente, me di cuenta enseguida de que el día sería malo. Seguía notando una debilidad y descarrío mental que me asustaba.

Para repararlo y recuperar ánimos, decidí prepararme un desayuno algo cuantioso. Me atiborré con casi toda la despensa que me quedaba amontonada al lado de un hornillo de alcohol, una auténtica antigualla para calentar los tés y cafés que los dueños del hotel colocaron sobre una mesita de noche. Me terminé las sobras que tenía de pan, mantequilla, mermelada, frutas secas, leche y café. No es equivocado pensar que la comida sana lo hace ver todo sano. Era mi slogan: «El optimismo es una corriente que nos lo provoca la luz y la comida».

Pero a pesar de este refrigerio, no fui tocado por el optimismo en esta ocasión. Ni por la luz del sol de aquel día, de un amarillo muy «Medias de París», que envolvía la vulgar habitación de una transparencia cálida y sugerente como unas piernas de mujer, ni por el calorcillo en el estómago del último sorbo de mi café caliente.

La comparación sí me pareció bastante significativa, como si fuera la advertencia de tomar una nueva dirección en mis apetencias amorosas.

Atraído por ese sol, abrí la ventana y me senté sobre un viejo radiador estropeado, debajo de la misma, que me permitía asomar medio cuerpo sobre las calles estrechas y lúgubres de Montmartre.

Por encima de los tejados enanos podía ver una buena parte de un París perdido entre neblinas; un París maravilloso que me ofrecía toda su renuncia con el beso de su monstruoso encanto.

Siempre imaginamos que París es la ciudad única —de dónde vienen los niños, nos dicen— la más acertada para la belleza, la libertad, el amor... Palabras que nunca suelen estar del todo en una ciudad, sino dentro de uno mismo, pero que por extraña hipérbole, a ella se la sitúa como conducto secreto que ha de llevarte hasta ahí. Y es que en París está todo, todo... No es extraño que su fascinante historia y la alucinante trayectoria de las artes y los artistas que por allí se mueven, actúen como un narcótico en la mente de mucha gente interesada en ellos. ¿Por qué tenía que ser yo una excepción?. Era natural. Por un momento sentí envidia de París, de sentir palpablemente el sacrílego deseo de «ser» de París, yo que tantas dudas tenía sobre mi nacionalidad y mi identidad parental. Incluso me preguntaba si habría en mí alguna gotita de sangre francesa. ¡Pura hipótesis!. Sin embargo, ¿serían verdad las sospechas de Gregorio, de que yo fuera hijo de una madre judía-alemana y un padre judío-catalán?. ¿O quizás la verdad fuera la otra posibilidad, la de ser hijo del marqués y de la doncella de Lyon que cautivó con su voz y sus encantos a su amo?... A todas estas preguntas que no tenían respuesta, me añadía que si mi supuesta madre, una de las dos sospechosas vivía, —y era realmente francesa,— quizás estuviera en alguna parte de aquel París tan intrigante y yo me iría de la gran ciudad sin poder saberlo. Era un sentimiento bien desgraciado y penible, éste, «trés dramatique», el de seguir en mi eterna ignorancia. Pero bastante dramático me resultaba ya París para remover además lo de mi frustración maternal.

Afortunadamente, me distraje entonces de esos pensamientos al concentrarme en el paisaje que tenía delante comparándolo con el de Barcelona que tan metido tenía en los ojos: aquellos sucios tejados de París, las diminutas y agrupadas chimeneas que parecen tiestos, los deslucidos y grises edificios, las ventanas tristes con alguna flor, todo ello me recordaba mis largos ratos asomado al balcón de la casa de la calle de los Almogávares, en Barcelona, sufriendo las mismas tristezas que las casas y algunas escenas fortuitas se empeñan en ofrecer: ancianos tomando el sol, la voz desentonada de alguna mujer cantando mientras lavaba los platos, riñas callejeras, palomares vacíos, traperos y afiladores... Tenía la sensación de vivir en continuidad la repetición de impresiones similares a las de aquellos días, admitiendo por ello que la vida no es tan dispar y extraña en cualquiera de nuestras ciudades «civilizadas» en las que a la larga uno puede llegar a sentirse como en casa. Difieren sus culturas, pero en el fondo, la canción triste de nuestro estilo de vida es siempre la misma.

De nuevo quise rememorar las últimas escenas vividas con aquella fiera de mujer que me había casi raptado y violado. ¡Pero qué cinismo y qué valor!, pensaba. ¡Si hasta me causaba risa la historia!. (¡Cuándo se lo contara al gitano y al señor Leandro!. ¡Patalearían!). Lo bueno es que a pesar de todo, ella y la gente como ella me caían bien. Eran sinceras. ¿No se habían desplumado de todo prejuicio y dejaron de ser falsos como los predicadores de lo que no es?. También yo me consideraba un embuste total. Andaba por la vida atemorizado pendiente de lo que los demás podrían censurarme y era más consecuente con ellos que conmigo mismo. Encajaba demasiado bien cómo fósil en nuestra ridícula e hipócrita sociedad. Y esta posición, pensaba reiteradamente, con esfuerzo tenía que cambiarla, aunque la falta de democracia de la gente lo deplorara.

«Vuelve mañana, si tú quieres», ella había dicho. Su detestable invitación de la noche anterior, ahora me parecía tentadora. ¿Y por qué no, si esto me daba una oportunidad para seguir experimentando?. El poco y consciente placer que ella me había dado, con ser poco notable, era mucho mejor que mi única experiencia sexual con el sobrino de Gregorio cuando yo tenía 13 años. También aquel había sido un hecho inesperado que debió marcarme bastante y fue motivo importante para creerme homosexual.

Había leído en cualquier artículo o libro que las imágenes que dominan nuestra imaginación en el terreno sexual, tienen un origen en la experiencia realizada con la primera persona que nos da placer. Esta imagen queda formada como en un molde de cera en nuestra imaginación, y ella nos guía para seguir buscando una repetición de aquella primera experiencia ideal en otras personas con parecida imagen. Es lo que aseguran los psiquiatras y psicólogos. (Estaba empapado de Freud y Jung). ¿Y quién lo ponía en duda?...

Recuerdo que esta primera experiencia con el sobrino de Gregorio fue más banal y estúpida que la de la noche anterior con aquella exacerbada francesa, pero que por su importancia «cronológica» en una época crucial, hace que sea conveniente el comentarla aquí:

Gregorio tenía un sobrino de 21 años y estaba en quintas en Oviedo, la ciudad donde nació mi tutor y en la que vivía toda su familia.

Según nos enteramos, para realizar una importante maniobra militar, el regimiento al que pertenecía el sobrino tuvo que venir a Barcelona a pasar dos días para practicar esa maniobra.

Una tarde, el joven apareció por casa, de sorpresa, y nos contó los motivos por los que se encontraba en Barcelona. Felizmente para los soldados, por la noche les dejaron salir y los del Cuartel Militar les dieron permiso a todos aquellos que tenían familiares en la ciudad, de pernoctar fuera del cuartel hasta el día siguiente a las 7 de la mañana.

Raúl, que así se llamaba, se quedó con nosotros aquella noche y Gregorio lo acomodó en mi cama para que durmiéramos juntos. No teníamos otra cama disponible.

Recuerdo que era en verano, y el bochorno normal de Barcelona estaba en pleno auge. Así que, Raúl, que era un joven fogoso, se tendió en mi cama completamente desnudo sin cubrirse el cuerpo con la sábana. Yo me tendí a su lado sin quitarme la ropa interior, manteniéndome a una distancia que ni le rozaba. A los 13 años ya se sabe bien lo que es el sexo, y la malicia de los niños les hace fijar en el cuerpo de los demás, ya sean hombres o mujeres.

La presencia de Raúl en mi cama, era más que remarcable y agradable de mirar, por lo cual yo no podía evitar lanzarle furtivas miradas, asombrándome de su desarrollo físico, su musculatura, sus vellosidades, sus colgantes y aquellas piernas y muslos como las esculturas que yo admiraba en los jardines de Montjuich.

Y además Raúl tenía lo que se dice, «una cara simpática». Su cabello era moreno, rizado, y tenía una mirada sonriente, noble, que se pronunciaba cuando sus labios carnosos esbozaban una sonrisa abierta, clara. Era el clásico muchacho de pueblo sano y bien dispuesto que gustaba a todo el mundo. A mi me parecía francamente bello como un Adonis sacado de los libros de texto del Instituto.

Cuando apagamos la luz, al poco rato la cama empezó a gemir; sin que pudiera evitarse, los muelles del colchón eran viejos y chirriaban al suave vaivén de lo que Raúl estaba haciendo. Simplemente, se estaba masturbando como un desesperado. Yo, que ya me sabía ese truco, me «enganché» haciendo lo mismo. Era algo de lo que no abusaba porque nuestros mayores decían que era pernicioso y en principio me lo creí. Pero al parecer, Raúl estaba exento de todo reparo y se masturbaba a todo pulmón dando libertad a toda clase de espasmos y pequeños gemidos. Su proceder me excitó también a mí de forma exagerada. Sentía un cierto pudor, pero con la luz apagada ello empujaba mi coraje para imitarle hasta en los suspiros.

Con unos deseos irreprimibles, continué imitándole.

Lo extraordinario de esta escena, era que yo me masturbaba pensando que estaba encima de él, y que los dos nos tocábamos y acariciábamos y nos masturbábamos mutuamente.

La verdad es que ocurrió algo parecido pero sin llegar a ser lo que yo estaba imaginado.

Raúl, de pronto me cogió la mano y la llevó a su miembro viril para que yo se lo agitara mientras él seguía gimiendo, pero ahora, de forma tan exagerada, que su excitación en crescendo le llevaba unos pocos segundos después al clímax. No tardó ni medio minuto en eyacular y quitarme la mano de su miembro. Me sentí cortado. ¡Qué poco sensible y desconsiderado conmigo!, me obligó a pensar.

Luego, sin cambiar ni una palabra entre nosotros, Raúl se quedó dormido poco después sin que se preocupara lo más mínimo de mi, y sin que al parecer le diera a «aquello» ninguna importancia. Todo lo contrario de lo que me ocurrió a mi, cuyo acto me llegó a lo más hondo, atormentando todos mis años de adolescencia.

Raúl se fue a la mañana siguiente, y aquel ligero roce en mi cama quedaría entre ambos como un «íntimo secreto» del cual ni nosotros mismos teníamos porque comentar. Se marchó y nunca más se supo. Pero yo sí le recordaba y le veía continuamente en mis fantasías eróticas.

Después, ésta sería la imagen que buscaría constantemente entre otros hombres y que jamás pude conseguir.          Contrariamente, ahora había una mujer a la que yo nunca habría buscado, y me dejé atrapar por ella. ¡Qué contradictorio! ¡No le daba ningún sentido a mi sensualidad!. Y no obstante, ¡también ella había sido motivo de placer para mí creyéndome yo que no me gustaban las mujeres!.

¿Pero qué recordaba de ese placer?. Poco menos que nada: un espasmo de bestia, una herida en la carne... y sí, quizás un algo insólito, mágico, que taladra muy hondo y te invita al contacto directo, inexcusable: era el secreto violado de nuestros cuerpos desconocidos; algo imponente que vence y arrastra y que el calor de la carne termina por seducir. Creo que explorar en un cuerpo desnudo y desconocido es el eterno anhelo de todos. Una vez hecho el descubrimiento, la pasión deviene rutina, o menos atolondrada. Se desvanece. ¡Pero la exploración «prima» es emocionante!. No me parecía extraño que los hombres fueran eternos buscadores de nuevas experiencias. Es parte de su esencia sexual. Y creo que sobre las mujeres que no están inhibidas, mi última experiencia tenía una respuesta clara.

Pero lo más obsesionante en aquellos momentos era saber lo que yo tenía que hacer: ¿repetir de nuevo la experiencia con ella?... Ahora que estaba dentro del psicoanálisis, Freud me lo habría recomendado. No sin cierta ironía quería esforzarme en encontrar una remedio al estilo freudiano, pues, un paso en favor a nivel heterosexual, podría ser de gran evaluación en mi futuro comportamiento en el mundo; un paso en contra, significaría la conciencia absoluta de mi verdad.

Lo tenía a mano entonces. ¡Y claro que volví!.

Pero no voy a repetir ahora la historia del Segundo Acto de este hecho para sacar conclusiones que, en definitiva, fueron los únicos motivos que me llevaron a esta repetición.

A decir verdad, no hubo mucha diferencia del Primero, pero sí mucha más seguridad en mi actuación.

De lo que me gustaría hablar es, no de mi miedo al acto físico, que ya me parecía bastante superado, (debo poseer dotes francamente innatas y precoces para ese tipo de actos), sino de mis reacciones más bien afectivas con respecto al choque psicológico, hombre-mujer, que es tan dispar entre macho y hembra y tan importante en la atracción de los opuestos.

Pues bien, entre ella y yo, creo que esta distinción no existía, sino que más bien entre nosotros parecía haber una sincronización femenina igual a la que habría podido haber entre dos lesbianas, o entre dos maricas. ¡Hicimos un perfecto «bollo»!, como se dice en el «argot» del «milieu».

Ignoro lo que pensaría o cómo me vería ella a mi, pero lo cierto es que yo, no tenía muy claro si la atracción de su cuerpo estaba relacionada con el cuerpo de la mujer medio amachada, parecida a Juana Duval, —aquella mulata infame amante de Baudelaire,— o realmente era con un mulato con quién yo hacía el amor. Su corpulencia física y su actuación activa me la hacia imaginar más bien como a un hombre que como a una mujer. Creo que «lo fisiológico», llegó a ser una parte tan secundaria que no adulteró en nada nuestro interés en las caricias y nuestra sensibilidad en armonía. Nuestra «entente» fue una perfecta fusión psicológica que no tuvo muchos reparos por nuestras diferenciaciones de sexo físico.

Sin duda, ella y yo éramos las dos partes de un ser homónimo, que no se complementaba haciendo el amor, sino que se armonizaba autocomplaciéndose.

¿Pero podía catalogarse «ese extraño fenómeno dentro de las miles de fantasías eróticas», con respecto a mi, de un éxito como hombre activo en la posesión de una mujer?. O simplemente, ¿es qué dentro del contexto de mi psicología femenina había así mismo un cierto contenido heterosexual que no me privaba de poder amar también a las mujeres?...

Para llegar a entenderlo, tendría que bucear bastante hondo en mis conceptos sentimentales sobre el amor y llegar a identificarme en mi propio ideal de lo que es el amor y hasta qué punto podía interesarme el «complejo de amar».

Ciertamente, no me sentía preparado, o «desvelado» todavía para poder contestarme a este tipo de cuestiones. Me encontraba en pleno embrollo de identidades y no podía saber aún cual era mi identidad sexual, mi identidad sentimental, y otras tantas identidades que estaban en vías de formación que todavía no tenían cuerpo suficiente para informarme. No encontraba aún la luz dentro de mi caos. Sería preciso no atolondrarse y dejarse llevar por ese tren alocado que había comenzado su entrada en el túnel, del que no podría bajar hasta llegar a la estación términi de una etapa.

Tal vez al final de ésta etapa fuera cuando me enterara de algo.

Por de pronto tenía que olvidarme de mis autoánalisis y terminar lo más importante en lo concerniente a mi vida, antes que organizar mi vida sexual. Principalmente en ser consecuente entonces con respecto a lo que debía hacer de inmediato, con urgencia.

¿Me convenía prolongar mi estancia en París después de estos quince días de búsqueda errante y de todo intento fallido?...

Bruscamente, con el mismo entusiasmo con que vine, deseé regresar a casa. Me sentía aburrido, desesperadamente solo con un gran desánimo, y lo peor, ¡se me terminaba rápido el dinero!. Temí un mal final, tan joven. París, pese a todos sus encantos, «a lo crudo» me parecía un hervidero de fracaso y desdicha. Un mal sitio para quedarse acurrucado si no eras un elegido, o uno de esos que decimos que «nacen con buena estrella». La mía era una estrella caída y no la quería dar el gusto de que al caerse se me cayera encima y me aplastara precisamente en París. No me parecía cuerdo quedarme colgado de esa forma en un país que no había entrado con buen pie.

Así que, aquella misma tarde recogí mis cosas, alquilé un taxi y me dirigí a la Gare d’Austerlitz dispuesto a regresar a mi España (al menos a la tierra que yo me creo mía).

Lo importante de este viaje, aparte de mis experiencias contradictorias en el sexo y en la perspectiva oscura de mis estudios musicales, fue el hallazgo de maravillosos libros que descubrí en los tenderetes de Châtelet, difíciles de encontrar en España en aquella década.

Fueron mis primeros descubrimientos de una vasta variedad de literatura Veda y filosofías orientales que desde hacia tiempo me fascinaban y de la que tenía tan sólo una vaga referencia. Gracias a ese viaje pude saciar al fin mi sed de espiritualidad, en Paris, llevándome conmigo tratados sobre taoísmo, budismo, hinduismo y muchas otras doctrinas que me descubrirían otro mundo en el terreno filosófico-religioso, despertándome una nueva apetencia y un nuevo interés en descubrir «el oculto sentido de la vida» que no había encontrado en los filósofos de la razón pura de nuestra decrépita Europa, fría y materialista, que de forma tan puntual y sistemática dejaron híbridas mis facultades espirituales. Yo tenía razón: ¡en París estaba todo!. ¡Esos libros fueron todo un hallazgo, un gran descubrimiento para mí!. 

Recuerdo que mi adiós a la «dulce Francia» —no muy dulce, en mi caso— fue algo escéptico, aunque no desesperado del todo por esa derrota:

— ¡Adiós, adiós París... ¡Te recordaré con la ingrata memoria de un hijo que ha sido rechazado!. ¡Pero sin rencor!...

MES DE ABRIL

 

Y así fue como conseguí regresar a mi tierra, con un ánimo más bien optimista y sin traumas. El viaje había sido muy interesante y su recuerdo, amplificado ya, —como acostumbramos hacer— no iba a constituir ningún remordimiento ni siquiera de paso. Me parecía bien esa ida y vuelta y estaba ufano de la «cantidad de universo» descubierto en París, pese a la corta estancia, lo que me parecía suficiente para suministrarme respuestas fijas que en próximas situaciones necesitaría aún. Como mínimo había logrado lo que se dice, más soltura interior, mayor independencia y ligereza y una cierta estabilidad en lo que me propusiera. Estaba satisfecho. O al menos eso era la que yo creía.

También mi integración al trabajo fue menos quisquillosa, más alegre, esquivando mucho mejor las insinuaciones que ya sólo me rozaban, muy bien parapetado en mi recién terminada trinchera. Y aunque no tenía ningún plan, por el momento, me sentía bien, agradablemente bien y seguro. Sobre todo seguro, ahora que conocía todo su auténtico valor. Me autoconvencía de que sabría permanecer equilibrado en esa laguna, soslayando perfectamente la insulsez. Pues, la insulsez, como propiedad natural que poseen ciertas cosas, situaciones o personas, ¿no suele ser mejor un distanciamiento esencial en relación a la cosa, arraigada en el experimentante?. Yo debía «regresar» de mi alejamiento.

Pero debe ser difícil, porque unas semanas después enfermé y me hundí en una terrible depresión. «Cuando se te aflojan los nervios, es cuando te pones malo», recordé oírselo decir a Gregorio en varias ocasiones.

Eso mismo debió ocurrirme con el «relax» después de la energía gastada durante mi estancia en París. Por lo que fuera, pero, sufrí una depresión tremenda, un ataque de tristeza sin límites.

— Tendremos que drogarte —propuso el gitano, haciendo una gracia.

Fue con la ayuda del Señor Leandro y su medicación que pude volver a mi estado normal tres días después.

— Chico, es qué no sé, ese viaje te ha perjudicado. Es como si te hubieran arrebatado algo muy importante.

— Será lo único que me importaba, que es la música. Pero no se preocupe, esto pasará. El hombre consigue siempre su deseo aunque nunca sepa cual es su deseo. Lo dice Schopenhauer.

El señor Leandro esbozó una sonrisa pobre.

— Y el deseo está en moción constante. No puede saberse hasta donde nos llevará y cual será el nuevo deseo —añadí.

Cuando me restablecí, desapareció la tristeza y volví a ser lo que fui siempre en mis buenos períodos: valeroso, indiferente con mis «opuestos», contento y esperanzado. En una palabra: resignado con mi suerte (pero no conformista del todo). La muerte de un sueño no iba a significar la muerte de mi vida. Y el desembarazarme de la música (sin olvidarme de ella nunca), aligeraría mis inquietudes. La crisis había pasado.

Los pequeños cambios que acontecieron después, no se hicieron esperar. ¿Tendrían relación con el movimiento hippie internacional?. Intentaré explicarlo:

Hasta entonces, si había reparado, no me había preocupado mi manera de vestir. Utilizaba cualquier prenda que me fuera a la medida sin pretensiones de querer ser diferente o que me identificara mejor o peor con los demás, y no me preocupaba. Sin embargo ahora, ¿cómo decirlo?, sentía un vago deseo de hallar una fiel correspondencia en mi manera de vestir con mi manera individual de ser. Creo que en un determinado momento le pasa a mucha gente. Pero a partir de entonces, a mí, usar una prenda demasiado burguesa, me daba aversión, me incomodaba. Ya sabemos la reciprocidad de los signos externos con los internos, y lo importantes que son en nuestras constantes fases psicológicas a causa del dominio de la influencia más fuerte. Todos sabemos que parecemos lo que vestimos, aunque tal vez no lo seamos. Creo que estaba en los umbrales de una crisis de rebeldía en contra de las estúpidas apariencias y me agredían las primeras cornadas de un hipismo incipiente. ¿Existen ondas de influencia encargadas de captar adeptos dentro de un colectivo para una fórmula social diferente?. Lo ignoro, pero es posible. Y no me refiero a las modas, que son producto de un proyecto comercial bien organizado para influir a las masas.

De modo que, ponerme una gabardina, unos zapatos nuevos o cualquier otra prenda demasiado común, «que estaba de moda», me hacía sentir común mostrándome a los demás bajo su misma apariencia. ¡Y yo ya no quería ser igual!. Lo peor ahora, me parecía seguir siendo justamente consumista de propagandas comerciales y confundirme dentro de esa mediocridad masiva de la que estaba más que saturado. No, el hábito no hace al monje, ¡pero le identifica! y lo que yo buscaba entonces era identificarme a mí mismo en otra forma de vestir más de acuerdo a lo que pretendía ser. Algo muy simple que debe ocurrir a todo aquel que pretende ser individualista y ha de decidir. Eso era. Había llegado mi turno y había que transformarse.

También en la música sufrí cambios desde que me resigné a creer que ya nunca sería un virtuoso del violín. Tenía que saber perder, pero sin perder del todo. Guardando mi última bala.

Ahora le había dado el traste a toda la música clásica a la que siempre había sido adicto, y me pasé al jazz, esa forma tan distinta y que tan poco había observado, obsesionado sólo con las obras de virtuosismo instrumental y de gran concierto.

Descubrí en el jazz un mensaje muy afín a mi peculiar estado de ánimo de entonces, cuyo lenguaje era un puro diálogo con mi interior atormentado y dolorido. El jazz me hablaba de la angustia, la sensualidad, la paranoia sexual a veces, la incógnita espiritual, la tristeza, el dolor y hasta me hacia participar en la nostalgia de unos ex-esclavos negros que hacían música de sus lágrimas, perdidos en los confines de un Harlem neoyorquino, caluroso y tétrico, desde donde lanzaban a todo el mundo su historia y sus atormentados sentimientos. Unas impresiones auténticas que yo no había observado antes al escuchar esa clase de música tan genuina, tan original...

Inmediatamente dejé de lado la otra música y me dediqué a escuchar jazz con un fervor casi religioso. Todo aquel llanto melódico me desgarraba, pero era un sedante armonioso a mi corazón lacerado.

Recuerdo que pasaba largo tiempo oyendo a Victor Silvester, Tomy Dorsey, Duke Ellington, Benny Goodman y muchos otros grandes músicos de jazz interpretando «Blues» cuyos discos ya estaban fuera de tiempo, —es decir, de éxito fugaz,— pero que yo descubrí tarde en las paradas de los Encantes de Barcelona como verdaderos hallazgos y me los había llevado conmigo.

Sobre todo había un viejo disco, medio jazz, medio balada melódica cuyas notas me devuelven siempre esta época: «The Things that I do for Love», y «Au revoir», dos números interpretados por Victor Silvester. Era un poco música de salón, de una gran belleza.

 

Lo ponía en mi viejo tocadiscos de manivela His Mater’s Voice, (otro hallazgo en los Encantes), me echaba sobre el lecho y fumaba lánguidamente. ¡Qué voluptuosidad cerebral!.

Era un puro goce el dejarme llevar por aquellas notas que me situaban a un tiempo pasado en el que tanta otra gente habría sentido las mismas impresiones que sentía yo entonces. Creo que ese es el verdadero embrujo que tiene la música.

Y por extensión (la música es siempre la gran aliada del sexo y el amor, se dice), pensaba en los hombres sin ruborizarme; intentaba descubrir significados contenidos en palabras como: Dios, moral, «mi bien» «mi mal», nada, vicio, virtud... y otros. Dejarme llevar por ideas fáciles con fáciles respuestas, —no siempre veraces— era algo que me gustaba hacer en ese juego entre imaginación y música. Creo que la música y la vida hacen tortilla.

Así pasaba mis atardeceres, en solitario, —como antes— leyendo y escuchando música en mi cuarto, hasta que la luz rosada, casi sangrienta del crepúsculo se infiltraba por la pequeña ventana y el reloj de la iglesia cercana soltara sus siete campanadas, anunciándome con su lúgubre tañir la proximidad para mí, de otra noche sin amor, desperdiciada. El olor a primavera seguía punzante en las enredaderas del viejo y húmedo muro del hostal. Me despertaban ansias extrañas, turbulentas.

Y luego, ya de noche después de cenar, sin variación: visita obligada a la cafetería de la plaza, café con leche, televisión, partida de dominó con el señor Leandro y el gitano, y charla a lo largo del programa.

Yo tranquilo, pero sintiendo con ánimo enfermizo ese ligero temor frente a la interrogante de mi cercano futuro al notar como los días se esfumaban...

MES DE MAYO

 

— Recordar nuestro pasado suele ser, y sino fíjese, como releer un libro medio olvidado. En él encontramos siempre cosas nuevas que pueden servirnos de instrucción o de un cierto desvelo. ¿No lo cree usted también?...

Se lo pregunté al señor Leandro aquella noche antes de dormirnos, mientras él estaba leyendo. El señor Leandro me miró ausente. Dijo:

— Ah, sí, claro; —pero su alelado asombro decía mejor: «¿Y a qué viene eso ahora?». Uno de mis momentos baladíes, supongo.

— Es que estaba pensando, ¿sabe?. Perdone usted y siga, siga leyendo.

— ¡Ah!... pensando... —él murmuró.

Creo que me revolvía demasiado en mis propios malos recuerdos intentando hallarles una explicación. Pues estaban mal ensartados. 

Bostecé y me volví hacia el lado de la pared. Me había acostumbrado perfectamente a dormir con la luz encendida.

Después de todo, seguí pensando, encontrarme en aquel lugar tan poco «simpático» y al lado de aquel hombre tranquilo que me inspiraba una atracción física absolutamente negativa, me daba esa tranquilidad y seguridad de sentirme acompañado, a salvo, algo tan diferente comparado al miedo y la soledad que experimenté en París. Ahora estaba sosegado, tenía compañía, modesta y suficiente comodidad y podía contar aún con el calor y la estimación de Gregorio, mi tutor, tan viejecito ya, el pobre.

Todavía me quedaban algunos días de corazón paralizado, de ausencia de deseos, de conformada indiferencia. ¡De paz!. Sí, todo ese acallamiento era paz. La paz que tanto buscaba.

Volví a girarme y a bostezar.

Reparé entonces que desde hacia algún tiempo, y como en manada, un apretujo de bostezos parecían luchar, abrirse paso en mi garganta. ¡A veces bostezaba hasta diez o quince veces seguidas!. Eso no podía ser nada bueno. ¿No era toda una señal de aburrimiento, de falta de actividad, de un dispendio en aventuras amorosas, y el fallo se mostraba como síntoma neurótico?... No me gustaba para nada esa señal de descarrío. Las personas solas deben bostezar en la cama. Observé que al señor Leandro le ocurría igual a menudo.

— ¿Añora a su mujer? —yo le preguntaba.

Él se hacía el despistado.

— Pssssch. ¡Tira hombre tira!. A esas edades ya...

Posible. Pero luego bien que me decía en oportunos momentos por la calle:

— ¡Chico cómo está esta mujer!. ¡Qué figura, qué piernazas, qué...

— ¡Se le va a indigestar la vista!.

Y por las noches, tranquilidad, bostezos y a dormir.

Era obvio que los dos estábamos mortalmente aburridos, atrapados en nuestras propias trampas, inmovilizados para salirnos de ellas. El señor Leandro —de quién yo no conocía mucho de su pasado— estaba más atrapado que yo. (Era más viejo, claro). Ya no le importaba nada y parecía totalmente adaptado a su medio rutinario, sin otra ambición que la de hacer su pequeño trabajo y leer novelas policíacas y del oeste todas las noches. Era una situación que podía «engancharte», igual que podía ocurrirme a mí. Creo que es difícil romper el molde de la rutina una vez te adaptas a ella. ¿O es un conformismo obligado por leyes naturales a todos aquellos que no tienen una misión, o una tarea importante que llevar a cabo en la vida?... Los pequeños trabajos, también alguien tiene que hacerlos. Y creo que los ambiciosos también reaccionan a otros impulsos de actividad quizás igual que los otros «obligados» por esas «leyes naturales». Me intrigaba pensar en que sería lo que «movía» nuestra mente para empujarnos a actuar.

No conseguía aprender de mí mismo todavía para poner en orden el significado de mi existencia y hacia donde me dirigía. Me parecía que el absurdo seguía dándome la mano y, más que nunca, ya no me aclaraba en nada.

....   ....   ....

 

A medianos de mayo, durante un fin de semana decidí ir a Barcelona para gastarlo junto a Gregorio. A decir verdad, añoraba sus atenciones, verle, aunque envejecido y deteriorado, y poder seguir escuchándole insertando siempre pasajes de su pasado, tan precioso para mí. La incógnita de mis ancestros seguía viva, pero mientras él estuviera en este mundo quería confiar en un posible esclarecimiento o inspiración de su parte que me llevara a una buena pista para encontrarles.

En esas escapadas a la gran ciudad, acostumbraba a salir cuando oscurecía para embriagarme un poco con los aires de Barcelona: el vigor de su pulso vivo en las calles, la belleza de sus comercios suntuosos, la alegría (al menos aparente) de su atmósfera feliz, hasta dejarme caer, cansado de tanto andar, en la Plaza de Cataluña.

Me sentía distinto ahora, desde mis tiempos de estudiante, cuando mi timidez y mis complejos me quitaban desenvoltura para moverme libremente por la ciudad y meterme con los demás.

La ciudad me parecía distante y fría en aquella época. Ahora la veía risueña y amigable.

Había descubierto que en la Plaza de Cataluña pululaban cierto tipo de personas bastante pintorescas —similares a mis antiguos interlocutores de Las Ramblas— que con su peculiar sentido del humor me abastecían de alegría para el resto de la semana durante mi destierro, allá en el pueblo. Eran los maricas, claro.

Realmente, la Plaza de Cataluña me parecía más intrigante y atractiva que el todo París que descubrí durante quince días. Yo la llamaba «La Plaza de las Mutaciones».

La llamaba así porque durante el día, era una plaza como cualquier otra de su estilo, poblada de gente ordinaria que tomaba el sol, que le daba comida a las palomas, se sentaba a leer en una silla que había que pagar, o para «fer el cap gros», como dicen los catalanes, o simplemente la cruzaban, sin más, perdiéndose por sus cuatro puntos cardinales. Nada «raro» remarcable. (Claro que también lo habría, pero más disimulado).

Pero al atardecer, cuando se encendían los letreros luminosos, el ambiente se transformaba. Las mujeres con niños, los señores con sus periódicos, el público fatigado que se sentaba para descansar un rato tomando el fresco, desaparecía y la plaza se quedaba casi vacía, sola con el revolotear de las palomas y el cántico de sus fuentes. Era la hora de la mutación.

Con la brisa de la noche, serían «otros» los personajes atraídos hacia la plaza que acudirían, sin retraso, a «tomar el fresco», amontonándose en las orillas como esas hojas secas, caídas, —como cantan los poetas— arrastradas hacía donde el viento las llevara.

También yo era una de esas hojas. El embrujo era fuerte. La fuente luminosa, las luces de neón, parpadeantes, el ruidoso tráfico y la gente que, con un cierto sigilo se sentaba en los bancos de piedra laterales sobre los «Retretes» que estaban frente al edificio de Telefónica... Todo el rumor de la Plaza era un canto a la alegría, a la aventura. Sólo había que saber esperar como lo hace cualquier prostituta.

Sin embargo a mí, la «situación» y el decorado, me parecía mucho menos objetivo y materialista. Aquello era como «el crisol de unas almas tránsfugas que buscaban su sosiego en aquel lugar». Me parecía encontrarme sumergido en el fondo del vaso de la Plaza, y la miraba como si una enorme campana de cristal la cubriera, manteniendo aquella intimidad de luces, colores y juegos de agua, dentro de un acuario que se llenaba de peces de colores llegados de un elemento en el que se ahogaban y en el que no podían respirar. La Plaza les rescataba. Toda ella se convertía inusitadamente en un lugar mágico, «transpuesto», en uso para un específico fin: encontrar amigo.

Como otras veces, —no era la primera vez que me sentaba en aquellos bancos de pecado— estaba ansioso para encontrarme con alguno de mis viejos conocidos y aprender de ellos, que tenían tanta escuela. 

No tardé mucho tiempo sin que viera colmadas mis esperanzas al aparecer uno de mis conocidos. Apareció casi de improviso.

— ¡Eh, Santita!... —oí exclamar en una voz chillona, a mi espalda.— ¡Pero qué haces aquí, tan sola y despistada como siempre!.

Lo de «santita» me puso colorado. ¡No sabía que me llamaran así!. ¡Qué mote tan significativo!.

El recién llegado era un joven de mi edad metido en un enorme jersey amarillo que le llegaba hasta las rodillas, al que llamaban «La Prensa» —llevaba consigo siempre un periódico bajo el brazo «para tener las manos ocupadas», como él decía— quién había aparecido de pronto por el lado donde estaban los «Retretes». Yo sabía, por lo que me confesaron mis demás conocidos, que él era una de las clásicas «moscas de water», algo muy común entre los aficionados a los hombres. 

— ¡Pero qué haces aquí, tan sola como siempre!.

El recién llegado era un tipo más o menos de mi edad que hablaba con exagerados gestos afeminados y que se pegaba como la tiña. Un asiduo concurrente de la plaza que conocí por mediación de uno que se hacía llamar «Gelu» y con el que sostenía una cierta amistad verbal.

— ¡Oye! —añadió plantándose frente a mí.— ¡Deja que te vea bien!. ¡Pero cómo estás de cambiada, hija!. ¡Qué extremada!. ¡Si hasta te has dejado el pelo largo a lo hippie!... . ¡Ay, qué gracia!. ¡Pero qué extremada!. ¡Ahora sí que vas a ligar!...

Me cogió de sorpresa toda esa mofa. ¡Y tratándome en femenino!. ¡Qué vergüenza!. No sabía como reaccionar ante semejante «atropello». Pero creo que fui inteligente y me dejé llevar por la situación.

— ¡Mira ésa!. ¿Te ríes de mi, verdad?... —le dije mirándole a los ojos.

— ¿Yo, reírme de ti?. ¡Vamos, hija!. ¿Tú crees que yo podría hacer tal cosa, tratándose de ti, tan buena chica?... —y al decirlo puso la vista al cielo cruzando sus manos en el pecho.— ¡Qué bah!... Oye encanto, ¿y qué es lo qué haces aquí?. ¿Esperas a alguien?. Hoy la plaza está a tope de tíos. ¡Mira, mira a tu alrededor y date cuenta de todo lo que hay!. Aunque la rivalidad está también a tope con tanta mariquita junta... ¡Si parece el día del resurgimiento de las maricas!. Se nota que es primavera y las mariposas han salido a revolotear buscando capullos.

A decir verdad, me encantaba su forma de expresarse. Era una manera muy peculiar que tenía la gente que circulaba por allí, y tenía mucha gracia. ¡Oír a un hombre hablando como si fuera una mujer!. ¡Era aberrante!. Estaba cansado de oír chistes de maricas, en los que se les imitaba, pero la gracia resultaba ser sólo eso, un chiste. ¡Ahora no!. ¡Estaba delante de la misma y absoluta realidad!. «La Prensa» hablaba completamente convencido o convencida de ser una especie de mujer, y era ya tanta la costumbre que tenía de expresarse de esa manera, que ya no podía ser diferente. Quizás también yo tendría que acostumbrarme a esa clase de actuación, en el futuro. ¡Qué difícil y ridículo me parecía!. Mi tarea en desarrollar «la loca» que llevaba dentro, era ardua. Pero es cierto que esperaba conseguirlo. Después tendría que aprender a contrarrestar este carácter.

Para decir algo, le pregunté:

— ¿Y la «Gelu»?. ¿No sabes nada de... «ella»? —era mi conocido eventual.

— Pues creo que anda por ahí. Ya la verás. Me parece que ahora está liada con un moro, y está medio loca por él. Ella es muy puta, ¿sabes?, y sin chulo no puede estar. Cómo sea, pero tiene que comer caliente todos los días. ¡La tía!... ¡Y tú qué!. ¿No estás liada todavía con un buen macho?...

— No, claro que no —dije, poniéndome colorado otra vez.— ¿Crees que estaría aquí si lo estuviera?.

— ¡Hija!. ¡Como que ponerle los cuernos a tu chulo sería una rareza!. ¡Lo hacemos todas!.

Nos quedamos mirando alrededor unos instantes cuando vimos a una pareja de hombres aproximarse.

— Mira a esas dos locas —me dijo «la Prensa» a media voz:— «La Bella y la Bestia». ¡Pero es que la bestia está forrada de pasta!. Es una ex-manicurera de un famoso estudio de cine francés. ¡Una guarra!. ¡Y la españolita es la lameculos que le está sacando toda la guita!.

El mariquita joven y el viejo nos cruzaron andando con indolencia a la vez que nos lanzaban obvias y llameantes miradas de odio al darse cuenta de que les estábamos observando.

«La Prensa» no pudo aguantarse y soltó una de sus carcajadas histéricas casi en las mismas narices de los dos maricas.

— ¡Ay, pero que desgraciadas sois, bolleras de mierda!. ¿Has visto cómo nos miraban?. ¡Ni que fueran dos vedettes de Hollywood, las tías!. ¡Anda ya!. ¡Lesbianas, bolleras puercas!. ¡Qué asco me dais!. Mira chico, es que no las aguanto. ¡Si por lo menos una de las dos fuera macho!... No se qué pasa, pero hay una tendencia ahora en que se junten las mariquitas. Antes se podía ver más a menudo quien era quien; me refiero a un macho y su mariquita de turno. Ahora no. Se juntan dos iguales, ¡y hala, a hacer bollo!.

Afortunadamente, «ellos» no quisieron darse por aludidos con todo ese discurso de la «Prensa» y sin hacerle el menor caso siguieron con su paso indolente, alejándose.

En esas apareció la «Gelu».

— ¡»Gelu», qué tal!. ¡Cómo estás! —dije efusivamente al verle.

— ¡Ay, querida!. ¡Pues muy bien!. ¡Pero cómo estás tú!. ¡Cómo te has puesto de ligona!. Fíjate que no te reconocía y me preguntaba a mi mismo, ¿pero es o no es... ?. ¡Estás muy bien, oye, pero qué muy bien!. ¡Qué cambio de decoración!. Hija, es que la verdad, ¡cómo te vestías y te presentabas antes, parecías un ermitaño de aquellos de por allá del monte Gurugú o yo qué sé!...

— ¿Verdad que sí, que está irreconocible? —intervino la «Prensa».— ¡Un cambio que ni la Cochinelle, vamos!.

La tal «Gelu» me parecía mucho más «bona fide» que la otra, que podía ser muy ácida y meticona. (Sin darme cuenta ya empezaba a criticar como hacían ellos).

— ¡Y por qué no te dejas caer más a menudo por aquí! —añadió la «Gelu».— ¡Si casi no se te ve el pelo, coño!. ¡Tú siempre tan metido en tus estudios y tus cosas raras!. ¡Si es que no paras, verdad?...

— ¡Sí, querida hermana, sí! —dijo metiéndose de nuevo la «Prensa»— ¡Pero no «paras» porque de mamá soltera te quedaría horrible!.

— ¡No le hagas caso a esta loca!. ¡Es una envidiosa! —dijo la «Gelu».

La «Gelu» —él prefería ser tratado en femenino— tenía 18 años y era muy bonito, muy femenino, con grandes ojos almendrados que aumentaban cuando se ponía «rimel», y una boquita sensual, muy «de mujer», como él decía. Efectivamente tenía mucho éxito con los chulos moros y los nacionales. Estaba «al dente», decía. (Conocía esta expresión porque sus padres tenían un restaurante en la Costa Brava y la utilizaban mucho. )

Yo le había conocido en la plaza algunos meses antes y nos hicimos amigos. Me enseñó muchas «sinvergüencerías» del mariconeo que había que aprenderse —según él— de obligado si uno quería estar en la «profesión». ¡Su argot me fascinaba!.

— ¡De verdad, hermanita de leche que estoy encantada de volver a verte! —añadió después la «Gelu».

Y así, siempre en ese tono estuvimos conversando los tres durante más de una hora. ¡Me reí en cantidad! —como ellos decían— y hasta nos «enrollamos» con dos gallegos ladrones recién salidos de la cárcel que buscaban protección en nosotros. Nos los quitamos de encima.

Cuando me despedí de ellos, muy estimulado y lleno de buen humor, no sentía deseos de dirigirme a mi casa, y sí mucha curiosidad por darme un recorrido por la Plaza Real antes de retirarme y ver de cerca a los famosos hippies que ya proliferaban en masa por Barcelona.

Efectivamente, la Plaza Real estaba «infectada» de ellos.

El colorido del lugar era impresionante. Un gran círculo de hombre y mujeres jóvenes vestidos estrafalariamente estaban sentados alrededor de un altavoz, en medio de la plaza, de donde salía la música estridente de los Rolling Stones a todo volumen.

Sin saber donde ponerme, me senté en el borde de la fuente central y allí me quedé un buen rato mirando todo el panorama

Cerca de mí había otro grupo de hippies muy jóvenes con sus petates en el suelo que hablaban muy desenvueltos. Uno de ellos vi que me estaba estudiando, y tal vez por mi indumentaria —unos pantalones azules muy estrechos y una camisa floreada sobre la que rozaba mi cabello largo hasta el hombro del que colgaba el tirante de un bolso de paja— me tomó por uno de ellos. Dirigiéndose a mí, dijo levantando la voz:

— Oye tú. No te había visto antes. ¿Eres nuevo?. ¿Estás con alguno de estos grupos?...

— No, no... —dije un poco azorado.

El muchacho, separándose de su grupo vino a hablar conmigo.

— ¿De dónde eres?.

— De aquí.

— Pero eres uno de los nuestros, ¿verdad?.

La pregunta me pilló de sorpresa. ¿Qué podía contestarle que no le irritara?.

— Bueno, —dije— me gusta el «hippismo», pero no estoy metido en ningún grupo. No conozco a nadie.

El chico se quedó unos momentos pensativo.

— ¿Y por qué no te juntas con nosotros?. ¿Te interesa que te llevemos a Cadaqués, a casa de Salvador Dalí?. Nosotros estamos invitados y podemos llevarnos a todos los hippies que quieran venir. Lo pasarás bien, tío. Aquello es pura orgía. A Dalí le gusta mirar, es un «voiyeur», ¿sabes?. Yo estuve una vez y nos atracamos de todo, porros, alcohol, comida, juerga... Es posible que estemos allí un par de semanas, o más, y no tendrías que preocuparte por la comida ni por nada...

Era un chico muy hombrón cargado de extrañas insignias en la solapa de su chaqueta nazi. Su pelo lacio, negro, le caía en cascada sobre la espalda, y su mirada, algo turbia, le denunciaba como si estuviera drogado. «Sería por la marihuana», pensé. 

— Y además, —él prosiguió— podrás tirarte a cualquiera de estas chavalitas que están tan ricas y que también vienen con nosotros... Aquí, en Barcelona, las ofrecemos a los catalanes con pasta que vienen a la plaza a buscar chocha...

Se interrumpió unos segundos mirándome con cierta suspicacia Luego añadió:

— Bueno, y si te gustan los tíos, también habrá alguno que pueda complacerte... ¿Qué me dices, eh?... ¡Nosotros somos gente liberada!.

Dejé resbalar la mirada por el suelo sin decir nada, hasta que al fin, mirándole fijamente a los ojos, le di mi respuesta:

— Lo siento, pero no puedo. Vivo con mi familia, ¿comprendes? y me están esperando. ¡No puedo desaparecer así, por las buenas!. Lo siento mucho, pero gracias por la oferta; no puedo aceptar.

Me levanté del borde de la fuente, y sin más, sólo añadí:

— Adiós. Tengo que irme.

Y me fui.

Mientras me alejaba de la plaza podía sentir la mirada del hippie clavada en mi nuca y hasta imaginar las extrañas preguntas que se estaría formulando. Pero yo no me volví y emprendí ruta hacia las Ramblas decidido a desaparecer de aquel lugar.

Con sinceridad, el movimiento hippie me fascinaba. Pero en algunos puntos de su anti-cultura, yo discrepaba un poco. Por ejemplo no me habría sentido confortable viviendo su estilo de vida ni muy «centrado» aceptando su amoralidad poco constructiva, es decir, sin un equilibrio. Me refería a no querer potenciar nuestra necesidad natural de ser útiles a los demás y a convertirnos en parásitos viviendo de una forma marginada, pero sacándole provecho a la misma sociedad que se censuraba. Tampoco consideraba muy adecuado su antiprogreso y el desprecio por el resultado de siglos de esfuerzo. Aunque yo estaba en contra de la moral preestablecida, no estaba del todo en contra de una conducta ética conforme conmigo mismo. Y también sabía que a pesar de todo mi inconformismo, nunca podría ser un buen discípulo de la inmoralidad. No ya sólo en lo que concierne al sexo —las reglas sobre sexo me parecían totalmente inadecuadas y poco estudiadas. ¡Absurdas!. Los hippies las cambiarían,— sino que de entre la diversidad de sus posturas intuía que también en «eso», tenía que haber un control, un equilibrio.

Sin embargo, sus utopías concernientes a una hermandad universal, —aquel retorno a los comienzos de un cristianismo de catacumbas— así como su desprecio por el establishment y su postura apolítica siempre en contra de lo que se llamaba la «sociedad conservadora y de consumo», me parecía ideal. Lo mismo me parecía su agresividad para mantenerse libres, que consideraba audaz, con la aportación de sus nuevas ideas en el arte, la música ¡y hasta en su nueva moral utilizando los «derechos humanos» y el amor libre!. Sus propuestas de «revolución sexual» y su creciente interés por el conocimiento de otras filosofías y religiones orientales, —tan psicodélicos, ellos—, también me despertaban la admiración y el deseo de imitarles. Intelectualmente les seguía con fervor, y estaba seguro de que aquel movimiento aportaría a una sociedad estancada el cauce de otras vertientes de agua viva que refrescarían lo que parecía ya podrido. No podía negarme que me gustaban y me atraían muchas de las cosas que hacían los hipies. Otras, al menos a mí, no las consideraba tan laudables.

Creo que tuve un día completo y lo terminé feliz cenando con Gregorio en el apacible comedor de nuestro pisito de la calle de los Almogávares, conversando amistosamente con él, cambiando impresiones sobre muchos tópicos. Y mas que nada, hablando sobre sus achaques. Me tenía francamente preocupado con tantos males que le abordaban, sabiendo que tendría que estar apartado de él hasta el verano. Pero como siempre. Gregorio seguía atendiéndome hasta en los más nimios detalles mostrando siempre sus exageradas atenciones de criado, más que de padre, hasta el punto —que yo siempre se lo recriminaba— de que mis cenas parecían mas bien las cenas de un marqués, siempre servidas en buenas vajillas y cubiertos plateados, que las de un pobre huérfano como yo. Ciertamente, Gregorio me tenía muy mal acostumbrado y yo le quería demasiado como tutor, y mucho más que esto. En todo, él siempre fue «demasiado» para mí.

Cuando le di el beso de «buenas noches», —así fueron siempre mis costumbres con él,— por un instante sentí que me daba miedo pensar en el porvenir sin su presencia, presintiendo cuánto le echaría de menos, en el futuro. ¿Era eso puro egoísmo?... No; le quería por sus valores y porque era la única persona que yo tenía más cerca, en el mundo.

FINALES DE MAYO

 

Cuando regresé al pueblo aquella radiante mañana de mayo y me acerqué al hostal antes de ir a la escuela para dejar allí algunas compras hechas en Barcelona, me sorprendió descubrir sobre la mesita de noche, en mi cuarto, una carta dirigida al señor Leandro procedente del juzgado de Málaga.     Por supuesto, no era carne de mi nariz y no debía meterla donde no debía, como decimos. Pero ya se sabe, la curiosidad es un sarcoma peor que el cáncer (¿aprenderíamos algo si no fuéramos curiosos?) y no pude resistirla. La carta estaba abierta, lo que significaba que el señor Leandro ya la había leído, pero la había dejado u olvidado sobre la mesita, quizás fiándose de que yo no estaría en la habitación hasta el mediodía. De ordinario, cuando yo llegaba de viaje iba directamente a la escuela.

Inevitablemente, y como si cometiera un delito —de hecho lo cometía— saqué del interior del sobre la hoja de papel doblada en un pliegue y la leí toda.

Lo que leí me dejó perplejo por unos segundos: ¿Una citación del Juzgado Municipal de Málaga?. ¿Y con carácter de urgencia?. En un párrafo decía: «... y como hacemos anualmente debe personarse en nuestro Juzgado lo antes posible para cumplimentar el formalismo de su localización en la misma dirección donde se hospeda a fin de que se pueda seguir otorgándole la libertad provisional».

Me quedé muy sorprendido. ¡De modo que el señor Leandro era un ex-convicto que estaba bajo vigilancia de la autoridad, y ahora era reclamado!. ¿Y por qué motivo le meterían en la cárcel?, pensé. Mi curiosidad crecía, y esto me parecía bien. Estaba dejando atrás mi indiferencia por los demás.

Metí la carta otra vez en el sobre, y me largué corriendo a la escuela. Se me hacía tarde y no quería ser criticado de dormilón, sin serlo.

Toda la mañana la pasé entre preocupado y curioso por lo que pudo ocurrirle al señor Leandro para que le metieran bajo llave. No obstante, no pensaba preguntarle nada sobre su secreto. ¡Y jamás se enteraría de esto el gitano, ni nadie, por mi parte!. Pero la cosa me intrigaba, de verdad que me intrigaba...

No vi al señor Leandro hasta por la noche. Él no había aparecido en el hostal a la hora del almuerzo y por la noche llegó tarde; pero por lo visto había estado en la habitación porque la carta ya no estaba sobre la mesita de noche cuando yo subí.

Me acosté temprano, cansado por mi escapada a Barcelona,  cuando poco tiempo después de meterme en cama y desalentado ante una lectura recién empezada, escuché los pasos de él, el señor Leandro, que se acercaban al cuarto.

— ¿Tampoco ha ido usted al café, esta noche? —le pregunté apenas se metió en el dormitorio.

— No. Hoy no me apetece salir, —dijo casi dando un portazo.— Prefiero descansar. Ha sido un día muy ajetreado en el hospital.

No me parecía muy alegre. Tenía una expresión muy seria y casi no levantaba los ojos del suelo. Fue desnudándose hasta quedarse en ropa interior, y se acostó. Pero no apagamos la luz y nos quedamos los dos pensativos, como si un discreto instinto de comunicación flotara en el aire, indeciso aún.

— Pues a mí ese viaje a Barcelona no me ha dejado muy contento —dije dando paso a las confidencias.— No sé, mi tío está bastante mal. Se queja mucho, el pobre. Nada le funciona bien en su cuerpo, ya sabe: reuma, presión arterial muy alta, diabetes, mala circulación... No sé qué le va a pasar. Estoy preocupado. Ya tiene 76 años.

— ¡Hombre!. Está en la edad de los achaques. ¡Qué quieres!. —él comentó.— Pero tienes más familia, supongo.

— No. La verdad que no —dije desfallidamente.

Ladeé la cabeza para mirarle. Hubo un cruce de miradas esquivas.

— Pues mira, ¿sabes qué te digo?... ¡Mejor, chico, mejor!. ¡Y para qué quieres tener más familia si a fin de cuentas los familiares no sirven para nada!. ¡Tú a lo tuyo y déjate de hostias que tu libertad ya la quisieran tener muchos!.

Como era de esperar, el señor Leandro me daba su opinión con aquella dureza suya tan característica.

— ¿Tan alta tiene su estima por la familia?, —pregunté, sin que realmente me interesara demasiado este tópico tan maltratado. A mí siempre me había preocupado la idea de la familia más bien circunstancial, siempre en tela de juicio en mi caso, digamos, tan poco ejemplar; pero que dejé finalmente de lado pensando que no es tan importante; que incluso aparejarse es una forma de formar familia, lo cual, sin tener normas de legalidad, sigue siendo familia y es lo mismo. No me obsesionaba mucho pensar en ello, aunque sabía que un hogar compartido es fundamental para todos, sin despreciar que el vivir solo puede ser muchas veces opcional.

— ¡Y a quién coño le preocupa una mierda la familia si a la hora de la verdad son unos extraños!. Mira, muchacho, a mí la familia me ha dejado siempre en la estancada. Aparte de los padres, y con suerte algún hermano, lo demás, todo mierda. ¡Caca de la vaca!, como dicen por aquí. Creo en los padres y los hijos, en ellos sí creo...

¿Si eso no es familia?, pensé... Era demasiado retórico.

— Y en el matrimonio, supongo —le interrumpí, interesado más que nada sobre la posible relación que pudiera tener aquella citación del juzgado con alguna conducta reprochable contra su esposa.

Tras mi pregunta el rostro del señor Leandro cambió. Se puso rojo de coraje.

— ¿En el matrimonio?... ¡Vamos, chico!. ¡Tú eres demasiado tierno todavía para entender a las mujeres y saber lo qué es la vida matrimonial!. ¡Demasiado blando!. Prefiero callarme y dejar que pienses lo qué quieras. ¡Menudo embrollo, y qué falaz mentira me parece a mí el matrimonio!.

Ya me imaginaba que su experiencia de casado no debió ser muy brillante; esto era evidente. Pero no sabía que su odio a ese «santo estado» tuviera tal magnitud. Llevar su machismo a un máximo extremo debió darle muy mal resultado con su pareja. Me atreví a insistir:

— Es que no entiendo el por qué de su desagrado a los que se unen para siempre. ¿Tan mal le fue a usted?... Según me dijo en cierta ocasión, estaba separado de su mujer.

— ¿Mal, dices?. ¡Yo diría que fatal!... Pero en fin, Abel, no puedo hablarte de esto; pertenece a mi pasado y no me gusta removerlo... Apaga la luz, ¿quieres?. Necesito descansar.

La «pera» eléctrica estaba en medio de las dos camas paralelas, pero yo la alcanzaba mejor. Hice lo que me pedía y permanecimos así, en silencio en la oscuridad, despiertos durante un buen rato.

Por la mañana, mientras nos vestíamos, el señor Leandro me dijo, sencillamente:

— Ah, oye. Esta tarde salgo de viaje. Tengo que estar urgentemente en Málaga y no voy a regresar hasta dentro de tres o cuatro días. O sea que, no te extrañe que no me veas por aquí esta noche. No pasa nada, pero he de irme.

Lo comprendí y no dije nada al respecto. Me daba perfecta cuenta de que él no quería hablarme de los motivos de su viaje.

Le di la mano antes de salir de la habitación y le deseé buen viaje expresando mis deseos de volver a verle pronto.

Cuando al mediodía bajé al comedor del hostal a buscar mesa —había roto con la rutina de sentarme siempre en la misma y ahora me gustaba mariposear sentándome hoy con el gitano, mañana con el señor Leandro, otras veces solo— en seguida me vi al gitano esperándome en la mesa principal haciéndome señas de que fuera con él, y por lo visto muy interesado en contarme algo especial. Podía leerlo en su expresión.

— ¡Hola extraño! —le dije al sentarme en la mesa con él.

— ¡Coño, Abelito, qué bonito estás hoy!. No te veo desde el viernes pasado. ¡Me parecen cien años!. ¡Estás muy mejorado con esa forma de vestirte y peinarte ahora!.

— ¡Bueno, ya está bien!. ¡Déjese de cumplidos que ya sabe usted que a mí me cargan! —exclamé abriendo la servilleta.— ¡Y qué!, ¿todo bien?...

— Sí cariño, sí, todo va bien. Llevo unos días que la polla no se me baja ni saliendo a tres polvos diarios... ¡Coño, qué vitalidad la mía!. ¡Ya no sé ni dónde meterla pa dormirla!.

Se quedó callado al acercarse la camarera (la bollera) para servirnos la sopa y la ensalada. Pero antes de que se fuera, el gitano lo aprovechó para tirarle algunos piropos.

— Pobrecita, —dijo cuando se fue— también le hace falta a ella un poco de mimo, aunque sea tan fea, ¿no te parece?. Pero no creas, ¡el coño debe tenerlo rico!... ¡Y qué no es nadie ésta en la cama!...

Cambiando el tema de golpe, dijo:

— ¡Ah, oye Abel!. El practicante ha salido de viaje, ¿verdad?. ¿Te has enterado?...

— Sí, sí, estoy enterado —dije únicamente.

— Se ve que el tío tiene problemas con la justicia. ¿Lo sabías también?...

Aquí ya me quedé cortado. ¿Qué le decía?...

— No... claro que no. Yo no sabía... no sé nada de eso.

— ¡Pues agárrate fuerte, y si lo quieres hacer en algo duro, hazlo, que yo te doy esa barra que tengo aquí, en la mano, porque el «rodaje» tiene trama y no fueras a caerte!.

— No sé a qué puede referirse usted, la verdad —dije hipócritamente, muy interesado por el «chisme» sobre el señor Leandro que él aludía con tanta satisfacción.

— ¿No te ha dicho él que se iba a Málaga, la ciudad de «los hechos»?.

— Sí, me lo ha dicho, sí...

— ¡Pero lo que no te ha dicho ha sido el por qué, claro!.

— No. No me lo ha dicho.

Bajando la voz y con los ojos saltones y brillantes el gitano acercó hacia mí su rostro verdoso desde el otro lado de la mesa para decirme entonces, eufórico:

— ¡Es un preso!. ¡Está aquí bajo libertad provisional, pero ese cabrón tendría que estar en la cárcel!.

Estaba bien claro de que al gitano no le saltaba el corazón loco de aprecio por el señor Leandro. También entre ellos había un fuerte antagonismo que yo había podido observar. Pero lo que me decía, hasta aquí, no me descubría más de lo que yo me enteré el día anterior. 

— Y bien —yo añadí:— si usted lo dice, y aunque así sea, esto no es ninguna cosa del otro mundo. Cualquiera puede cometer un error que le lleve a la cárcel. Pero si a él le dejan suelto, es porque su falta no debe ser muy grave, creo yo.

— ¿Qué no es grave, dices?... —el gitano arrugó la nariz y gesticulando exclamó:— ¡Ese Leandro es un criminal!. ¡Se cargó a su mujer y le condenaron a 25 años de prisión sin fianza!. ¡Si yo te contara!...

Me dejó asombrado. De primeras, lo que me dijo me pareció «muy gordo». ¿Cómo podía hablar de tal forma de alguien que apenas él conocía?.

— Pero oiga, oiga, José. Lo que me está diciendo es muy importante y no debería pasarlo de oído a oído en un pueblo tan pequeño como este. ¡Arruinará al señor Leandro!. Y además, ¿en qué se basa usted para estar tan seguro de una «hazaña» que tal vez sea una difamación?. Yo creo que debería mantener la boca cerrada, José...

— Y la mantengo, Abel, y la mantengo. ¡Pero, mira, quería decírtelo a ti!. ¡Os veo tan amigos...!. ¡Y para qué sepas quien duerme tan cerquita de ti todas las noches!.

— A mí me dijo una vez que estaba separado de su mujer, y me lo creí.

— ¡Claro, es lo que le cuenta a todos como tapadera!.

— ¿Y hace mucho tiempo que usted sabe... lo otro?

— ¡Uy!. ¡Hace más de tres años!. Aquí hay varias personas que lo saben, como los dueños del hostal, por ejemplo. ¡Y ya puedes figurártelo!: ¡la mujer del dueño es malagueña!. ¡Ella sabe todo lo que pasó en su día, allá en Málaga!. ¡Toda su familia lo sabe!. Claro que ellos son discretos y no se lo cuentan a nadie. ¡Para qué!. Yo me enteré porque mi mujer era muy amiga de ella y ésta se lo contó a mi mujer asegurándose de que seríamos discretos. ¡Y lo hemos sido, Abel!. ¿Te he hablado en algún momento antes, de todo esto? ¡No, claro que no!. ¡Ni a ti ni a nadie!...

— ¿Y por qué lo ha hecho ahora, pues?.

— Porque el tío es un mierda y a veces se mete con «vosotros» ya sabes... ¡y porque tú tenías que saberlo, coño!. Y no te digo más porque la segunda parte es mucho más fuerte y a lo mejor te dejaba hecho pedazos el corazoncito... Anda, come y olvídate de todo esto y no se lo comentes a él cuando regrese. Pero ya estás avisado y ya los sabes:. ¡«el gitano», es todavía el amigo más honrado que tienes aquí!.

Pensé que tal vez sí. Pero conmigo eran todos honrados.

MES DE JUNIO

 

Aquel sábado del mes de junio me quedé en el pueblo, desganado de ir a Barcelona otra vez con la llegada de los primeros calores, que tan mal me caían.

Después de comer, sentí que me apetecía subir a mi cuarto para hacer la siesta. ¡Había allí tanto silencio y en aquel recinto se estaba tan fresco...! Estaba seguro que los veranos en el hostal eran mejores que los inviernos. Pero yo ya no estaría allí.

Estirado en mi cama, tuve otro ataque de bostezos. ¡Ya era toda una señal crónica!. Me acordé de los homosexuales de la Plaza de Cataluña y de los hippies, y creo que me reconfortaron, porque se cortaron mis bostezos. Pensaba que su manera de comportarse, tan diferente del resto de la sociedad española, era como un supuesto de hacerme sentir menos aislado y separado del resto del mundo. Al menos existía una forma de participación con otras personas que respondían mejor a mi manera de ser, por lo cual la idea era reconfortante.

De ninguna manera yo no pretendía ser uno de esos monstruos del egoísmo en solitario incapaces de comunicar con los demás, y no participar jamás en lo que fuera necesario con ellos. No, yo no podía ser así. Lo sabía. Sólo estaba fuera de mi medio; pero lo estaba encontrando y esto me producía un gran contento y un maravilloso deseo de vivir. ¿Conseguiría en el futuro integrarme y adaptarme a ellos en su forma de tomarse la vida y atreverme a amar?. No había otra fórmula para intentar ser un poco feliz.

Oportunamente, en aquellos momentos no podía imaginar que muy pronto, —sólo unas horas después— mi sistema en somnolencia iba a vibrar en una nueva onda. Me acordé de una soberbia frase leída en algún libro: «¡El Flujo y Reflujo del Destino!. ¡Bienaventurado! ¿Qué sería del mundo embriagado eternamente de paz?»...

De un respingo me levanté y me dispuse a salir. ¡Ya basta de tanta paz!. ¿Podía perderme el encanto del campo en un día del mes de Junio y quedarme allí, medio agonizante?. Mis paseos por el campo habían sido bastante asiduos, últimamente. Me excitaban No bastaba más que elegir cualquier carretera que me alejara del pueblo y seguirla hasta llegar lejos y encontrarme frente a otros paisajes con deslumbrantes cambios de luz y de color.

Siguiendo mi instinto, poco después, salí del hostal y me fui andando por bonitos senderos hacia un pueblo que yo conocía, no muy alejado del mío: era un puñado de casas apiñadas que desde una cima se reflejaba en la «gran resclosa» de verdes aguas del río. Visto desde aquel ángulo, su perspectiva era interesante y pintoresca. Entrando por la carretera de arriba, resultaba insignificante y vulgar. Pensé que era como las personas: distintas según de qué lado se las mira.

Cuando llegué, recorrí todo el pueblo, me senté en un sucio cafetín, merendé y me dispuse a regresar. El día era espléndido.

Pero cuando ya regresaba, esta vez por la carretera principal, ocurrió que al llegar a las afueras del pueblo, en sus últimas casas de piedra grises y blancas, de improviso salió de una obra en construcción un hombre de unos 35 años montado en una Harley Davidson, quien al verme por la carretera, me saludó. Recordé en seguida haberle visto en el café de la plaza, una de aquellas noches. Era uno de esos hombres corpulentos y vigorosos, de rostro vulgar, serio, con bigote muy poblado y cabello castaño. Sin duda, mi tipo.

Sin más preámbulos, el hombre de la Harley se detuvo y me ofreció, haciendo una señal, que me montara en la moto para llevarme al otro pueblo, —al nuestro digamos—, si yo quería. 

¿Quién se habría negado?. Fue todo muy rápido, pero con un, «!Pues sí, gracias!», por mi parte, sin pensarlo dos veces me acomodé rápido en el sillín de la moto, detrás de él, muy pegado a su cuerpo. ¡Qué atractivo me parecía ya de primera vista!.

Sin poder ocultarlo había accedido complacidísimo, lo cuál a él no le pasó inadvertido. ¿Fui demasiado espontáneo, quizás?... ¡Pero Vamos!. ¡Si es que el tío estaba divino!, pensé, tomando el mismo patrón dialéctico de mis «amigas» de la Plaza de Cataluña.

Con gran estilo, él me rogó que me pegara muy fuerte a su espalda porque él era muy veloz y yo podía correr el riesgo de caerme. ¡Qué gracioso!. ¡Creo que ya era más que evidente mi «caída», en su moto!. Esquivé su sonrisa y le obedecí sin reparos. ¡Pero qué bárbaro!. ¡Al apretar el embrague casi se quedó sentado encima de mi entrepierna!.

¿Qué pensar?... ¿Se preambulaba otro mal relato?. ¡O muy bueno, quizás!. Lo único que sabía era que pegadito a él, así, agarrándole fuerte, ¡no podía encontrarme en mejor posición!. Notaba sus músculos tensos bajo su guerrera de hilo, dominando la moto, y me extasiaba viendo su nuca rizosa y fuerte, aspirando a la vez su transpiración de hombre. ¡Qué apasionante me parecía esa carrera inesperada pegado a aquel desconocido colosal. ¡Agarrado a aquel cuerpo robusto, tan ancho y fuerte... ! ¡No podía dominar mis fantasías!. ¡Me parecía demasiado maravilloso y milagroso todo esto!. ¿No era cómo si hubiera recuperado el sentido después de haberlo perdido durante tanto tiempo?. Y me preguntaba: ¿Tanto podía hacer el encuentro con ese «oscuro objeto del deseo»?... (¡Buñuel lo dijo muy bien!).

De súbito, y no muy oportunamente, me parece, me acordé de mi horóscopo del día leído en un diario: «Encuentro sentimental inesperado que puede provocar una pasión desmedida». ¡Parecía estar en lo cierto ésta vez, la astrología!... ¿Sería a consecuencia del tránsito de Marte en conjunción con mi Venus en Acuario, y en trígono perfecto con mi Júpiter en Libra?. Mi carta astral, que me conocía al dedillo, —mejor que mi «Libro de Familia»— en los tránsitos a veces respondía con extremada precisión. Yo consultaba con frecuencia mis libros de efemérides astrológicos para hacer mis propios cálculos; no creía en los que se escribían en los periódicos (eran inventados). Además, si no me equivocaba, mi motorista, quien poseía unos grandes ojos verdes, de lagarto, y de una agresividad poco frecuente, era posiblemente Escorpión, el signo más lanzado en el amor.

¡Qué incorregible!. Incluso ahora, cuando había sido «amarrado» con tanta facilidad, me iba por las nubes con mis ideas cruzadas. ¡Creo que la culpa la tenía mi Urano en Aries, en el Ascendente!.

Regresando a lo que iba, volví a concentrarme en el cuerpo que tenía ajustado entre mis rodillas, macizo y vibrante, que manejaba aquella máquina haciendo cuerpo con el suyo en perfecto equilibrio por el dominio que tenía sobre ella. ¡Toda una imagen machista!.

Con sumo tacto, yo palpaba los bíceps de aquellos brazos, unas bolas tensas, resbaladizas bajo las mangas de su «guerrera», al presionarlas con mis dedos nerviosos. ¿Por qué serían tan excitantes?... (debe ser algo parecido a los pechos, con las mujeres). Para no cansarlo, pensé en cambiar de posición y le pasé mis brazos por debajo de las axilas agarrándome a su pecho, mientras dejaba que mi cabeza se apoyara a su espalda. ¡Qué lasitud, qué dulce abandono y agradable consuelo estar abrazado a ese cuerpo poderoso, paciente y pasivo, que me ofrecía su olor a sudor de hombre duro, curtido, hecho para las rudas tareas de los verdaderos hombres luchadores!. ¡Qué sensual toda esa movida!. ¡Su atracción me alucinaba y pude comprobar entonces cuánto amaba yo a los hombres!. ¿Era real, lo que me estaba ocurriendo?... ¡Lo dudaba!. ¡Todo la situación me parecía un regalo de los dioses, por equivocación!. Pero, ¿qué pasaría ahora?... No tardé mucho en saberlo.

De repente me di cuenta de que ya no corríamos por la carretera principal. Se había desviado por un llano azul junto a la carretera y se había metido por un camino rural en dirección hacia una arboleda que se divisaba cercana. Era un bosque de pinos y encinas que daba una agradable sensación de frescura a una relativa distancia de la carretera principal.

Estuve a punto de preguntarle hacia dónde íbamos. Pero me callé a tiempo. Dejar en sus manos la intriga de la aventura de hacia dónde me llevaba, me parecía aún más excitante. Eso aumentaba con mayor ímpetu la pasión que sentía por él. ¿No era la mejor parte de ese encuentro súbito... ?

De pronto, él aminoró la marcha. La moto fue deslizándose despacio, amortiguando su ronquido, y casi en la cuneta se detuvo del todo.

Sin esperar una orden suya descendí de la moto y me quedé de pie, un poco alejado de él. Finalmente, le vi saltar de la moto y dejarla recostada a un margen. Después le vi como se dirigía hacía el bosque sin decir palabra. Yo no sabía el qué hacer. Aunque habría sido estúpido no haberlo imaginado, la pregunta de cómo o qué sería lo que él tenía pensado hacer conmigo, me atemorizaba y empecé a temblar nerviosamente.

Siguiéndole con la mirada, vi que a unos veinte metros, en la pequeña pendiente del bosque, él se sentaba debajo de un hermoso árbol. Seguía sin hablar, y yo sin moverme, clavado estúpidamente en donde me quedé. Era como si estuviera esperando aquella célebre orden: «¡Levántate y anda!». Por fin la escuché.

— ¿Por qué no vienes a sentarte aquí, eh?—le oí que me decía, recostándose sobre su codo derecho y abriendo sus piernas entre los matorrales.

Sin hacerme de rogar comencé a ascender hacia él como si representara un símbolo, y me senté a su lado a unos palmos de distancia.

La situación era violenta por su silencio y el recelo escandaloso que nos decía la verdad. La luz azul, por momentos de un azul oscuro, descendía suave, cariñosa, de las copas gigantes de los pinos espesos. Mil aromas silvestres se mezclaban. «La hora dulce del amor», pensé.

Me atreví a mirarle, despacio, haciendo un solemne esfuerzo; un esfuerzo que sabía a ciertas que era grave, hondo y fatal como la vida, como el mismo amor...

Como me temía y deseaba, fue suficiente.

POR LA NOCHE Y UNOS DIAS DESPUES

 

A la hora de la cena, aquella noche preferí sentarme solo a cenar, despistándome del gitano y del señor Leandro —quién había regresado la víspera— para evitar preguntas insidiosas y demasiado directas, sobre todo por parte de José. Sería difícil escapar a su escudriñadora mirada. Ya para empezar, le vi que me estaba haciendo muecas desde su mesa.

— Te veo muy contento esta noche. Te deben ir bien las cosas, ¿eh, pillín?... ¡Ay, dragoncito, dragoncito...!

¡Ya estaba!. El gitano soltaba sus sospechas. Me sequé los labios con la servilleta ocultando mi rubor. ¡Siempre cómo si andara desnudo!. Todo lo sabían de mí los demás, ¡todo!.

Y realmente, sí, me sentía muy feliz. Un estado de ánimo que casi me era desconocido. Podría decir que me sentía, «agradablemente cómplice con la vida». (La felicidad siempre me había parecido un término abstracto, identificable sólo en ciertas ocasiones y lapsus temporales. Estaba demasiado habituado a permanecer en un estado neutro entre lo feliz y lo infeliz; en lo que es agradable y desagradable para mí).

Pensaba que esta vez no había jugado a experimentar. Que mi entrega con aquel desconocido motorista había sido espontánea y natural sin interrupciones ni interposiciones conflictivas, y que la pasión compartida había dado un resultado completo a mis expectativas de lo que era el sexo. ¡Había sido todo perfecto!. ¡Esto sí era hacer el amor, sin trampa ni cartón, como tenía que ser!. ¡Y cómo pude experimentarlo en todo mi ser!. Hubo de todo: ternura, pasión, erotismo... Sentía en mi cuerpo todavía dolorido, la presencia y el contacto de aquel hombre, de su huella en mi carne aún pura y desgarrada... Tendría que aprender a amar, a ofrecer y recibir. ¿Era tan difícil?...

Lo preocupante ahora, no era lo ocurrido, sino lo que iba a ocurrirme con él en el futuro. Ese encuentro me había afectado y me dejaría lastre; estaba seguro. Pero en cuanto a él, ¿qué podía pensar?. ¿Se preocuparía por volver a verme?...

Cuando nos despedimos al llegar al pueblo y correspondiendo a la mano que yo le tendía, él sólo dijo: «Ya nos veremos». Nada más. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Recordaba que no habíamos intercambiado más de una docena de palabras durante nuestra relación íntima, y estas fueron todas convencionales y de rutina. No hubo ni una alusión o ligera señal que alentara mi esperanza de mantener una amistad con él. ¿No era este comportamiento muy extraño?. ¿Así eran los contactos homosexuales con desconocidos?, tenía obligación de preguntarme La verdad, me sentía intrigado, y en cierto modo, hasta defraudado por su desinterés. Claro que, qué esperaba, ¿una declaración de amor?... Me dolía creerlo, pero ya sabía que el sexo no funcionaba así: es cruel y deshumanizado después del placer dado y recibido, y su norma es la de volver a empezar desde cero. ¡Un horror!. (Recordé a la prostituta francesa).

— ¡Óyeme, Abelito! —era otra vez el gitano el que intervenía— Tienes que contarme qué es lo que te ha pasado. No me des excusas que yo sé que esta tarde... —sus ojos chisporroteaban— ¡Uy, esta tarde!. ¡Menudo buen rato te has pasado, maestrito!. ¡Y no me lo niegues!.

¡Qué escándalo!. ¡Y qué chismoso gritándome desde la otra mesa!.

Ni le contesté. Me limité a ponerme el índice en la sien como si me enroscara un tornillo flojo, señalándole a él con el índice de la otra mano.

Cuando terminamos la cena, el señor Leandro —quien había regresado de Málaga aquella mañana— se acercó a mi mesa para pedirme si le acompañaba al café. Le dije que sí, y nos fuimos juntos dejando al gitano comiéndose un plátano que pretendía ofrecerme descaradamente a carcajadas.

— ¡Ya os alcanzo! —dijo él, cuando el señor Leandro y yo salíamos juntos.

«¡Qué desfachatez!», pensé, por lo del plátano.

Andando uno al lado del otro por la calle, el señor Leandro me parecía aquella noche mucho más tranquilizado y sin aquel malhumor que tenía la noche anterior a su viaje a Málaga. Había mejorado incluso el aspecto y todo él transpiraba mucha más serenidad y sosiego.

— Supongo que te habrás enterado de los motivos de mi viaje a mi tierra —dijo, de repente, como si esta sugerencia fuera lo más natural del mundo.

Me cogió de improviso el reencuentro de una interrogante que había dejado en el aire una respuesta.

— Más o menos, —sólo dije, intentando ser discreto.

Por lo visto el hombre tenía ganas de hablar. Pensé que había que tener caridad con quien quiere aligerar su conciencia. (Y también ser complaciente con la propia curiosidad). Así que, le escuché con las dos orejas bien largas.

 

— Bueno, yo sé lo que hay aquí, y lo que se habla por detrás; —dijo él con cierto énfasis.— Es normal... Pero dime, ¿quién te informó?... ¿El gitano?.

— Eso no importa, —le contesté.— Me he enterado de algo, pero poco.

— ¿Cómo qué?. ¿Que soy un prisionero en libertad provisional?...

— Más o menos.

— ¿Y no te dijeron por qué me metieron en la cárcel?.

Traté de nuevo de no ser demasiado directo:

— Creo que por un conflicto que tuvo con su mujer, ¿no es así?.

— ¡Y tan conflicto!. ¡Ya debes saberlo, claro!. Pero quiero ser yo quien te lo diga para que me creas a mí y no a gente fisgona que no sabe nada. ¡Me encerraron porque la maté!. ¡Ni más ni menos!.

Hubo un largo silencio. «¡Coño!», pensé. ¡Y qué directo!.

— ¿Fue... un crimen pasional? —por fin me atreví a preguntar, francamente intrigado.

— Sí. Muy pasional.

— Pues entonces, —dije ingenuamente,— habría atenuantes para rebajarle la pena. No es que yo sepa mucho de leyes, disculpe.

— Claro que las tuve; por eso estoy aquí. La maté más bien por accidente y es lo que pudo demostrarse en el juicio.

Mi asombro aumentaba con su declaración tan explícita. Y tenía que decir algo.

— Comprendo el hecho... y me parece una atrocidad —dije midiendo mis palabras.— Pero en fin, no es difícil suponer que cualquiera en un momento dado podría actuar igual. Puede ocurrirnos inevitablemente a todos. Usted no es ningún criminal...

Le miré, y por su aspecto gallardo no parecía estar muy arrepentido de aquel incidente. 

— Fui acusado de homicidio involuntario, cometido en un momento de ofuscamiento mental. ¡Y fíjate que mi testigo de cargo fue el propio causante de los hechos!. ¡El hombre que pillé en la cama con mi mujer que había sido hasta entonces mi más que mejor amigo!. ¡Sí, y al que dejé con vida, inexplicablemente... !

¡Asombroso, tratándose del comportamiento de los «señores Leandros» coronados de cuernos!. Ellos son incapaces de perdonar.

Sin embargo, mientras él me hablaba, y poniéndome en su piel, pensaba que efectivamente, «la vida era un tango», como decimos, y debe ser traumatizante cargar siempre con los mismos ingredientes que se repiten: la traición de una esposa, convertirse en un marido cornudo, descubrir la vileza del mejor amigo, traidor y causante del drama... ¡La perfecta escena de la fatalidad!. ¡Es abusivo!.

— Sí, Abel, créeme, fue una verdadera tragedia —él siguió.— Pero afortunadamente, en esos crímenes pasionales los maridos con cuernos, no lo olvides, son siempre compadecidos y a la vez oscuramente apoyados por una cierta complicidad que sentimos mutuamente los hombres, y que acabamos admitiendo como de «muy bien hecho» vengar el ultraje cometido por una esposa adúltera. ¿No crees que a ella se la debe considerar una puta?... Y además, ya sabes, en nuestra sociedad el hombre casi siempre lleva las de ganar. Nos consideramos superiores, ¡y lo somos, qué coño!...

Yo le escuchaba atentamente mientras andábamos en dirección al café de la plaza. Pero aún sin perderme un detalle de lo que me decía, me obsesionaba ahora una pregunta por lo que él acababa de expresar: ¿Por qué los hombres trataban siempre de empequeñecer a las mujeres?... ¿Sería porque temen verse igualados o superados por ellas?... Yo no podía creerlo, pero tampoco alcanzaba a comprender este disparate. Más bien veía en sus peleas problemas de incompatibilidad y de orgullo cuando ambos no se complementan. El hombre sigue queriendo ser el Rey y lo que se estaba empezando a buscar entonces —en contra de toda subordinación— era Democracia. (Yo estaba más que de acuerdo en los «derechos de la mujer»).

Volví a concentrarme en lo que él me estaba diciendo.

— En el juicio quedó bien claro mi pérdida de la razón momentánea frente al plato que apareció ante mi vista. Sí, Abel, ¡y menudo plato! —dijo haciendo una pausa. Luego prosiguió:

— Mi, digamos, «amigo», cuando se quitó de encima de ella, en la cama, asustado ante mi súbita aparición en nuestra alcoba, me dejó el campo libre para que pudiera ser yo el que se echara sobre mi mujer para agarrarla por el pescuezo y arrastrarla fuera de la cama...

Volvió a interrumpirse antes de continuar, concentrándose:

— Pero escucha, Abel, ponme atención a esto: el accidente se produjo precisamente cuando del fuerte empujón que la di a mi mujer, de sobre la cómoda se cayó una enorme imagen de San Antonio, ¡justamente!, que fue a dar sobre el cráneo de ella, con tan mala fortuna que la pesada figura religiosa le pegó en la sien y la dejó muerta al instante.

Ahora sí los ojos del señor Leandro se pusieron brillantes y como perdidos en la distancia hasta alcanzar lo ocurrido. Me sobrecogió.

— ¿No crees que esto pudo ser un castigo de lo alto?, —me preguntó con interés. — Dime, —repitió con la voz más ronca:— ¿No fue un castigo de lo alto?...

Yo habría contestado con pésimo humor negro:»¡Sí, de lo alto de la cómoda!». Pero no dije nada. Él, sin haber podido evitar la emoción en su voz al pronunciar sus últimas palabras, se quedó después en silencio unos segundos. Luego prosiguió, inquisitivo:

— Lo que no entiendo es como a continuación no le di un estancazo a él, ¡al causante del desastre!. ¡El muy cobarde se había escondido debajo de la cama sin dejar de gimotear como una mujerzuela!. Pero no sé, Abel, yo estaba fuera de mi, sin entender muy claro lo que estaba ocurriendo. El muy falso salió finalmente de su escondite y se echó a mis pies, llorando, implorando, pidiéndome perdón y, ¡me desconcertó el hijo puta!. Antes habíamos sido muy buenos amigos ¿sabes?, y yo no podía entender la felonía que me había hecho, dejándome hundido más y más en la desesperación al ver a la que fue mi mujer, allí tendida, muerta, con la cabeza descalabrada por el santo de piedra, brotándole de la sien un hilillo de sangre que regaba el piso... Atontado, sin moral, como un muñeco de feria me dejé caer sobre la cama incapaz de entender lo que había hecho... «¡Vete!. ¡Vete de mi vista, maricón maldito!», sólo le gritaba al cobarde traidor. «¡Vete o te mato también a ti, hijo puta!».

El hombre estaba excitado ahora contándome su drama.

— No podía más, créeme Abel. Me quedé tumbado sobre la cama para llorar con todas mis fuerzas, con todo ese potencial que un hombre acumula, que alguna vez en la vida deja que se suelte... Y así me quedé hasta que llegaron mis hijos de la escuela y me encontraron en ese estado. El judas, el falso amigo, ¡el maricón de mierda!, se había largado sigilosamente y poco tiempo después, yo mismo me entregué a la policía contándoles todo el drama.

De nuevo se quedó en silencio.

— Vaya —yo aproveché para decir:— no es una historia para recordar con frecuencia. Me imagino lo que habrá pasado, señor Leandro; todo esto es muy desagradable y triste, lo lamento...

— A pesar de todo, —añadió él, cortándome— la sentencia no fue muy severa. Primero por las circunstancias del crimen, y luego por haberme entregado a la justicia personalmente. Mi ex-amigo, el muy desgraciado, después de haber actuado como un canalla, fue el testigo de cargo que más influyó en mi favor para una sentencia suave. Fue gracias a que dijo toda la verdad, con pelos y detalles, de cómo se produjo la muerte de mi esposa, lo que me salvó de cadena perpetua. Sólo estuve cuatro años en la cárcel hasta obtener la libertad provisional...

— Pues tuvo usted suerte, —expresé convencido, interrumpiéndole— Por fortuna su amigo fue considerado con usted, a pesar de ser el causante indirecto de la muerte de su querida esposa.

El señor Leandro, al oír mi última sentencia, tuvo una reacción inesperada que me dejó asombrado. Se detuvo en medio de la calle, y cogiéndome por un brazo exclamó mirándome con dos afilados cuchillos en la mirada:

— ¡No, Abel, no! —dijo con decisión—. ¡Yo no quería a mi esposa!. ¡Estaba harto de ella!. ¡La aguantaba por mis hijos!. ¡Pero la detestaba!... Hasta Julián, —este es el nombre de ese jodido amigo— quería que me separara de ella. Me lo aconsejaba continuamente, insistía de tal forma que casi me forzaba a ello...

— Pues lo que me parece raro, —intervine de buena fe— es que usted agrediera a su mujer, sin quererla, y si le era indiferente, cómo usted dice, yo no veo aquí intromisión ni agravante de celos como para producirle una reacción violenta, —completé como si yo fuera un experto en casos criminales.

El señor Leandro tuvo entonces una misteriosa expresión que yo nunca había visto antes inscrita en su cara.

— ¡Sí que los hubo, Abel!. ¡Claro que los hubo!... ¡Pero no por mi esposa!... ¡Sino por Julián!.

— ¿Cómo dice?...

¡Me dejó perplejo!.

Casi estábamos en la plaza cuando oímos la voz a gritos del «gitano»:

— ¡Eh, amigos, que ya llego!.

Venía corriendo por en medio de la carretera, con la panza flotándole arriba y abajo.

Yo me detuve a esperarle, por cortesía, pero no el señor Leandro, quien siguió caminando sin prestarle ninguna atención. Fue una lástima que nuestra conversación quedara interrumpida en un punto tan sumamente álgido.

Cuando José y yo entramos al café, el señor Leandro ya se había sentado en una mesa. Pero nosotros, sin hacer cumplidos nos sentamos en otra. 

....   ....   ....

 

Acomodados en la mejor mesa, frente al televisor, cuando se acercó el camarero le pedí que nos trajera «dos leches con café», para variar lo de «dos cafés con leche. «

El gitano explotó.

— ¡Qué jilipollas eres, Abelito!. ¡Dos leches con café... qué maricón!.

José me atolondraba cuando estábamos en la cafetería, con esto y aquello, siempre criticando y chafardeando todo cuanto veía. ¡Me traía loco!.

El señor Leandro se había sentado en la mesa de un rincón y le vi que dialogaba con dos interlocutores, dos señores mayores muy bien trajeados. Creo que uno de ellos era el farmacéutico.

— ¿No sabes el chiste de la corbata y la bragueta?... —me preguntó el «gitano».

Le dije que no. José, como de costumbre, estaba muy chistoso y mientras me contaba su chiste, y yo fingía escucharle, tuve la visión que ya hacía rato estaba esperando. A la entrada del bar se vislumbró de pronto la presencia del hombre que yo quería volver a ver: ¡Mi motorista!. De verdad que me dio un vuelco el corazón.

— ¿Lo has entendido?... —oí que me gritaba José, de mala leche.

— ¡Qué mierda vas a entender si no me parabas bolas!... ¡Pero qué te pasa, Abel!. ¡A quién coño has visto!...

Para disimular volví la cara hacía el «gitano», poniendo expresión de extrañado.

— ¡A nadie, a nadie!. ¡Oiga, será usted a quien le pasa algo!.

Al parecer, mi exclamación a gritos le intimidó un poco.

— ¡Bueno, bueno, perdona chico, perdona!, —dijo ahora, menos gritón.— ¡No te piques!. ¡Sólo quería molestarte con una broma!.

Yo no me «picaba».

A esa hora, las diez de la noche, el café estaba repleto de hombres que acudían a ver la televisión, (casi nadie tenía televisión en sus casas) a charlar o a jugar a las cartas. Como en todas partes.

Hay que decir que el café estaba dividido en dos partes separadas por un simple tabique y que en su interior, la parte adyacente, —un cuadrilátero pintado de blanco con algunos vulgares bodegones colgados en las paredes,— era donde se encontraban las mesas con tapete verde para jugar.

«Mi hombre», en aquel preciso instante pasó por delante de nosotros dirigiéndose a ese «casino», tan apreciado por los jugadores locales.

Me vio. ¡Claro que me vio!. Sus ojos salvajes me lanzaron una oblicua mirada que como un dardo entraron por los míos. ¡Qué emoción!. Creo que ahí estaban, resucitados, mis cursis sentimientos de jovencita tonta e inexperta salidos de mi doble personalidad alocada ocultos en mi interior.

En la televisión, una chica joven cantaba una canción moderna, muy alegre. De golpe comprendí que las letras de las canciones de amor que antes me resbalaban, también ahora adquirirían sentido para mi. Era como dejarse caer por el tobogán de las trivialidades, sumergiéndose en esas aguas placenteras de lo inconsecuente y saber gozar ciegamente de los momentos llamados felices. ¡Nadie quiere perderse esos momentos!. ¡Y menos eludir aquellas simpáticas canciones que estaban de moda, tan geniales!.

Estaba seguro que saber gozar del mensaje de aquella música era siempre positivo si uno eliminaba la sensación de ridículo o de creerse estúpido como tienen por costumbre algunos «sabelotodo». Una sensación intrusa y bien frustrante, además.

Y también, ¡qué fascinante y peligroso me parecía este juego del «quita y pon» que es el sexo, en el que uno, ingenuamente se lo jugaba todo!. El señor Leandro, tan aparentemente vulgar e insensible guardaba también en su vida una de esas malas partidas. Y por su carácter agrio, ¡habría sido duro!.

— Todavía estoy esperando a que me cuentes lo que has hecho esta tarde —dijo tomando otra vez la palabra José. Estaba insoportable. Y añadió, gesticulando:

— ¡Es decir, no, no me lo cuentes!. ¡Sólo dime sí o no!. ¡Yo te entenderé!. ¡Pero dame al menos el gustazo de saber que no estoy engañado, joder... !

¡Me sacaba de quicio!.

— ¡Pero qué quiere que le diga, José!. ¿Que estuve con un tío y eso y lo otro y lo de más allá?. ¡Esto es privado, hombre!. ¡Ya debería saber que los payos somos muy reservados!. Yo no sé, ustedes... (inconscientemente, estaba haciendo racismo).

Me interrumpí. Mi hombre, de pie, en el dintel de la sala contigua me miraba sonriente, con cara de actor de cine negro. ¿Era una invitación para algo morboso?...

— Perdone —le dije al gitano, botando de la silla.— Voy al lavabo...

— ¡Ah, pero has dicho con un tío!...

— ¡Cállese, por Dios!.

Cuando entré al otro compartimiento, el motorista continuaba allí, mirándome. Yo procuré arrimarme a él lo más cerca posible al cruzarle, pero me excedí tanto que su bigote color castaño, con el mismo olor que yo tanto me acordaba, me rozó el oído y pude oír que me decía, categóricamente:

— Te veré aquí a la misma hora el próximo viernes. Te espero.

A pesar de todo el máximo disimulo, al volver la cabeza cuando me dirigía al baño vi la cara del gitano roja riéndose escandalosamente. ¡Lo había presenciado todo, el muy cabrón!. ¡Aquel hombre parecía mi conciencia!.

— ¿Era con éste con quién estuviste, verdad? —me preguntó apenas volví a sentarme en la mesa.

— ¡Por favor, José!. Conozco a este hombre de verle por aquí; me ha saludado... esto es todo.

— ¿Y sabes quién es?...

— ¡No, claro que no!.

— ¡Buen mozo, eh?... Para que lo sepas, se llama Pompilio y se dedica a hacer pozos. ¡Anda, eso sí que te ha gustado, pillastre!

No le contesté nada.

— Pero lo que voy a contarte ahora, ya no va a gustarte tanto. —José se detuvo para mirarme fijo a los ojos:— ¡Está casado y tiene dos hijos mongólicos!.

— ¡Qué dice!.

— Lo que oyes. Todo el mundo lo sabe y menda lerenda a ti no te miente nunca... Verás... —añadió más serio;— el muchacho no ha tenido muy buena suerte, que digamos. Incluso intentó suicidarse ¡Sí, señor!.

— ¡No me diga!.

Aparte de sorprenderme, me dolía en el alma lo que me estaba contando José.

— Además, para que lo sepas y para tu seguridad, él está un poco neurasténico, ¿sabes?. Ha tenido problemas mentales a raíz del nacimiento de esas criaturas que incluso hay quien cree que es por defecto de él que salieran así.

Los dos nos quedamos callados, muy serios y pensativos esta vez. La historia lo requería y aunque yo estoy hecho para el melodrama, lo cual me inspira y me conforma en cierto modo de mi «circunstancia», lo que acababa de oír me dejaba una terrible impresión. ¡Qué lástima, para un hombre tan joven y agraciado físicamente, que en la plenitud de su vida y de sus poderes, semejante curriculum minara su salud mental!. ¡Lo sentía de veras!.

— Pero oiga, José, ¡él no está loco! —exclamé.

— ¡No, claro que no!. Se comporta con normalidad y nadie le señala como tal. Pero ha tenido sus bajones y en uno de ellos intentó colgarse de un árbol, allá en el campo, en su propiedad. Le salvaron su mujer y los vecinos. Creo que ahora está más apaciguado, le veo con frecuencia por aquí...

Me sentía mal. La noticia me quitó de un solo tajo toda la alegría y aquella codiciada felicidad que llegó tan súbita. ¡Horrible!.

— ¿Y por qué no me cuenta algo más alegre ahora, quiere, José?... —dije para no alargarlo demasiado y sentirme peor.

Por supuesto, José lo entendió. Enseguida se sacó de sus reservas otros motivos para charlar y no volvimos a comentar el mismo tema.

Cuando ya nos íbamos, un poco desentonados, vimos como Pompilio se nos anticipaba saliendo a toda prisa del café, pero sin que me mirara esta vez. Parecía azorado, nervioso. Yo le seguí con la vista mientras se alejaba al cruzar la plaza y desaparecía en la noche. No pude evitar una sensación de desdicha, mezcla de amargura y desencanto, no sólo por él, sino por la misma vida que le maltrataba, que le zarandeaba para hundirle, para exprimirlo sin piedad. Estaba convencido de que yo habría hecho cualquier cosa por él, para ayudarle, para amarle y cuidarle siempre. Pero sabía demasiado bien que la misteriosa venganza de la vida era más poderosa que mi pobre y solitario corazón repleto de buenos propósitos, pero impotente. Yo pertenecía también a los del lado que eran maltratados.

 

....   ....   ....

 

Fueron demasiadas las dos historias «en negro» oídas aquel día: la del señor Leandro y la de Pompilio. ¿No eran el tributo natural que todos, cada uno dentro de su parcela, tiene que contribuir con la existencia?. Yo también pagaba mi deuda, —inocentemente o por cualquier culpa, ¡quién sabe!— o ganaba méritos por anticipado con mi imperfección, igual que el gitano el señor Leandro y toda la humanidad. Lo imperfecto nos induce a la lucha, por lo cual es activo en contra de lo pasivo. Lo perfecto cuando ya ha alcanzado su fin, es pasivo en contra de lo activo. Es como deducir que el mal es activonegativo, y el bien pasivopositivo, Ying Yang, etc. Siempre en fluctuación y alternándose esos compuestos.

A veces había llegado a pensar (cuando desconocía aún esas creencias exóticas) que puede que el hombre sea Dios en miniatura —la Dualidad de una Partícula de Él, que es la Unidad Universal— y tenga potestad para crear sus propias leyes y utilización de fórmulas en todos los aspectos de creatividad, ya sea desobedeciendo o aceptando los principios universalmente preestablecidos por aquella Unidad para alcanzar una idealizada perfección. (El Equilibrio). 

Dios, o esa Unidad, evoluciona dentro del hombre cuando éste obedece la Ley que le guía interiormente, —cuando se realiza el encuentro con su Divinidad Pasiva Interior,— e involuciona cuando la desobedece y actúa como Deus-Inversus Activo, el mal predominante en el mundo que lleva en sí mismo el hombre —necesariamente— para autocastigarse y transformarse. Dios no está afuera de nosotros sino adentro. Le hemos inventado «en otro lugar» para descargar de nosotros la conciencia de responsabilidad de ser nosotros mismos los verdugos de nuestros cargos, y por la voluptuosa sumisión de aceptar una voluntad superior que nos rescata de nuestras culpas.

Me parece que intentar demostrarlo aquí sería romper «el lenguaje secreto» que se ha mantenido oculto durante siglos y que no debe ser desvelado con frivolidad. (Tal vez hablar de esos temas sin el respeto adecuado no debería hacerse y yo me estuviera pasando... Pero me gustaba ejercitar mi espíritu libre en suposiciones y teorías que tal vez estuvieran próximas a otras «verdades» que desconocemos «a medias»).   

Volviendo a Pompilio, y refiriéndome a su improvisado intento de huida, me preguntaba: ¿Qué extraña mezcla de desinterés y derrota —dejando aparte sus hijos mongólicos— llegó a ser tan fuerte que inhibiera su voluntad de vivir (deseo permanente) hasta concebir la idea del suicidio?: ¿Infelicidad matrimonial?. ¿Fallecimiento de sus ambiciones?. ¿Obstáculos imaginarios, pero previstos por el subconsciente?. ¿Enfermedad incurable?. ¿Dificultades económicas insuperables?... O simplemente, un fuerte ataque del subconsciente contra su impulso voluntario de vivir...

Todas o parte de esas posibilidades —fatalismos naturales— además de su frustración paternal —y otras más recónditas— pudieron minarle durante tiempo hasta degenerar en obsesiones patológicas. ¿No es algo muy común, que se repite constantemente y a lo que todos estamos expuestos?. La obsesionante idea de odiar la vida, de no comprenderla y de no aceptar sus mandatos, puede alguna vez enfrentarnos contra el Destino. Nuestra paciencia tiene también un límite y podemos decidir por nuestra cuenta (o por nuestro determinismo al límite). 

A mí me fascinaba ahora su «enigma», el eje de sus males y su escapismo vía erotismo que le cualificaba en primerísima línea. Pero pensaba: ¿están enfermos «de suicidio» algunos suicidas?... O simplemente, ¿es tan complejo su laberinto interior, tan irrebatible, que una repentina lucidez —desde una óptica insana e involutiva, (cobardía) o desde un canto de sirena de un prominente Nirvana que promete la paz cuando se han aniquilado los deseos— les ilumina con la idea de la muerte, de la huida, adelantándose al tiempo haciendo un sólo gesto?... ¿O es que por su autodeterminación están predestinados a hacerlo... ? Quizás todo su mal sea simplemente locura. Locura y la necesidad de «matar la vida»: Dos estrategias de escapismo

Descubría ahora que toda esta preocupación que sentía por aquel hombre, «que hacía pozos», que sufría neurastenia, que era padre de dos criaturas subnormales, pero que sin embargo a mí me parecía uno de los tipos humanos físicamente más maravillosos que jamás había palpado y pertenecido por un momento, dejaba entrever en mí un sentimiento que ennoblecía mi anterior: ternura. (O compasión. O quizás oportunismo para posesionarme de él  —desestimaba mi posible egoismo perverso— ... ¿Cómo medir los matices del alma?).

Yo no sabía lo que era el amor, pero creo que estaba en fase de descubrirlo. Mi intensa ternura hacia este hombre desconocido totalmente, que se debatía en una circunstancia difícil, me humanizaba. ¿Sería esta cualidad, la de entregarse a un amante «ipso facto» sin valorizar su condición, una cualidad prioritaria del homosexual?... ¿O es que gracias a las atracciones sexuales la gente tiene oportunidad e interés por acercarse más los unos a los otros?... Enamorarse debe ser muy simple para «nosotros», descubría. ¡Y muy genuino!.

Fue a partir de ese momento cuando el significado «querer» abrió una avenida en mi interior por la que nunca había pasado antes. ¡Y no la temía!. Mi sensación de «miedo a amar» había cesado. Lo que no había cesado era mi miedo a la pasión. La pasión podía destruirme. El amor podía salvarme, es decir, la amistad con sexo, simultáneamente. La verdad era que a partir de ahora, un cúmulo de horas fúnebres y pensamientos sombríos y tortuosos se quedarían atrás y yo saltaría a esa pista de los amantes improvisados para recorrerla a todo riesgo.

 

....   ....   ....

Tampoco quería irme del pueblo sin antes haber dilucidado el resultado final de las «confesiones del señor Leandro».

En cierto modo me sentía como un osado inspector de novela policíaca, empeñado en descubrir todos los móviles y fallos del caso de «Adulterio Triángulo» de aquel empecinado homofóbico.

Estaba claro que, él, el señor Leandro y el tal Julián, su amigo, se entendían sexualmente. ¡Él mismo lo había confirmado entre líneas, pero sin rodeos!.

¿Y no resultaba chocante esa extraordinaria relación del señor Leandro, tan machista y anti-maricón, con el subsiguiente drama final a causa de la misma?... ¡Inimaginable!.

En principio, mi idea de como era el señor Leandro fue muy distinta de cómo apareció ante mí después de su confesión. No sé si peor o mejor. Pero su forma de hablar y de opinar de los demás, y su manifiesta homofobia, me lo situaban, cuando le conocí, como al clásico macho ibérico, ignorante y cabezudo que se daba contra un muro que no podría derribar nunca. Su arrogancia, antifeminismo, racismo y altanería me lo hacían antipático y muy poco considerado con los demás.

Después, cuando me abrió su pecho y me contó su desgraciada historia, me pareció menos simple y mucho menos el estereotipo en que le clasificaban sus opiniones vulgares. La ignorancia que tenía de sí mismo y la influencia exterior de su ambiente hicieron de él uno de tantos con la misma mentalidad caótica. ¡El pobre no sabía ni dónde ni en qué estaba!.

Yo no soy cura ni psiquiatra, pero le inspiré una confianza similar para hacerme su confesión. ¿Era todo un cumplido?...

A partir de aquí, empecé a verle diferente y a comprender cuánta era su cobardía y su obstinada soledad.

En realidad, detrás de su despotismo había un hombre atormentado por un pasado que no atinaba a comprender, que le empujó a un incidente que él jamás habría proyectado y que por la situación en que había ocurrido le dejó aún peor confrontado con su conciencia. Angustiado por su experiencia homosexual con su amigo, y por la homofobia con que la encubría, su personalidad semiderrumbada acusaba un carácter malhumorado siempre dispuesto a la ofensiva, pero mal parapetado en una barrera poco resistente: la de falta de soporte consigo mismo. ¡Tenía complejos y se sentía débil!.

Yo veía en su historia, toda una manipulación del otro, de Julián: ¡la araña que lo había devorado!.

Seguramente se conocieron en el ejército o en la cárcel cuando terminó la Guerra Civil donde él estuvo metido un tiempo por «rojo» (él me había contado ciertos episodios de su vida, en varias ocasiones), y al sentirse empujado por las circunstancias de soledad, de falta de mujeres, de largas horas junto a otra persona que sufría como él los imperativos deseos de contacto carnal, se dejó llevar por ellas. «Los cuerpos se atraen, se juntan, se acarician, se arrancan células y luego se separan»... ¡Y después se olvidan!. Era una fórmula que yo arrancaba del «sex machine» que se estaba imponiendo en mi, y supongo que en el resto de una mayoría de humanos, que no lo confesaban.

Con respecto a la situación del señor Leandro, sin forzarla, se dejaría caer —agobiado ante las insinuaciones de Julián,— por su propio peso. «Él no era maricón; pero las circunstancias le obligaban», sería lo primero que pensaría para justificar su ego. Nadie ignora estas historias «románticas» de las cárceles. Pero, ¿y Julián?... ¿Era... maricón?...

¡Cómo no!. ¡Tenía que serlo!. No podían tener los dos la misma psicología masculina ni el mismo compuesto químico. ¡Se habrían repudiado!.

En serios estudios sobre la atracción de los opuestos (no exclusivamente con respecto al físico) los enterados lo expresan bien claro: «Lo que clasifica la individualidad sexual, es el sexo interior» (extraído de un tratado del Dr. Marañón).

¿Y qué ocurrió después?. Algo bastante frecuente: Julián se enamoró de él (pasión y amistad constante) y consiguió retenerle durante todo el tiempo que estuvieron juntos, hasta que el señor Leandro, una vez liberado de la cárcel, lógicamente volvió a su casa con su mujer y sus hijos.

Ahí fue cuando se desató la tempestad. Julián quería recuperarlo, por supuesto, pero él se resistía. ¿Por qué?. ¿Porque quería a su mujer?. ¡No!. ¡El señor Leandro me confesó que no la quería!. ¡Que los celos se los despertó Julián!. Por esa causa no le mató. Y no lo hizo porque él quería a Julián sin saberlo.

Me asombraba mi capacidad deductiva para descubrir las causas y hasta en cierto modo los móviles de un accidentado asesinato en el que yo estaba fuera del tiempo y espacio de cuando ocurrió, y con casi ningún dato de los causantes de la tragedia. Pero posiblemente, mi instinto nato de como solemos actuar los humanos para solventar nuestros problemas, me daba con bastante acierto la pauta para atreverme a investigar para complacerme a mí mismo. (¡Siempre esa estúpida postura egotista!).

Para empezar, había unos puntos clave que me daban luz roja para meterme de lleno en el asunto.

El señor Leandro dijo en su confesión que Julián quería que él se separara de su mujer. ¿Por qué?. Creo que no podía ser más obvio: porque Julián quería que el señor Leandro estuviera con él y poder vivir juntos como antes de que se reuniera con su esposa. ¡Elemental!.

¿Entonces, por qué se resistía el señor Leandro para irse a vivir con Julián?... ¡No porque quisiera a su mujer, sino por sus hijos, por sus complejos sobre la masculinidad y sus miedos o demonios!. ¡No se atrevería nunca a dejar a su mujer y salirse por la tangente para vivir con el otro, el maricón!.

Fue cuando Julián se tomó por su cuenta la iniciativa. Si conseguía separar al matrimonio, su amigo volvería a ser suyo, estaba seguro. Y para lograrlo, ¿qué mejor plan que el de demostrarle que su mujer le engañaba con su mejor amigo?...

Empezó a preparar el terreno seduciéndola a ella hasta conseguir que fuera su amante. Todo muy bien planificado. Pero en lo que no pensó Julián —como suele ocurrir— fue que por accidente muriera aquella mujer.

Planeado todo astuta y metódicamente, Julián se las apañó para ser descubierto infraganti esperando que el marido engañado le diera una buena paliza a su mujer y luego se separara de ella. Sería la reacción más lógica del señor Leandro, puesto que su matrimonio estaba prácticamente acabado y él odiaba a su mujer.

Después, cuando le pasara el disgusto al señor Leandro, Julián le contaría la verdad, diciéndole que todo lo preparó él con la única intención de recuperarle, y volverían a ser amigos como antes. ¿Un algo parecido, en la trama, o síndrome, «Yago-Ottelo-Desdémona»?...

Sin embargo no fue así; la tragedia fue peor de lo planeado —no tan exagerada como Ottelo— y a raíz del incidente ellos se riñeron y se distanciaron. Siempre la misma pregunta: ¿Por qué?... Siempre las mismas respuestas: por las estúpidas inhibiciones, complejos, prejuicios y morales equivocadas del señor Leandro, a quien le horrorizaba «pasarse a la acera de enfrente», incapaz de reaccionar en contra de lo inconsecuente y volver a ser feliz con su amigo, que era lo más real que poseía, lo único factible. Su mentalidad le traicionó y quedó sepultado en las ruinas de su propio absurdo. Escondido detrás de su homofobia había encontrado el castigo, y a mi parecer, por Ley, lo que se merecía por cabezón...

FINALES DE JUNIO

 

La última oportunidad que tuve de hablar con el señor Leandro sobre este asunto, reanudando la conversación interrumpida de aquella noche, y la de confirmar todas mis suposiciones ulteriores, fue la noche del viernes a una hora previa a la cita que yo tenía con Pompilio, y como de costumbre en el mismo lugar de siempre: el Café de la Plaza. (No se presentó la oportunidad de hacerlo antes, en nuestro cuarto).

Afortunadamente, el «gitano» estaba sentado en una mesa jugando a las cartas cuando nosotros entramos al café, lo que nos facilitó el poder sentarnos solos.

No fue nada difícil conseguir el esclarecimiento de su caso, porque casi de buenas a primeras, fue él mismo quien volvió a meterse en el tema como si adrede buscara dejar algunos puntos resueltos que supuestamente, él, por sí mismo, no conseguía del todo.

Efectivamente, lo que me dijo compaginaba perfectamente con lo que yo había deducido. Ahora, los tabúes que soslayábamos antes, se habían borrado y podíamos hablar cuerdamente sin tapujos ni dobles intenciones. ¡Por fin éramos coherentes!. Mis miedos habían sido también eliminados. Recuerdo que sólo le dije, por curiosidad, después de que me lo contara todo:

— Lo único que me parece censurable de todo esto, señor Leandro, es el menosprecio que usted ha demostrado hacía su amigo. Piense que él montó toda esta tragedia contemporánea para recuperarle a usted, para reanudar su apasionada relación, lo cual significa que él debía quererle. Pero usted le ha calificado de monstruo, de ser despreciable y ha querido barrerle para siempre de su vida. Una vez pasado lo peor, siempre queda esperanza para algo mejor, se dice.

Se quedó pensativo.

— ¡Pero qué querías que hiciera, Abel! —exclamó finalmente.— Yo no podía pasarme al «otro lado» así, tan a lo bestia. Primero porque yo no soy de «su manera»; y después, ni que hubiera sentido de esta forma, jamás me habría atrevido igualmente a hacerlo teniendo mi profesión, mi respetabilidad, mis principios mis hijos... Es pedirme demasiado el que yo me tirara a una vida de maricón y que cambiara radicalmente mi viejo estilo de vida. ¡Y con lo que a mí me va un coño!. ¡Vamos, es ridículo!. En cuanto a Julián, sí, lo admito, tienes razón, perdió la cabeza por mí y su imprudencia la hemos pagado todos... pero yo no le perdono, ni nunca lo haré. Tampoco le quise a la manera que él decía quererme a mi. ¡Qué coño es eso de «querer»!. En la cárcel lo pasábamos bien, no teníamos otra cosa que hacer y a nadie le importa un pito lo que pasa allí dentro. Pero fuera, la cosa cambia. ¡Te aseguro que ese aborto actuó como un verdadero mal nacido!. ¡Y le odio, sí, le odio!. ¡Y qué no vuelva a interponerse en mi camino, te lo digo!. ¡Sería capaz de hacer lo que no hice entonces!.

Naturalmente, oyendo sus razones me parecía admisible su opinión. La razón de los demás cuenta tanto como la propia. Sin embargo, había un pequeño detalle que él me escondía: eran los celos que le produjo Julián la noche del accidente. ¿O acaso pueden existir celos, sin cariño?... ¿O tal vez, simplemente, el señor Leandro quería ocultarse a sí mismo aquella sorprendente inclinación «contra-natura» que le resultaba tan repulsiva, pero inevitable y descarada, que le arrastraba hacia el apasionado y hechicero Julián?...

— Sin embargo, —me atreví a exponerle— usted estaba celoso de él, cuando le vio montando a su mujer, ¿no?...

La directa hizo saltar la chispa. El señor Leandro se quedó confuso, atrapado.

— Bueno, sí, mi primera impresión fue la de una gran contrariedad al ver a Julián jodiendo a mi mujer. Quiero serte sincero y decirte que en realidad me sentí más molesto por la traición de Julián que por la traición de ella. En aquel momento todo mi odio se desencadenó en contra de Julián, pero no pasó por mi imaginación ni por un momento la idea de castigarle por quitarme a mi mujer. Mis impulsos de castigo y violencia me los desencadenó mi mujer por haberme quitado a Julián, y el daño que esto me causaba, era más fuerte que el sentimiento de mi amor propio herido. Eso sí es cierto... Y después del accidente, ¡qué cosa tan rara!, me sentí totalmente liberado, como si el gran obstáculo se hubiera removido y sólo quedáramos en la tierra Julián y yo. Esto fue algo inexplicable, difícil de comprender. Como si de golpe hubiera apagado toda mi sed de venganza, y a la vez haber recuperado la calma después de haber extinguido aquellos celos malditos... ¡que me desató mi mujer, por Julián!...

Todo encajaba como en las novelas policíacas, pensé.

— Sin embargo, Abel, —dijo él emprendiendo de nuevo el hilo;— poco después me abordarían otros pensamientos más feroces y terribles que me apartarían definitivamente de Julián, sobre todo por el convencimiento de su doble traición como amigo. ¡Me había engañado con mi mujer y me había engañado a mi!. En consecuencia, ¡jamás volvería a tenerle confianza!. Si antes hubo algo de afecto, su engaño lo mató... Sí, amigo, ¡lo mató!.

Perfectamente, pensé. Con esta declaración, el señor Leandro lo dejaba todo claro. Si él dejó de querer a Julián, fue simplemente porque le había engañado, pero le había querido antes cuando le creía fiel, y tampoco eran ciertas al cien por cien su homofobia y sus excusas.

Su problema, y era lo que él ignoraba, es que de hecho, el señor Leandro era bisexual.

Cuando se lo dije, y por si esto le conformaba, le expliqué que los bisexuales, según últimas afirmaciones de los psicólogos, eran el grupo mayoritario entre los humanos que podía elegir sus preferencias; y que sólo en los extremos se encontraban los grupos minoritarios de heterosexuales y homosexuales que no podían elegir porque eran demasiado puros en su constitución. En realidad, la mitad de la humanidad es bisexual, aunque hay que pensar que muchos de ellos morirán ignorándolo o rechazando su latente inclinación si no se sienten libres moralmente, y creyendo siempre que son heterosexuales. Y eso sí tendría que admitirlo él cuando se lo dije específicamente.

Le dejé pensativo, pero más distendido interiormente, creo.

Ya no me quedaba ningún recoveco de la vida sexual del señor Leandro para comprender su psicología y su genuino comportamiento. Únicamente ignoraba si habría una última reacción que cambiara sus puntos de vista y fuera más humano con los demás y consigo mismo.

En lo que a mí concierne —y como diría un juez dando su último mazazo sobre la mesa:— «¡El caso quedaba cerrado!. «

Sin más que añadir, dejé al señor Leandro saboreando su café, con un pretexto cualquiera para acudir a toda marcha a la cita que tenía con Pompilio.

 

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Las noches de luna llena siempre despertaron en mi espíritu historias de brujas y de encantamientos vinculados a las narraciones de Gregorio cuando yo era un niño, (estupendo narrador) y que después confundía y alternaba con mitologías y extrañas leyendas de un pasado arcaico, tan prolíficas como oscuras sobre su misterio.

Por ejemplo, el mito de los Dragones creadores del Universo, y del origen de la atracción y reproducción mediando el sexo desde los tiempos en que se formaran los seres andrógenos y que después de separarse quedaran marcados con diferentes mentalidades en el sexo y en su inevitable forma de atraerse y amarse... ¿Una consecuencia de «Las Tres Cabezas Eróticas del Dragón Mitológico»?...

Realmente, en ese plano objetivo que es nuestro mundo material y energético, ¿podría existir una afinidad con el proceso de creatividad originaria de los dioses rebeldes, duales espiritualmente, inventores de nuestra existencia y de las leyes inmutables que imprimieron dentro y fuera de nosotros «desde un principio» inimaginario?. Si así fuera, nuestra postura mental sería el resultado directo de esta herencia. El legado indestructible de una conducta erótica planificada por Ellos mismos.

Yo veía en alguno de estos mitos, sobre todo en la existencia de un Dragón de Tres Cabezas, como el origen de las tres inclinaciones mentales que nos identifican en el sexo. Es decir, el resultado que los psicólogos modernos han clasificado —por consecuencia genética, cromosomática y hormonal— como la conducta de los heterosexuales, de los homosexuales y de los bisexuales, afirmada también por los científicos.

Biológicamente, siempre ha sido la ciencia la encargada de descubrir los efectos por las causas que son el resultado de «otras causas» a las que la ciencia no se compromete entrar.

Sin embargo, es en esa zona oscura de misterio donde algunas filosofías han penetrado, precisamente, para buscar en esas «otras causas» poco exploradas, el lugar donde podrían hallarse otros sentidos de la vida quizás más próximos a una verdad que siempre ha permanecido hermética. Y eso sí me hacia imaginar otras caras, otros significados que podía ocultar la existencia y venir de más lejos que los descubrimientos de la ciencia y la psicología.

Aquella noche, el hechizo de la luna, la enigmática Isis siempre tan misteriosa «mirando» en silencio, parecía hacerme pensar en esas cosas, supersticiosamente, cuando me dirigía al lugar donde me había citado Pompilio y a donde iba, no por una azarosa decisión, o por un capricho más de mi conducta, sino por un imperioso impulso más allá de mi voluntad dominada por mi deseo que cegaba otras facultades. Me sentía casi obligado a realizar aquel acto que me proporcionaría felicidad, (el cebo) y esto me parecía natural, sin más explicaciones. Por supuesto, ¿quién no lo cree así cuando tiene una cita amorosa?...

Era emocionante andar bajo los rayos de esa luna llena, obsesionado todavía por el atractivo de Pompilio —su hipnótico poder sobre mí— al que vi poco antes en el Café, y quien me había citado con sumo tacto para encontrarnos en la Devesa. Fue justamente en la cabaña de los basureros, —aquel idílico lugar para el sexo cutre que no me era desconocido— donde teníamos que encontrarnos y hacía el cual me dirigía con paso firme y sin ningún miedo. Al parecer, un lugar propicio para esa clase de citas, aunque permisivo sólo, —para romantizarlo,— «en noches de luna llena», pensé.

Me sentía eufórico, con esa excitación tan común en los momentos que anteceden a las relaciones sexuales.

También mientras seguía andando por la pendiente del camino que se adentraba a la Devesa, tuve la rara inspiración de como si aquel nocturno embrujado fuera un puro eco de mi interior. Un lugar al que yo perteneciera y despertara mi verdadera forma de ser.

Puesto a indagar, añadí que si el hombre es su interior, es decir, el total de una fórmula oscilante, el exterior es su medio elegido para identificarle. Yo habría dicho que en aquel momento mi interior se identificaba totalmente con aquel exterior, se armonizaba: era parte de él.

Parecía como si «ese» encontrarme en el lugar adecuado para cumplir un propósito que era el fondo de mi vida, mi situación y mi propósito se cumplían en aquel medio en el que yo me reconocía, en el que presuntamente «yo quería» y adonde «yo tenía que estar».

Siguiendo la idea, pensé que cuando cambiamos de exterior, es posiblemente porque nuestro interior ha cambiado y ya no nos identificamos en él. Hay que mudarse. No nos cambia lo de afuera Es lo de adentro lo que busca su identificación en otro exterior para quedar de nuevo amarrado e identificado hasta que llegue otro cambio. Por donde vamos o donde estamos es lo que somos.

Comprendí entonces que todo lo que yo perseguía, toda esa amalgama de emociones, inquietudes, esfuerzos, incluso lo que era mi vida en general, estaba todo sincronizado con ese exterior que me identificaba y que era la respuesta más clara de mi «necesidad formulada» para delatar «lo que soy» hasta aquí. El futuro dependería también de mi respuesta a mi fórmula cambiante, renovada, y a mi nueva asimilación del medio. A mí me parecía lógico. ¿Pero tenía todo esto alguna coherencia, si se lo contaba a alguien?...

Me distraje de mis pensamientos al oír y ver el foco de luz de la Harley de Pompilio en la pendiente del camino.

Pompilio me divisó en seguida, pero al acercarse a mí, y sin detenerse, se dirigió directamente hacia la cabaña a pocos metros de distancia de donde yo estaba. Le alcancé poco después y pude verle como recostaba la máquina a un árbol y sacaba del saco de la moto una linterna de pilas que encendía al meterse en el interior de la choza.

Cuando llegué, casi jadeante, él, sin ninguna espera apagó la linterna y sin decir palabra —como era su estilo— me atrajo hacia su cuerpo para besarme con vehemencia, con un ardor casi desesperado. Su actuación me dejó ardiendo. Y aunque me resultara chocante su proceder, pensé que no tenía nada en contra por su forma de besar frenético, delirante... Ya de primeras reconocí aquellos besos cuya furia me hacían temblar, que me asustaban...

Pero esta vez todo ocurrió demasiado rápido, desprevenido.

Siguiendo aquel ritmo sin sosiego, precipitado, de caricias apasionadas, Pompilio se quitó la ropa en un momento y se lanzó sobre mí, muy nervioso, para desabrochar las mías y arrancármelas con el ansia y brusquedad de un desatinado.

Me echó sobre un camastro de paja amontonada en un rincón de la choza que olía a cañaveral, y con todo su ímpetu se me tiró encima aprisionándome medio cuerpo con sus poderosas piernas, convirtiéndome involuntariamente en víctima de su caprichoso asedio...

Yo no podía verle a la luz de luna en el interior de la cabaña, pero me di cuenta en seguida de que algo marchaba mal; de que Pompilio no era el mismo del otro día. Su actuación no podía ser más salvaje esta vez y parecía haberse convertido en una especie de maníaco sexual peligroso. Había perdido la calma y estaba como poseído por una racha de pasión descarriada que me hacía presentir una catástrofe. Comenzó a pegarme, a arañarme, magullarme...

— ¡Por favor, no, no hagas esto!... —yo me quejé, presa del pánico.

Pero él no me hizo ningún caso. ¡Fue peor!. ¡Mi queja le aumentó más aquella racha de sadismo que a mí me aterraba!.

Intenté separarle de mí, de escabullirme del camastro y hacerle entender que yo no era masoquista. ¿Pero cómo podía hacerlo si me encontraba bajo todo el peso de su cuerpo pesado?. Sin poder escapar de la tenaza de sus piernas enroscadas en las mías, de sus golpes y de toda su furia desencadenada, le oí decir con un odio feroz, desencajado, sujetándome como un loco con todas sus fuerzas:

— ¡Aquí, maricón, aquí, que esta vez sí que vas a saber lo que es bueno!... ¡Maldito seas!...

Jadeaba como un desaforado. Me asusté. De verdad que no estaba preparado para esto. ¿Me odiaba a través del odio que él sentía por sí mismo?... Tuve la absoluta sensación de estar corriendo un gran peligro. Pero nada importaba mi horror, mi rechazo y mis súplicas, porque de pronto él se hizo con su correa del pantalón y me soltó un fuerte latigazo en el pecho. El primero lo resistí, pero a la cuarta o quinta flagelación dada cada vez con mayor intensidad, hizo que el pánico me abrumara, y me desmayé.

 

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No sé cuanto tiempo permanecí inconsciente. Cuando recuperé el ánimo no sabía bien lo que me había ocurrido ni en donde me encontraba y tardé unos segundos en recuperar la visión de esta última escena: la de Pompilio y su estúpida agresión. Recordaba también que me hallaba en la cabaña de los basureros donde ahora no podía ver nada, hundido en aquel pozo, perdido en la espesa oscuridad... Tampoco podía saber si Pompilio se encontraba todavía allí, inmóvil, en la cabaña. No percibía sus vibraciones y posiblemente se hubiera largado con cierto estupor después de mi desmayo. ¡Pero antes me había violado!. La luna cómplice también me había abandonado. ¡Qué desengaño!. ¡A la funeraria todos mis ensueños!. ¿Podemos tener confianza en la vida, en su gratificación, ni siquiera por un minuto?... La situación era harto comprometida y ya debía ser muy tarde para quedarme allí por más tiempo.

Recuerdo que haciendo un gran esfuerzo intenté salir de aquel fétido camastro, y ponerme en pie; pero sin conseguirlo al primer intento. ¡Estaba herido!. Al ponerme la mano en el pecho noté que estaba sangrando. La situación no tenía nada de cómica, ni haciendo el esfuerzo de pensar en mis «amigas» para alegrar un poco la escena y tomármela a cachondeo. Y no digamos el desencanto que surgía de todo lo ocurrido. ¡Qué apuro!. Pensé que eso debían ser los famosos «gafes del oficio» que tendría que sortear en futuras experiencias. Si así tenía que ser, ¡qué vida!... ¡Y qué difícil era ser maricón!...

Conseguí levantarme al fin, como pude, y regresar al hostal.

Eran las once de la noche. Con un poco de suerte todavía podría esquivar a mis amigos y meterme en mi cuarto sin ser visto. Y así fue.

Luego todo fue fácil. De un pequeño botiquín del señor Leandro pude obtener alcohol y vendas para curar mis heridas y acostarme antes de que el practicante llegara. Al menos había salido del apuro.

Pero pasé mala noche.

 

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Tuve un sueño de los raros. ¡Abrumador!: Me vi a mí mismo flotar desnudo y como si ondulase sobre un mar de nubes que se perdían en el infinito. La sensación de encontrarme en la gloria era fuerte. Estaba allí en medio de aquel mar etéreo, tranquilo, con los brazos abiertos grotescamente como si fuera a abrazar a alguien o quisiera alcanzar algo que no podía ver, pero que tampoco parecía preocuparme gran cosa. A poco, alcé los ojos y pude ver sobre mí un espejo que reflejaba mi imagen con gran claridad. Parecía como si por el encanto de mi postura y la serenidad de mi expresión en la mirada, me hubiera convertido en un bello sátiro celeste que aguardaba a su amante. ¡Mi imagen no podía ser más hermosa, blanca y aureolada como la estampa de un niño Jesús, tierno y desvalido!. Me impresionó mi propia imagen. Sin embargo, de pronto me di cuenta de algo obnubilante que me dejó perplejo: ¡aquella imagen bella, no tenía sexo!. ¡Debajo de mi vientre blanco y liso no había nada!. En seguida un oleaje de nubes vino a cubrirme y me desperté.

Me desperté asustado. ¿Era aquel sueño la señal de una pureza obligada en contra de mis expectativas de futuro...?

Cuando poco después me vi reflejado en el espejo del lavabo del hostal, el contraste de mi aspecto real con el «otro», me dio que pensar. ¡Eran incomparables!. ¿Podían asociarse las dos imágenes, la mía de aquí y la de allá, o estar interrelacionadas con lo sucedido la noche anterior desde ángulos opuestos, pero vinculadas al proceso de mis transformaciones eróticas encaminadas hacía una «sublimización» involuntaria?...

No lo entendí. No tenía capacidad para entender el mensaje del sueño en aquellos momentos. Pero lo que sí recuerdo es que aquella misma mañana, muy apretada de intereses intelectuales, supongo, con la ingenuidad de los veinte años, escribí en mi libreta de apuntes filosóficos:

«Sé ahora que, nuestro mundo interno, las causas que nos empujan a determinados actos, los sucesos más aparentemente incomprensibles y los continuos cambios por lo que todo pasa, deben conservar sólo una apariencia de absurdo; pues si una individualidad puede observar los hechos en sí, la repercusión que esos hechos influyen en otras individualidades y las trascendencias que en uno dejan, tras agrupar, seleccionar y buscar en ellos un sentido definido en contraposición a aquel absurdo aparente, seguro le encontrará. Y al descubrir entonces que un acto es repercusión de una causa y la causa se pierde en el misterio, sabrá que comprender un acto por qué causa, ya es difícil; definir la causa como absurda, no está claro. La causa puede seguir una línea lógica desconocida que se pierde en este misterio.

Y pienso:

No soy más que una «tendencia impulsiva», con voluntad existencial, originada en la noche de los tiempos transmitida hasta nuestros días por herencia correlativa, constituyendo en mi «yo» infinitamente variable, una naturaleza: «mi naturaleza».   Por la introspección descubro que esta naturaleza es única —no hay dos iguales— dándome cuenta de que realmente «yo», mi tendencia impulsiva, mi naturaleza, prescinde en el fondo de las demás ya ideológicamente, ya sentimental. Se diría que «sigue una trayectoria». Y al percibir que el mundo, vasto océano de ideas esparce determinadamente esas ideas a naturalezas que están de acuerdo con ellas, convengo en definir la personalidad como producto de una combinación cristalizada en una naturaleza que sigue una trayectoria».

Simple. (Sobre todo me gustaba el último párrafo). Lo leí repetidas veces antes de dejarlo como válido, y sólo con la pretensión de que me sirviera a mí como base de otras ideas que tal vez en el futuro me aportaran inspiración para hacer hallazgos más importantes.

Por de pronto, sabía que afirmar conceptos improbables es hacer fanatismo. Que negar aspectos que desconocemos, es persistir en la ignorancia. Pero observar y comparar es lo más justo para llegar a comprender.

Podía hacerlo en aquellos momentos en los que me sentía aún abrumado y conmovido por lo ocurrido la víspera. Sin embargo, ello me preparaba a estar dispuesto y resignado para todo lo que pudiera llegarme en el futuro.

Como dice Lorca en un verso: «La noche llama temblando al cristal de los balcones», se traducía en mí como una sutil alusión a la llegada de esta noche en mi vida. Una noche temblorosa prendida sobre el incógnito en la que todo homosexual debía sentirse inmerso. En mí predominaba aún el oscuro sentimiento del por qué de ser homosexual, a lo cual tampoco se había dado todavía una respuesta clara y definitiva. A pesar de todas las hipótesis y teorías que estaban en circulación, que yo pretendía conocer tan bien, no podía además dejar de preguntarme si la homosexualidad sería simplemente un error cósmico, un destino, o un castigo kármico —siempre en el supuesto de que la Ley Kármica fuera una realidad— por lo que una minoría de personas estaba obligada a experimentar. La carencia de masculinidad de nosotros, es decir, la falta de apetito sexual por las mujeres —extravagante sutileza, morbosidad inefable que agudiza nuestra sensibilidad— no me parecía tan execrable ni tan abominable a la vista de los que estaban fuera del meollo, si la sociedad simplemente cambiaba su homofobia por una visión más amplia de lo qué es la vida y dejara de persistir en la que se les había enseñado que es, equivocadamente. ¿Tan endurecida estaba la humanidad que era incapaz de comprendernos y aceptarnos?. La Inquisición seguía vigente y la gente se retraía a un pluralismo más justo. Los homosexuales eran de otra raza y se les discriminaba igual.

Pero no me pasaba por alto que pretender cambiar la mentalidad de la gente con cuatro razonamientos era una pretensión totalmente ilusa y estúpida. Llegaría ese cambio, lo sabía, pero sería un cambio lento y paulatino de mucha polémica y hasta quizás con algún baño de sangre.

En efecto, en esa década de los años 60 en la que se iniciaban tantas innovaciones, algunos hombres progresistas de otros países (lejos del nuestro) «que habían pensado más», se tomaban la delantera y ya tenían la tortilla en la sartén para darle la vuelta. La Nueva Era se acercaba, y con ella la llegada de grandes trastornos morales en la sociedad.

A pesar de la posible «incongruencia» que sería mi porvenir, noblemente se había despertado también en mí la confianza en la democracia del hombre y en su humanismo latente dispuesto a salir y desmitificar los viejos tópicos inservibles para hacer un mundo más real. Los sermones de púlpito ya eran totalmente inútiles para los auténticos «hombres de buena voluntad», y los tabúes comenzaban a tambalearse. La vieja moral, mal entendida y peor interpretada (camuflaje de los hipócritas insistentes en su conducta teocrática) tampoco servía ya casi de nada. Tenía que nacer otra moral o revalorizarse la misma con otros códigos más humanos y propicios a las necesidades espirituales, a la cultura y civilización actuales. Era gratificante observar como el cristianismo decadente en las entidades religiosas, tomaba nuevas formas más verídicas y menos utópicas en el socialismo, el humanismo, el existencialismo y en el pensamiento democrático de libertad y solidaridad universal (todavía utópicos también). Sin embargo, a pesar de esta distancia, el feliz nacimiento de «los derechos humanos» y más o menos el buen uso de la democracia, ya se cimentaban en el edificio social para transformarlo. Aquí precisamente era donde radicaba el corazón de la verdadera fe y del amor de unos a otros para conseguir el eterno anhelo de un mundo mejor. Aquí justamente donde se fundamentaba el ascenso y evolución del hombre que podía hacer verdad la utopía. Realmente, en esto era en lo que yo creía, ¡y nada ni nadie me haría bajar del burro!.

Tampoco me parecía fácil ni cómodo negarme a mi mismo la existencia de Dios. Para mí, Dios es el punto de referencia de todo y aunque no puedo saber Qué es Dios ni cómo procede (me es incomprensible), creo que negarle o afirmarle está mucho más allá de la incógnita que le hace indescifrable. Por fortuna, me rescataba de este vació el sentimiento de fe oscilante siempre hacia ese «punto de referencia» que me reconciliaba con el sentimiento del misterio sin necesidad de definiciones indefinibles para entenderlo. Creo que de forma innata, tengo en mí este sentimiento. ¡Me sentía a salvo!.

Y así acabaron esos días, cargados de estúpidos análisis y experiencias frustrantes.

 

 

Poco después me marcharía y aunque me quedaba mucho en que pensar, sobre todo, sin dejar de persistir siguiendo mi propia huella, sabía lo que de nuevo me aguardaba estuviera donde estuviera: aburrimiento, duda, soledad... Tal vez otro curso de vida tan confuso y desorientado como el vivido últimamente. No obstante, mi abnegada labor para vencer mis prejuicios y salir de la jaula donde me aprisionaron los miedos y tabúes que todos los homosexuales tienen que vencer hasta encontrarse y atreverse a ser ellos mismos, creo que lo había conseguido, pese al doloroso proceso de esa primera fase. Ahora podría vivir al fin, «ad libitum», sin maniatar mis pensamientos ni interrumpir su vuelo.

Y me vi en Barcelona —o donde fuera— sentarme solo en los cafés; asistir a los conciertos y conferencias de turno; entrar en las grandes librerías a curiosear; destrozarme los dedos en el violín encerrado en una impersonal habitación de hotel... ¡Y hasta quizás saliera otra vez al extranjero...!

El señor Leandro cuando nos despediríamos me diría:

— Te recordaré siempre como al chico del fonógrafo, el violín, los diccionarios bilingües y los filósofos locos.

De verdad que ésta era mi estampa. Una estampa sin argumento predestinada a perderse en esa multitud «sin argumento» también, de las aceras y empapeladas habitaciones de hotel barato.

Me quedaba el consuelo de que la vida seguía y daría con otro argumento, ya que, es evidentísimo, habrá tantas vidas sin argumento como argumentos puedan tener esas vidas. Después de todo, vivir, existir, que es más genérico, ¿no es en total elucubrar, moverse y habituarse...?

No dudaba que pronto tendría nuevas aventuras y conocería a otros hombres, pero mientras, en esa impaciente espera, no podía sustraerse que en mi proceder habría otra vez angustia, torpeza, y en la cama... bostezos. Aún con Misterio al fondo.